Introducción Este libro, escrito por mi colega la señora Fifí Bigotes-grises, es un trabajo muy original. El jefe lo pasó a má-quina porque los dedos de la pobre Feef eran demasiado cortos. Dios sabe que lo intentó, y por poco se carga la máquina. Así es que el viejo le daba al teclado por ella. ¡Las partes hechas por mí son muy buenas! Todo el mundo me conoce, claro. Mi fotografía ha dado la vuelta al mundo en la Prensa. Así es que no hablemos de mí; dejen que les cuente algo de Feef, el jefe y el ilustrador. La señora Fifí Bigotesgrises es una vieja (dicho sea claro) gata siamesa francesa de una raza pura con un pedigree tan largo como el cuello de una jirafa. Se vino a vivir con nosotros después de una dura, durísima vida. ¡Jo!, era un viejo pelacho cuando la vi por primera vez. Su pelo erizado como los mechones de una vieja escoba, pero la hemos pulido y puesto en forma; ahora la vieja Biddy es inferior tan sólo a mí. Éste es su libro, su obra y si no creen que un gato siamés pueda escribir un libro, corran (no tienen tiempo de andar) al psiquiatra más pró-ximo y díganle que tienen un agujero en la cabeza por el que se les escapa el cerebro. El jefe es un genuino lama del Tibet. Ahora es viejo, gordo, calvo y barbudo, pero no es necesario anunciarle con trompeta. Lean El tercer ojo, El médico de Lhasa e Historia de Rampa. Son libros verídicos. Si no creen en ellos llamen al enterrador más próximo, pues deberán de estar muertos, hombre, muertos. Bueno el pobre tipo (el jefe, no el de la funeraria) escribió este libro bajo el dictado de la vieja gata. ¡Por poco le mata también! Buttercup hizo la cubierta y las ilustraciones. Butter- 9 cup es en realidad Sheelagh M. Rouse, una alta y cim-breante rubia que habla con acento inglés, que no deja de asombrar de la noche a la mañana a los canadienses y americanos de por aquí. Ha hecho unas ilustraciones muy buenas, pero claro yo le di consejos. Si no entiende el lenguaje gatuno peor para ella. A pesar de todo, trabajó mucho y la señora Bigotesgrises está satisfecha con los dibujos. De todos modos es ciega y no puede verlos, ¡Deberían ustedes dejar que Buttercup ilustrara su pró-ximo libro! Ma, claro está, es mi Ma. Nos ama, y sin Ma todos nosotros estaríamos ya en la perrera. Este libro está dedicado a ella. Sus antepasados eran escoceses, pero nunca lo diría con lo generosamente que reparte la comida. La vieja gata come como un caballo. Yo como poquito. Ma nos alimenta a las dos. Bueno, amigos, así es. Ahora a leerlo ustedes solos. ¡Ta! ¡Ta! LADY KU'EI Prólogo «Te has vuelto loca, Feef —dijo el lama—. ¿Quién va a creer que tú escribiste un libro?» Me sonrió con condescendencia y me acarició debajo de la barbilla del modo que más me gustaba, antes de salir de la habitación para algún recado. Yo me senté a deliberar. «¿Por qué no iba a poder yo escribir un libro?», pensé. Es verdad que soy un gato, pero no un vulgar gato, ¡oh no!, soy una gata siamesa que ha viajado y visto mucho. «¿Visto?» Bueno, claro, ahora estoy completamente ciega y tengo que confiar en el lama y lady Ku'ei para que me expliquen el presente escenario, pero tengo mis memorias. Claro está que soy vieja, muy vieja desde luego, y no poco enferma, pero ¿no es ésta una buena razón para dejar escritos los hechos de mi vida, mientras pueda? Aquí está, pues, mi versión sobre la vida con el lama y los chas más felices de mi vida, días de sol después de una vida de sombras. FIFÍ BIGOTESGRISES Capítulo primero La futura madre gritaba a punto de estallar. «¡Quiero un gato! —chillaba—. ¡Un bonito y fuerte gato!» El ruido, dijo la gente, era terrible. Pero, claro, a madre se la conocía por su altísima voz. Ante su persistente demanda, las mejores gaterías de París fueron repasadas en busca de un buen gato siamés con el necesario pe-digree. Cuanto más aguda se volvía la voz de la futura madre, más se desesperaban las personas mientras se-guían la búsqueda incansablemente. Finalmente se encontró un candidato muy presenta-ble y él y la futura madre fueron presentados formal-mente. De este encuentro, a su debido tiempo, aparecí yo, y sólo a mí se me permitió vivir; mis hermanos y hermanas fueron ahogados. Madre y yo vivíamos con una vieja familia francesa que tenían una espaciosa finca en las afueras de París. El hombre era un diplomático de alto rango que iba a la ciudad casi todos los días. A menudo no volvía por la noche y se quedaba con su amante. La mujer, que vivía con nosotras, madame Diplomar era una mujer muy dura, superficial e insatisfecha. Nosotros los gatos no éramos «personas» para ella (como en cambio sí lo somos para el lama) sino meros objetos para ser mos-trados en los tés. Madre tenía un glorioso tipo, con el más negro de los rostros y una recta cola. Había ganado muchos premios. Un día, antes de que yo dejara de mamar, estaba can-tando una canción más alto que de costumbre. A mada-me Diplomar le dio un ataque y llamó al jardinero. «Pierre —gritó--, llévala al lago inmediatamente, no puedo soportar más el ruido.» 13 Pierre, un francés de corta estatura y rostro chupado, que nos odiaba porque a veces nosotras ayudábamos en el jardín inspeccionando las raíces de las plantas para ver si crecían, recogió a mi preciosa madre, la metió dentro de un viejo saco de patatas y se alejó en la distancia. Esa noche, sola y atemorizada, lloré hasta caer dormida en un frío cobertizo donde no podía estorbar a madame Diplomat con mis lamentos. Iba dando vueltas nerviosamente, enfebrecida en mi fría cama hecha con viejos periódicos de París echados sobre el suelo de cemento. Retortijones de hambre es-tremecían mi pequeño cuerpo y me preguntaba cómo iba a arreglármelas. Cuando los pequeños rayos del alba se colaron con desgana a través de las ventanas cubiertas de telarañas del cobertizo, me sobresalté al oír el ruido de pesados pasos que subían por el camino. Dudaron ante la puerta y entonces la empujaron y abrieron. «¡Ah! —pensé con alivio—, es sólo madame Albertine, la mujer de limpieza.» Crujiendo y con la respiración entrecortada, bajó su ma-siva forma hasta el suelo, metió un gigantesco dedo en un bol de leche caliente y poco a poco me persuadió para que bebiera. Durante días me moví en el valle del dolor, penandc por mi madre asesinada, asesinada únicamente por su gloriosa voz. Durante días no sentí el calor del sol, ni me emocioné ante el sonido de una voz bien amada. Pasé hambre y sed y dependía absolutamente de los buenos oficios de madame Albertine. Sin ella me habría muerto de hambre ya que era demasiado joven para comer sin ayuda. Los días fueron convirtiéndose en semanas. Fui aprendiendo a cuidar de mí misma, pero las durezas de mis primeros tiempos me dejaron con una constitución 14 La finca era enorme y a menudo paseaba por ella, alejándome de la gente y de sus patosos y mal dirigidos pies. Los árboles eran mis favoritos, me subía a ellos y me estiraba a lo largo de una amistosa rama, tomando el sol. Los árboles susurraban anunciándome los días más felices que me llegarían en el ocaso de mi vida. En-tonces no los entendí pero confié en ellos y siempre retuve las palabras de los árboles ante mí, incluso en los momentos más oscuros de mi vida. Una mañana me desperté con extraños deseos, difí-ciles de definir. Solté un quejido interrogante que des-graciadamente madame Diplomat oyó. «¡Pierre! —gri-tó—. Busca un gato cualquiera, para empezar ya ser-virá.» Más tarde durante el día, me cogieron y me metie-ron bruscamente en un cajón de madera. Antes de que pudiera darme cuenta de la presencia de alguien, un viejo gato de mal aspecto se subió a mi espalda. Madre no había tenido mucho tiempo de explicarme «los hechos de la vida», así es que no estaba preparada para lo que siguió. El viejo y apaleado gato se deslizó sobre mí y sentí un espantoso golpe. Por un momento pensé que una de las personas me había dado una patada. Sentí un cegante dolor y como si algo se rompiera. Di un grito de agonía y terror y me volví fieramente contra el viejo gato. Salió sangre de una de sus orejas y sus gritos se sumaron a los míos. Como el rayo, la tapadera de la caja fue retirada y unos ojos asombrados espiaron. Me deslizé fuera, al escapar vi al viejo gato escupiendo y revolcándose, saltar derecho a Pierre que cayó hacia atrás a los pies de madame Diplomat. Corrí a través del césped y me dirigí al refugio de un amistoso manzano. Me encaramé sobre el amable tron-co, llegué a uno de sus miembros y me eché a lo largo con la respiración entrecortada. Las hojas susurraban en la brisa y me acariciaban dulcemente. Las ramas se 15 mecían y crujían y despacio me llevaron al sueño del agotamiento. Durante el resto del día y toda la noche estuve echada en la rama, hambrienta, aterrada y enferma, pre-guntándome por qué los humanos son tan crueles, tan salvajes, tan poco cuidadosos por los sentimientos de los pequeños animales que dependen absolutamente de ellos. La noche era fría y caía una ligera llovizna proveniente de París. Estaba empapada y temblando, sin embargo me aterrorizaba bajar y buscar refugio. La fría luz del amanecer dio paso poco a poco al gris de un día cubierto. Nubes de plomo se deslizaban pre-cipitadamente a través del bajo cielo. De vez en cuando caían unas gotas de lluvia. Hacia media mañana una figura familiar apareció a la vista; venía de la casa. Madame Albertine, tambaleándose pesadamente y emi-tiendo sonidos amistosos, se acercó al árbol y miró hacia arriba con su mirada de corta de vista. La llamé débil-mente y alargó su mano hacia mí. «Mi pobre pequeña Fifí, ven a mí corriendo, que tengo tu comida.» Me des-lizé de espaldas por el tronco. Se arrodilló sobre la hierba junto a mí, acariciándome mientras yo bebía la leche y comía la carne que había traído. Al terminar mi comida, me restregué contra ella con gratitud, sabiendo que no hablaba mi lengua y yo no hablaba francés (aunque lo comprendía perfectamente). Subiendo a su ancho hombro me llevó a la casa y a su habitación. Miré a mi alrededor con los ojos abiertos de sorpresa e interés. Ésta era una habitación nueva para mí y pensé lo apropiada que sería para estirar las patas. Conmigo todavía sobre su hombro, madame Albertine se dirigió pesadamente hacia un ancho asiento en la ventana y miró hacia fuera. «¡Ah! —exclamó suspirando pesada-mente—. ¡Qué lástima! Entre tanta belleza, tanta cruel-dad.» Me subió a su anchísimo regazo y me miró a la 16 cara al decir: «Mi pobre preciosa y pequeña Fifí, ma-dame Diplomat es una mujer dura y cruel. Una aspirante, si la hubo nunca, a subir en la escala social. Para ella no eres más que un juguete para ser mostrado; para mí tú eres una de las pobres criaturas de Dios, pero claro no entenderás lo que te estoy diciendo, gatita». Yo ron-roneé para demostrar que sí la entendía y le lamí las manos. Me dio unas palmaditas y dijo: «Oh, tanto amor y afecto desperdiciados. Serás una buena madre, pequeña Fifí». Mientras me enroscaba cómodamente en su regazo miré por la ventana. La vista era tan interesante que tuve que levantarme y pegar la nariz contra el cristal para tener mejor vista. Madame Albertine me sonrió amistosa-mente al tiempo que jugueteaba con mi cola, pero la vista ocupaba toda mi atención. Volviéndose se levantó de golpe y, con las mejillas juntas, observamos. Debajo de nosotros los bien cuidados céspedes parecían una lisa al-fombra verde bordeada de dignos cipreses. Girando sua-vemente hacia la izquierda, el suave gris de la avenida se prolongaba hacia la distante carretera de donde lle-gaba el sordo ruido del tráfico rodado procedente y en dirección hacia la metrópolis. Mi viejo amigo el man-zano estaba solitario y erguido junto al pequeño lago artificial, cuya superficie reflejaba el pesado gris del cielo y brillaba como el plomo. Al borde del agua, crecía una cinta de cañas que me recordaba la franja de pelo del viejo cura que venía a ver al «duque», el marido de madame Diplomat. Volví a mirar el estanque y pensé en mi pobre madre que la habían matado allí. «¿Y a cuántos otros?», me pregunté. Madame Albertine me miró repentinamente y dijo: «Pero mi pequeña Fifí, si creo que estás llorando. Sí, has vertido una lágrima. Es un mundo muy cruel peque-5a cruel para todos nosotros». En la distancia se 17 vieron de repente pequeños puntos negros que yo sabía que eran coches, los cuales entraron en la avenida y \se acercaron a gran velocidad hacia la casa frenando entre una nube de polvo y un gran rechinar de neumáticos. La campana sonó furiosamente haciendo que se me erizase el pelo y que mi cola se esponjara. Madame cogió una cosa que yo sabía que se llamaba teléfono y oí la aguda voz de madame Diplomar, agitada: «Albertine, Alber-tine, ¿por qué no atiendes a tus deberes?». La voz paró de golpe y madame Albertine suspiró frustrada: «¡Ah! Que la guerra me haya llevado a esto. Ahora trabajo dieciséis horas al día por pura pitanza. Tú descansa, pequeña Fifí; aquí tienes un cajón de tierra», Suspirando otra vez volvió a darme unas palmaditas y salió de la habitación. Oí crujir la escalera bajo su peso, luego silencio. La terraza de piedra bajo mi ventana estaba llena de gente. Madame Diplomat iba y venía inclinando la cabeza sumisamente, así que supuse que eran personas importantes. Aparecieron, como por arte de magia, mesi-tas cubiertas de finos manteles blancos (yo usaba pe-riódicos —el Paris Soir— como mantel), y criadas que iban sirviendo comida y bebidas en profusión. Me volví para enroscarme cuando un pensamiento repentino me hizo enderezar la cola con alarma. Había olvidado la más elemental de las precauciones; había olvidado la primera cosa que mi madre me había enseñado. «Siempre inves-tiga una habitación extraña Fifí —había dicho—. Re-córrelo todo minuciosamente. Asegúrate de todos los caminos. Desconfía de lo poco corriente, lo inesperado. Nunca descanses hasta conocer la habitación.» Sintiéndome llena de culpa me puse sobre mis pies, husmeé el aire y decidí cómo proceder. Tomaría la pared izquierda primero y daría la vuelta. Salté al suelo, miré bajo el asiento de la ventana husmeando por si había algo 18 especial, empezando a reconocer la situación, los peligros y las ventajas. El papel de la pared era floreado y gas-tado. Grandes flores amarillas sobre un fondo púrpura. Altas sillas escrupulosamente limpias pero con el rojo terciopelo del asiento gastado. Los bajos de las sillas y mesas estaban Impíos y no tenían telarañas. Los gatos ven los bajos de las cosas, no solamente lo de encima y los humanos no reconocerían las cosas desde nuestro punto de vista. Un alto armario se erigía contra una de las paredes y yo me moví hacia el centro de la habitación para estu-diar cómo subirme a lo más alto. Un rápido cálculo me mostró que podía saltar de una silla a la mesa —¡oh cómo resbalaba!— y llegar a lo alto del armario. Durante un rato estuve allí lamiéndome la cara y las orejas mien-tras iba pensando. Casualmente miré detrás mío y por poco caí alarmada; una gata siamesa me miraba, eviden-temente la había estorbado mientras se lavaba. «Raro —pensé—, no esperaba encontrar aquí una gata. Madame Albertine debía de tenerla secretamente. Le diré "hola-.» Me volví hacia ella, y ella al parecer tuvo la misma idea y se volvió hacia mí. Nos miramos con una especie de ventana entre nosotras. «¡Extraordinario! —murmuré—, ¿cómo puede ser?» Cautelosamente, anticipando una trampa, observé alrededor de la parte trasera de la ven-tana. No había nadie allí. Curiosamente cada movimiento que yo hacía ella lo copiaba. Al final caí en la cuenta. Esto era un espejo, un raro artefacto del que mi madre me había hablado. Ciertamente éste era el primero que yo veía, ya que ésta era mi primera visita dentro de la casa. Madame Diplomat era muy particular y a los gatos no se les permitía estar dentro de la casa a menos de que quisiera mostrarlos. Yo hasta el momento me había es-capado de esta indignidad. «De todos modos —me dije a mí misma— debo con- 19 tinuar con mi investigación.» El espejo puede esperar Al otro lado de la habitación vi una gran estructura de metal con tiradores de bronce en cada esquina y todo el espacio entre los tiradores, cubiertos con un mantel. Rápi-damente me deslizé del armario a la mesa, patinando un poco sobre el encerado y salté directa sobre la estructura de metal cubierta por un mantel. Aterrizé en el medio y ante mi horror la cosa me lanzó al aire. Al volver a aterrizar eché a correr mientras decidía qué hacer. Por unos instantes me senté en el centro de la alfom. bra roja y azul de un dibujo como de «remolinos» que aunque escrupulosamente limpia, había visto mejores días en otros lugares. Parecía ser perfecta para estirar las patas, así es que le di unos suaves estirones y parecía ayudarme a pensar más claramente. ¡Claro! Esa gran estructura era una cama. Mi cama cra de viejos perió-dicos echados sobre el suelo de cemento de un cobertizo Madame Albertine tenía como un viejo mantel echado sobre una especie de estructura de hierro. Ronroneando de placer por haber resuelto el problema, me dirigí hacia ésta y examiné la parte inferior con gran interés. Inmensos muelles cubiertos por lo que obviamente era una especie de tremendo saco rasgado, soportaban la carga amontonada sobre éstos. Podía ver claramente donde el pesado cuerpo de madame Albertine había destrozado algunos de los muelles que colgaban. Con espíritu de investigación científica tiré de una tela a rayas que colgaba de una esquina al otro lado cerca de la pared. Ante mi increíble horror, salieron plumas volando. «¡Por todos los gatos! —exclamé yo—. Guarda pájaros muertos aquí. No me extraña que sea tan enorme, debe comérselos durante la noche.» Unos cuantos rápidos husmeas alrededor y había ya agotado todas las posibilidades de la cama. Mientras observaba a mi alrededor y me pregun. 20 taba dónde mirar luego, vi una puerta abierta. Di media docena de pasos y sigilosamente me agaché junto a un poste de la puerta, inclinándome un poco hacia delante para que un ojo pudiera echar un primer vistazo. A pri-mera vista el cuadro era tan extraño que no podía com-prender lo que estaba viendo. Algo brillante en el suelo con un dibujo blanco y negro. Contra una de las paredes una especie de abrevadero (sabía lo que era porque los había cerca de los establos), mientras que contra otra pared sobre una plataforma de madera, había la taza de porcelana más grande que jamás habría podido imaginar. Estaba sobre la plataforma de madera y tenía una tapa-dera de madera blanca. Mis ojos se iban agrandando y tuve que sentarme y rascarme la oreja derecha mientras deliberaba. Quién bebería en algo de semejante tamaño, me preguntaba. En aquel momento oí el ruido de madame Albertine subiendo las crujientes escaleras. Apenas parándome a ver si mis mostachos estaban en orden, corrí hacia la puerta para saludarla. Ante mis gritos de júbilo, llena de contento, dijo: «¡Ah!, mi pequeña Fifí, he robado lo me-jor de la mesa para ti. Esos cerdos se están hartando, ¡uf! ¡Me dan ganas de vomitar!». Se agachó y me puso los platos, ¡verdaderos platos!, delante mío, pero no tenía tiempo para la comida todavía, tenía que decirle lo mu-cho que la quería. Ronroneé mientras ella me acogía en su ancho pecho. Esa noche dormí a los pies de la cama de madame Albertine. Echa un ovillo en la inmensa colcha, estuve más cómoda que nunca desde que me habían separado de mí madre. Mi educación fue en aumento; descubrí la razón de lo que en mi ignorancia había creído que era una taza de porcelana gigante. Me hizo enrojecer rostro y cuello al pensar en mi ignorancia. A la mañana siguiente madame Albertine se vistió 21 y bajó la escalera. Se oían los ruidos de mucha conmo-ción, muchas voces altas. Desde la ventana vi a Gaston, el chófer, limpiando el gran Renault. Al poco rato desapareció para volver después con su mejor uniforme. Llevó el coche a la entrada de la casa y los criados llena-ron el portaequipaje de maletas y paquetes. Me agaché más, monsieur el duque y madame Diplomat se diri-gieron al coche y fueron conducidos por Gaston avenida abajo. El ruido debajo mío creció, pero esta vez era como de gente celebrando algo. Madame Albertine subió ruido-samente las escaleras con el rostro rebosante de felicidad y rojo por el vino. «Se han ido, pequeña Fifí —gritó, aparentemente creyendo que yo era sorda—. Se han ido, durante toda una semana estaremos libres de su tiranía. Ahora nos divertiremos.» Estrujándome contra ella me llevó abajo donde se celebraba una fiesta. Todos los criados parecían más contentos ahora, y yo me sentía orgullosa de que madame Albertine me llevara en brazos a pesar de que temía que mi peso de cuatro libras la cansara. Por una semana todos ronroneamos juntos. Al final de esa semana lo arreglamos todo y asumimos la más miserable de nuestras expresiones preparándonos para la vuelta de madame Diplomat y su marido. Él no nos preocupaba, solía pasearse por ahí tocándose su Legión de Honor en el botón de la solapa. Sea como fuere estaba siempre pensando en el «servicio», no en los criados ni gatos. El problema era madame Diplomat. Era una mujer regañona, desde luego, y fue como el perdón de la guillotina cuando oímos el sábado que volverían a irse una semana o dos, ya que tenían que verse con lo «mejorcito». El tiempo pasaba rápidamente. Por la mañana ayu-daba a los jardineros levantando una planta o dos para 22 ver si las raíces crecían satisfactoriamente. Por las tardes me retiraba a una cómoda rama del viejo manzano soñan-do en climas más cálidos y antiguos templos donde los sacerdotes vestidos con túnicas amarillas daban vueltas silenciosamente siguiendo sus oficios religiosos. Repen-tinamente me despertaba el sonido de aviones de las Fuer-zas Aéreas francesas rugiendo locamente a través del cielo. Estaba empezando a ponerme pesada ahora y mis gatitos empezaban a moverse dentro de mí. No me era fácil moverme ahora, tenía que medir mis pasos. Durante los últimos días cogí el hábito de ir a la lechería a mirar cómo ponían la leche de las vacas dentro de una cosa que daba vueltas y producía dos chorros, uno de leche y otro de crema. Me sentaba sobre un estante bajo para no molestar. La lechera me hablaba y yo le contestaba. Un atardecer estaba sentada sobre el estante a unos seis pies de un cubo lleno de leche. La lechera me estaba hablando de su último novio y yo le ronroneaba asegu-rándole que todo iría bien entre ellos. De repente se oyó un chillido que atravesaba el tímpano como cuando a un gato macho se le pisa la cola. Madame Diplomat entró en la lechería corriendo y gritando: «Te dije que no tuvieras gatos aquí, nos envenenarás». Cogió lo primero que encontró a mano, una medida de cobre y me la tiró con toda su fuerza. Me dio en el costado con mucha violencia y me hizo caer en el cubo de la leche. El dolor fue terrible. Apenas podía chapotear para mantenerme a flote. Sentí salírseme las entrañas. El suelo se tambaleó bajo pesados pasos y madame Albertine apareció. Rápi-damente inclinó el cubo y tiró la leche manchada de sangre. Pasó suavemente sus manos sobre mí. «Llama al señor veterinario», ordenó. Yo me desmayé. Al despertar estaba en la habitación de madame Albertine en un cajón forrado y caliente. Tenía tres 23 costillas rotas y había perdido mis gatitos. Durante algún tiempo estuve muy enferma. El señor veterinario venía a verme a menudo y me dijeron que le había dicho palabras duras a madame Diplomar. «Crueldad. Crueldad innecesaria», había dicho. «A la gente no le gustará. Dirán que es usted una mujer mala.» «Los criados me han dicho —dijo él— que la futura madre gatita era muy limpia y muy honrada. No, madame Diplomat, fue muy malvado de su parte.» Madame Albertine me mojaba los labios con agua, ya que tan sólo pensar en leche me hacía palidecer. Día tras día intentaba convencerme para que comiera. El señor veterinario dijo: «Ahora no hay esperanza, morirá, no puede vivir otro día sin comer». Pasé a un estado coma-toso. Desde algún lugar me parecía oír el susurro de los árboles, el crujir de las ramas. «Gatita —decía el man-zano—, gatita, esto no es el fin.» Extraños ruidos me zumbaban en la cabeza. Vi una brillante luz amarilla, vi maravillosos parajes y olí placeres celestiales. «Gatita —susurraban los árboles—, esto no es el fin, come y vive. No es el fin. Tienes una razón para vivir, gatita. Tendrás días felices en el ocaso de tu vida. No ahora. Esto no es el fin.» Abrí los ojos pesadamente y levanté algo la cabeza. Madame Albertíne con grandes lágrimas corriéndole por las mejillas, se arrodilló junto a mí aguantando algunos finos pedazos de pollo. El señor veterinario estaba de pie junto a la mesa llenando una jeringa con algo de una botella. Débilmente tomé uno de los pedazos de pollo, lo retuve un instante en la boca y lo tragué. «¡Milagro! ¡Milagro!», dijo madame Albertine. El señor veterinario se volvió con la boca abierta y poco a poco fue dejando la jeringa y vino hacia mí. «Es como usted dice, un milagro —remarcó--. Estaba llenando la jeringa para administrarle el golpe de gracia y evitar así más sufri- 24 miento.» Les sonreí y emití tres ronroneos, todo lo que pude. Mientras volvía a adormecerme les oí decir: «Se recuperará». Durante una semana continué en un pobre estado; no podía respirar hondamente, ni podía dar más que unos pocos pasos. Madame Albertine me había traído mi cajón de tierra muy cerca, ya que madre me había ense-ñado a ser muy cuidadosa con mis necesidades. Una se-mana más tarde madame Albertine me llevó abajo. Ma-dame Diplomat estaba de pie ante una habitación con una mirada burlona y de desaprobación. «Hay que lle-varla a un cobertizo, Albertine», dijo madame Diplomat. «Con perdón, señora —dijo madame Albertine—, toda-vía no está lo suficientemente bien, y si se la maltrata, yo y otros criados nos iremos.» Con un altivo resoplido y mirada, madame Diplomat volvió a entrar en la habi-tación. Abajo en las cocinas algunas de las viejas mujeres vinieron a hablarme y dijeron que se alegraban de que estuviera mejor. Madame Albertine me dejó en el suelo suavemente para que pudiera moverme y leer todas las noticias de cosas y de la gente. Pronto me cansé, ya que aún no me encontraba bien, y me dirigí a madame Alber-tine, levanté la mirada hacia su rostro y le dije que quería ir a la cama. Me cogió y volvió a lo más alto de la casa. Estaba tan cansada que me dormí profunda-mente antes de que me metiera en la cama. Capítulo II Es fácil ser sensato después de los acontecimientos. Escribir un libro trae recuerdos. A través de la dureza de los años, pensé a menudo en las palabras del viejo manzano: «Gatita, esto no es el fin. Tienes un propósito en la vida». Entonces pensé que no era más que una amabilidad para animarme. Ahora lo sé. Ahora en el ocaso de mi vida tengo mucha felicidad; si estoy ausente, aunque no sea más que unos minutos, oigo: «¿Dónde está Fifí? ¿No le ha pasado nada?». Y sé que soy amada por mí misma no sólo por mi apariencia. En mi juventud era distinto, no era más que una pieza de escaparate o como diría la gente moderna una «pieza de conversación». Los americanos dirían un «juguete ingenioso». Madame Diplomar tenía sus obsesiones. Tenía la obsesión de ascender más y más en la escala social de Francia, y mostrarme en público era un seguro amuleto para el éxito. Me odiaba, ya que odiaba a los gatos (ex-cepto en público) y no se me permitía entrar en la casa a menos de que hubiera invitados. El recuerdo de mi primera «presentación» lo tengo vívido en mi mente. Estaba en el jardín un día caluroso y soleado. Du-rante un rato había estado mirando a las abejas llevando polen sobre sus patas. Entonces me moví para examinar el pie de un ciprés. El perro de un vecino había reciente-mente estado allí y dejado un mensaje que yo quería leer. Echando frecuentes miradas sobre mi hombro para ver si estaba a salvo, dediqué mi atención al mensaje. Poco a poco me fui interesando más y más y fui per-diendo la conciencia de cuanto me rodeaba. Inesperada-mente unas ásperas manos me agarraron y me despertaron de mi contemplación del mensaje del perro. Pzzt, silbé 26 mientras me liberaba dando un fuerte golpe hacia atrás al hacerlo. Subí al árbol y miré hacia abajo. Siempre corre primero y mira luego —había dicho madre—. Es mejor correr sin necesidad que parar y no poder volver a correr.» Miré hacia abajo. Estaba Pierre, el jardinero, agarrán-dose la punta de la nariz, un reguerillo de sangre le iba corriendo por entre sus dedos. Mirándome con odio, se agachó, cogió una piedra y la tiró con toda su fuerza. Di la vuelta al tronco del árbol, pero así y todo la vibra-ción de la piedra contra el tronco casi me hizo caer. Volvió a agacharse para coger otra piedra en el mismo momento que madame Albertine andando silenciosamente sobre el musgoso terreno adelantó un paso. Recogiendo la escena en una mirada, adelantó ágilmente la pierna y Pierre cayó al suelo cara abajo. Le cogió por el cuello y lo levantó sacudiéndolo. Lo agitó con violencia, no era más que un hombre pequeñito, y le hizo tambalear. «Dañas a la gata y te mato, ¿me oyes? Madame Diplo-mat te envió a buscarla, hijo de perra, no para que la dañaras.» «La gata se me escapó de las manos y me caí contra el árbol y me sangra la nariz —balbució Pierre—, perdí los estribos a causa del dolor.» Madame Albertine se encogió de hombros y se volvió hacia mí. «Fifí, Fifí, ven con mamá», llamó. «Ya voy», grité mien-tras ponía mis brazos alrededor del tronco y me desli-zaba de espaldas. «Ahora tienes que comportarte lo me-jor que puedas, pequeña Fifí —dijo madame Albertine—. La señora 1 quiere mostrarte a sus visitas.» La palabra señora siempre me divertía. El señor duque tenía una se-ñora en París así que, ¿cómo era madame Diplomat la señora? De todos modos, pensé, sí quieren que tam-bién se la llame «señora», por mí no hay problema. Esta era gente muy rara e irracional. 1. En inglés mistress significa señora y amante. (N. de la T.) 27 Andamos juntas a través del césped, madame Alber-tine me llevaba para que mis pies estuvieran limpios para las visitas. Subimos los anchos peldaños de piedra donde vi un ratón escurriéndose en un agujero junto a un arbusto y atravesamos la galería. Al otro lado de las puertas abiertas del salón vi a una multitud de gente sentada y charlando como un grupo de gorriones. «He traído a Fifí, señora», dijo madame Albertine. La «se-ñora» se levantó de un salto y me tomó con cuidado de los brazos de mi amiga. «¡Oh, mi querida dulce y chi-quitina Fifí! », exclamó mientras daba la vuelta tan aprisa que me mareé. Las mujeres se levantaron y se agruparon cerca de mí profiriendo exclamaciones de admiración. Los gatos siameses en Francia eran una rareza en aquellos tiempos. Incluso los hombres allí presentes se movieron para mirar. Mi negro rostro y blanco cuerpo terminando en una cola negra, parecía intrigarles. «Excepcional entre lo excepcional —dijo la señora—. Un magnífico pedigree; costó una fortuna. Es tan cariñosa, a veces duerme con-migo por la noche.» Yo grité protestando ante tales men-tiras y todo el mundo retrocedió alarmado. «Está ha-blando», dijo madame Albertine, a quien se le había ordenado que se quedara en el salón «por si acaso». Como el mío, el rostro de madame Albertine reflejaba sorpresa de que la señora dijera tantas falsedades. «Ah, Renée —dijo una de las invitadas—, deberías llevarla a América cuando vayas. Las mujeres americanas pueden ser una gran ayuda en la carrera de tu marido si les gustas y la gatita ciertamente llama la atención.» La señora apretó sus delgados labios de modo que su boca desapareció por completo. «¿Llevarla? —preguntó—. ¿Cómo lo haría? Armaría jaleo y tendríamos dificultades cuando volviéramos.» «Tonterías, Renée, me sorpren-des —replicó su amiga—. Conozco a un veterinario que te dará una droga con la que dormirá durante todo d 28 vuelo. Puedes arreglártelas para que vaya en una caja acolchada como equipaje diplomático.» La señora asintió con la cabeza: «Sí, Antoinette, tomaré esta dirección». Durante un rato tuve que quedarme en el salón. Hacían comentarios sobre mi tipo, se admiraban de lo largo de mis piernas y la negrura de mi cola. «Yo creía que todos los mejores tipos de gato siamés tenían la cola enroscada», dijo una. «Oh no —contestó la seño-ra—, gatos siameses con colas enroscadas no están de moda ahora, cuando más recta la cola mejor el gato. Pronto enviaremos a ésta a juntarse y entonces tendremos gatitos para dar.» Finalmente madame Albertine dejó el salón. «¡Puff! —exclamó—. Dame gatos de cuatro patas en cualquier momento antes que esta variedad de dos patas.» Rápidamente di una ojeada a mi alrededor; no había visto nunca gatos con dos patas antes y no com-prendía cómo podían arreglárselas. No había nada de-trás mío excepto la puerta cerrada, así es que meneé la cabeza con un gesto de extrañeza y seguí andando junto a madame Albertine. Estaba oscureciendo y una ligera llovizna golpeaba las ventanas cuando el teléfono en la habitación de madame Albertine sonó irritablemente. Se levantó para contes-tarlo y la aguda voz de la señora rompió la paz. «Alber-tine, ¿tienes a la gata en la habitación?» «Sí, señora, todavía no está bien», replicó madame Albertine. La voz de la señora subió un octavo de tono: «Te he dicho, Albertine, que no la quiero en la casa a menos de que haya visitas. Llévala al cobertizo inmediatamente. ¡Me asombro de mi bondad dejándote quedar; eres tan inútil!». Muy a pesar suyo madame Albertine se puso un grueso abrigo de punto, se metió dentro de un impermeable y se enroscó un pañuelo en la cabeza. Cogiéndome en bra-zos me arropó con un chal y me bajó por la escalera tra-sera. Se paró en la sala de los criados para coger una lin- 29 terna y fue hacia la puerta. Un viento tempestuoso me dio en la cara; unas nubes bajas corrían a través del cielo nocturno; desde un alto ciprés un búho ululó desma-yadamente, ya que nuestra presencia había espantado al ratón que había estado cazando. Ramas cargadas de lluvia nos rozaban y echaban su carga de agua sobre nosotras. El camino era resbaladizo y traidor en la oscu-ridad. Madame Albertine se arrastraba cautelosamente escogiendo sus pasos a la tenue luz de la linterna mur-murando imprecaciones contra madame Diplomat y todo lo que ésta representaba. Ante nosotras apareció el cobertizo, como una marca más negra en la oscuridad de los sombríos árboles. Em-pujó la puerta y entró. Hubo un golpe tremendo al des-lizarse al suelo una maceta que había quedado cogida a sus voluminosas faldas. Muy a mi pesar se me erizó la cola de miedo y se me formó un agudo trazado a lo largo de mi espinazo. Iluminando con su linterna un semi-círculo delante de ella, madame Albertine se adentró en el cobertizo y fue hacia el montón de viejos periódi-cos que eran mi cama. «Me gustaría ver a esa mujer encerrada en un lugar como éste —murmuró para sus adentros—. Ya le bajarían un poco los humos.» Me dejó con cuidado en el suelo, se aseguró de que tenía agua, nunca bebía leche ahora, sólo agua, y puso unos cuantos pedacitos de pata de rana a mi lado. Después de darme unas palmaditas en la cabeza, fue retrocediendo poco a poco y cerró la puerta tras ella. El difuso sonido de sus pasos fue ahogándose bajo el mordaz viento y el chapoteo de la lluvia sobre el galvanizado tejado de hierro. Odiaba este cobertizo. A menudo a la gente se le olvidaba mi existencia por completo y yo no podía salir hasta que abrían la puerta. Con demasiada frecuencia me había que-dado allí sin comida ni bebida durante dos o incluso tres días. Los gritos no servían de nada, ya que estaba dema- 30 siado lejos de la casa, escondida en un bosquecillo de árboles, lejos, detrás de todos los restantes edificios. Me estiraba hambrienta poniéndome más y más arrugada es-perando a que alguien de la casa se acordara de que no se me había visto por ahí por algún tiempo y viniera, a investigar. ¡Ahora es tan distinto! Aquí me tratan como a un ser humano. En vez de casi morir de hambre tengo siem-pre comida y bebida y duermo en un dormitorio con mi propia cama de verdad. Mirando hacia atrás a través de los años, parece como si el pasado fuera un viaje cru-zando una larga noche y como si ahora hubiera salido a la luz del sol y al calor del amor. En el pasado tenía que estar alerta a los pasos patosos, ahora todo el mundo vigila por si yo estoy ahí. Los muebles no se cambian nunca de lugar a menos de que se me enseñe su nuevo sitio porque soy ciega y vieja y ya no puedo cuidar de mí misma; como dice el lama soy una querida vieja abuela que goza de paz y felicidad. Mientras dicto esto estoy sentada en una cómoda silla donde los calientes rayos del sol se posan sobre mí. Pero todo a su debido tiempo, los días de las som-bras estaban todavía conmigo y todavía el sol tenía que aparecer después de la tormenta. Sentía extraños movimientos dentro de mí. En voz baja, ya que me sentía insegura, canté una canción. Deam-bulaba por el terreno en busca de algo. Mis deseos eran vagos y sin embargo apremiantes. Sentada junto a una ventana abierta, sin atreverme a entrar, oí a madame Diplomat usando el teléfono. «Sí, está llamando. La en-viaré inmediatamente y la recogeré mañana. Sí, quiero vender los gatitos tan pronto como sea posible.» Poco después Gaston vino a mí y me puso en una caja de madera donde no se podía respirar con la tapa bien cerrada. El olor de la caja, aparte del ambiente irrespi- 31 rable, era de lo más interesante. Había servido para llevar comida, patas de rana, caracoles, carnes crudas y ver-duras. Estaba tan interesada que apenas noté cuando Gaston cogió la caja y me llevó al garaje. Durante un rato dejó la caja sobre el suelo de cemento. El olor a aceite y gasolina me daba ganas de vomitar. Por fin Gaston volvió a entrar en el garaje, abrió las grandes puertas de entrada y dio el contacto a nuestro segundo coche, un viejo Citroen. Tras echar mi caja con bastante rudeza en el portaequipajes entró delante y salimos. Fue un viaje terrible, tomábamos las curvas tan aprisa que mi caja rodaba con violencia y paraba con un golpe. A la próxima curva volvería a repetirse el proceso. La oscuridad era intensa y los humos del tubo de escape me ahogaban y me hacían toser. Creí que el viaje no terminaría nunca. De repente el cocha se desvió, se oyó un espantoso chirrido de los neumáticos al patinar, y cuando el coche volvió a ponerse recto y siguió corriendo, mi caja dio la vuelta y se quedó boca abajo. Me di contra una aguda astilla y mi nariz empezó a sangrar. El Citroén se tambaleó al parar y pronto oí voces. Abrieron el porta-equipajes y por un momento hubo silencio y entonces «Mira, hay sangre!», dijo una voz extraña. Levantaron mi caja, la sentí balancearse mientras alguien la llevaba. Subieron unos peldaños, se veían sombras a través de las rendijas de la caja y adiviné que estaba dentro de una casa o cobertizo. Se cerró una puerta, me levantaron más alto y me colocaron sobre una mesa. Desmañadas manos arañaban la superficie externa y abrieron la caja. Yo guiñé los ojos ante la repentina luz. «Pobre gatita», dijo una voz de mujer. Alargando los brazos puso la mano debajo mío y me cogió. Yo me sentía enferma, con ganas de vomitar y mareada por los humos del tubo de escape, medio ida por la violencia del viaje y sangrando bastante por la nariz. Gaston, allí, de pie, estaba blanco 32 y asustado. «Debo telefonear a madame Diplomat», dijo un hombre. «No me haga perder mi trabajo —dijo Gas-ton—, conduje con mucho cuidado.» El hombre cogió el teléfono mientras la mujer me secaba la sangre de la nariz. «Madame Diplomat —dijo el hombre—, su gatita está enferma, está desnutrida y ha sido espantosamente agitada por este viaje. Perderá su gata, madame, a menos de que se la cuide mejor.» «Por Dios —oí que replicaba la voz de madame Diplomat—, tanto jaleo por un gato. Ya la cuidamos. No la tenemos consentida y mimada, quiero que tenga gatitos.» «Tiene usted una gata siamesa muy valiosa, del mejor tipo en toda Francia. Descuidar a esta gata es un mal negocio, como usar sortijas de diamantes para cortar cristal.» «Ya la conozco —con-testó madame Diplomat—. ¿Está el chófer aquí?, quiero hablar con él.» El hombre pasó el teléfono a Gaston en silencio. Por algunos instantes el torrente de palabras de la señora fue tan grande, tan vitriólico que no podía per-seguir su fin, simplemente atontaba los sentidos. Final-mente, después de mucho estirar llegaron a un acuerdo. Yo tenía que quedarme ¿dónde estaba yo?, hasta que estuviera mejor. Gaston se fue temblando todavía al pensar en ma-dame Diplomat. Yo seguí echada sobre la mesa mientras el hombre y la mujer me atendían. Tuve la sensación de un ligerísimo pinchazo y casi antes de que pudiera darme cuenta me quedé dormida. Fue una sensación de lo más peculiar. Soñé que estaba en el cielo y que mu-chos gatos me hablaban, preguntándome de dónde venía y quiénes eran mis padres. Hablaban en el mejor francés gatuno siamés además. Levanté la cabeza pesadamente y abrí los ojos. La sorpresa ante el lugar donde estaba causó el erizamiento de mi cola y un escalofrío en mi espinazo. A pocos centímetros de mi rostro había una puerta de red de hierro. Yo estaba echada sobre paja lim- 33 pia. Detrás de la puerta de alambre había una gran habitación que contenía todo tipo de gatos y algunos perritos. Mis vecinos a cada lado eran gatos siameses. «Ah, la desgraciada está moviéndose», dijo uno. «¡Uf! ¡Cómo te colgaba la cola cuando te trajeron!», dijo el otro. «¿De dónde vienes?», chilló un persa desde el otro lado de la habitación. «Estos gatos me ponen en-fermo», gruñó un pequeño poodle desde una caja en el suelo. «Yeh —murmuró un perrito justo fuera de la órbita de mi vista—, a estas damas les darían una buena paliza en mi Estado.» «Oíd a este perro yanqui dándose aires —dijo alguien cerca—, no lleva aquí el tiempo suficiente como para tener derecho a hablar. No está más que a pensión, eso es!» «Yo soy Chawa —dijo la gata de mi derecha—. Me han sacado los ovarios.» «Yo soy Sang Tu —dijo la gata de mi izquierda—. Yo luché con un perro, pequeña, deberías ver a ese perro, desde luego poco queda de él.» «Yo soy Fifí —respondí tímidamente—. No sabía que había más gatos siameses aparte de mí y de mi desapa-recida madre.» Por algún tiempo se hizo el silencio en la gran habitación y entonces surgió un gran rugido al entrar el hombre que traía la comida. Todo el mundo hablaba a la vez. Los perros pedían que se les alimentan primero, los gatos llamaban a los perros cerdos egoístas. Se oía el entrechocar ruidoso de los platos de comida y el gorjeo de agua al llenar los botes para beber y luego el glup glup de los perros al comenzar a comer. El hombre se acercó a mí y me miró. La mujer entró y atravesó viniendo hacia mí. «Está despierta», dijo el hombre. «Preciosa gatita —dijo la mujer—. Tendremos que fortalecerla, no puede tener gatitos en su presente estado.» Me trajeron una abundante porción de comida y siguieron con los otros. Yo no me encontraba denla. siado bien, pero pensé que sería de mala educación no 34 comer, así es que me lo propuse y pronto lo hube ter-minado todo. «¡Oh! —dijo el hombre cuando volvió—, estaba hambrienta.» «Vamos a ponerla en el anexo —dijo la mujer—, tendrá más luz solar allí, creo que todos estos animales la molestan.» El hombre abrió mi jaula y me acunó en sus brazos mientras me llevaba a través de la habitación y a través de una puerta que no había podido ver antes. «Adiós», chilló Chawa. «Encantada de conocerte —gritó Sang Tu—. Dales recuerdos míos a los gatos machos cuando les veas.» Cruzamos el umbral de la puerta y entramos en una habitación iluminada por el sol, donde había una gran jaula en el centro. «¿Va a meterla en la jaula de los monos, jefe?», preguntó un hombre a quien no había visto antes. «Sí —replicó el hombre que me llevaba—, necesita cuidados, ya que no llevaría en su presente es-tado.» ¿Llevaría? ¿Llevaría? ¿Qué es lo que suponían que iba a llevar? ¿Creían que iba a trabajar yo aquí llevando platos o algo parecido? El hombre abrió la puerta de la jaula grande y me metió. Se estaba bien aparte del olor a desinfectante. Había tres ramas y es-tantes y una agradable caja de paja forrada de tela para dormir. Me paseé alrededor con cautela, ya que madre me había enseñado a que investigara completamente cual-quier lugar extraño antes de instalarme. Una rama de árbol me invitaba, así es que saqué mis pezuñas para de-mostrar que ya me sentía instalada. Al encaramarme por la rama vi que podía mirar sobre un pequeño cercado y ver más allá. Había un gran espacio cerrado con alambre todo alrededor y por encima. Pequeños árboles y arbustos llenaban el terreno. Mientras observaba, un gato siamés de lo más magnífico salió a la vista. Tenía un tipo fan-tástico, largo y delgado con pesados hombros y la más negra de las colas negras. Mientras atravesaba despacio 35 el terreno iba cantando la última canción de amor. Yo escuché extasiada, pero por el momento tenía demasiada vergüenza para contestar cantando. Mi corazón latía y tuve una sensación de las más extrañas. Se me escapó un gran suspiro mientras él desaparecía. Durante un rato me quedé sentada en lo más alto de esa rama, llena de sorpresa. Mi cola se movía espas. módicamente y mis piernas temblaban tanto de la emo-ción que apenas podían soportarme. ¡Qué gato!, ¡qué tipo más formidable! Podía imaginármelo llenando de gracia un templo en el lejano Siam, con sacerdotes de amarillas túnicas saludándole mientras dormitaba al sol. ¿Y me equivocaba? Sentía que había mirado en mi direc-ción, que lo sabía todo de mí. Mi cabeza era un torbe-llino con pensamientos sobre el futuro. Despacio, tem-blando, descendí de la rama, entré en la caja de dormir y me eché para seguir pensando. Esa noche dormí inquieta; al día siguiente el hombre dijo que yo tenía fiebre a causa del mal viaje en coche y los humos del tubo de escape. ¡Yo sabía por qué tenía fiebre! Su bello rostro negro y su larga cola arrastran. dose se habían apoderado de mis sueños. El hombre dijo que me encontraba débil y que tenía que descansar, Durante cuatro días viví en esa jaula descansando y comiendo. A la mañana siguiente me condujeron a una casita dentro del cercado con redes. Al instalarme miré a mi alrededor y vi que había un muro de red entre mi compartimento y el del guapo gato. Su habitación estaba cuidada y arreglada, su paja estaba limpia y vi que su bol de agua no tenía polvo flotando sobre la superficie. No estaba dentro en aquel momento, adiviné que esta-ría en el cercado jardín dando un vistazo a las plantas. Llena de sueño, cerré los ojos y di unas cabezadas. Una poderosa voz me hizo saltar despertándome y miré tímidamente al muro de red. « ¡Bueno! —dijo el gato 36 siamés—, encantado de conocerte, desde luego.» Su gran rostro negro estaba contra la red, y sus vívidos ojos azules disparaban sus pensamientos hacia mí. «Nos va-mos a casar esta tarde —dijo él—. Me gustará, ¿y a ti?» Enrojeciendo toda yo escondí mi cara entre la paja. «Oh, no te preocupes tanto —exclamó él—. Estamos haciendo un noble trabajo; no hay los suficientes de nosotros en Francia. Te gustará, ya verás», rió mientras se sentaba a descansar después de su paseo matinal. A la hora de comer, vino el hombre y rió al vernos sentados cerca el uno del otro con sólo la red entre nos-otros y cantando un dúo. El gato se alzó sobre sus patas y le rugió al hombre: «¡Saca esa... puerta de en medio!», usando algunas palabras que me hicieron enrojecer toda otra vez. El hombre sacó despacio la clavija, volvió a colgarla fuera de peligro, dio la vuelta y nos dejó. ¡Oh! Ese gato, el ardor de sus abrazos, las cosas que me dijo. Después nos quedamos echados uno junto al otro en un dulce calor y entonces tuve el escalofriante pensa-miento: yo no era la primera. Me levanté y volví a mi habitación. El hombre entró y volvió a cerrar la puerte-cilla entre nosotros. Por la noche vino y me volvió a llevar a la jaula grande. Dormí profundamente. Por la mañana, vino la mujer y me llevó a la habita-ción en la que había estado al ingresar en este edificio. Me colocó sobre una mesa y me aguantó fuertemente mientras el hombre me examinaba a fondo cuidadosa-mente. «Tendré que ver al dueño de esta gata porque la pobrecita ha sido muy maltratada. ¿Ves? —dijo indi-cando mis costillas izquierdas y tocando donde todavía me dolía—. Algo espantoso le ha pasado y es un animal demasiado valioso para que se le descuide.» «¿Damos un paseo en coche y nos acercamos a hablar con la due-ña?» La mujer parecía estar realmente interesada en mí. El hombre contestó diciendo: «Sí, la recogeremos, y 37 de paso quizá podremos cobrar nuestros honorarios tam-bién. La llamaré y le diré que devolveremos la gata y recogeremos el dinero». Descolgó el teléfono y habló con madame Diplomat. La sola preocupación de ésta parecía ser que «el parto de la gata» pudiera costarle unos pocos francos de más. Convencida de que no sería así, estuvo de acuerdo en pagar la cuenta tan pronto como me devol-vieran. Y eso fue lo que decidieron: me quedaría hasta la tarde siguiente y luego me devolverían a madame Diplomat. «Eh, Georges —gritó el hombre—, devuélvela a la jaula de monos, se queda hasta mañana.» Georges, un viejo encorvado a quien no había visto antes, vino hacia mí tambaleándose y me cogió con sorprendente cuidado. Me puso sobre su hombro y empezó a andar. Me llevó a la gran habitación sin parar para poder hablar con los otros. La habitación donde estaba la jaula de monos y cerró la puerta tras nuestro. Durante unos segundos arrastró un pedazo de cuerda delante de mí. «Pobrecita —murmuró para sí—, ¡está claro que nadie ha jugado contigo en tu corta vida!» Sola otra vez, subí a la empinada rama y miré más allá del cercado metálico. Ninguna emoción se movía dentro mío ahora, sabía que el gato tenía cantidades de Reinas y yo no era más que una de tantas. La gente que conoce a los gatos, llama siempre a los gatos machos «Toms» y a las hembras «Reinas». No tiene nada que ver con el pedigree, no es más que un nombre ge-nérico. Una rama solitaria se mecía curvándose bajo un peso considerable. Mientras estaba mirando, el gran Tom saltó del árbol y se plantó en el suelo. Se encaramó a toda velocidad por el árbol y volvió a hacer lo mismo una y otra vez. Yo miraba fascinada y entonces se me ocurrió que estaría haciendo sus ejercicios matinales. Perezosa. 38 mente, porque no tenía nada mejor que hacer, seguí echada en mi cama y afilando mis pezuñas hasta que brillaron como las perlas alrededor de la garganta de madame Diplomat. Luego aburrida, me dormí bajo el reconfortante sol del mediodía. Algún tiempo después cuando el sol ya no estaba justo encima mío sino que se había ido a calentar algún otro lugar de Francia, me despertó una dulce, maternal voz. Observé con cierta dificultad por una ventana casi fuera de mi alcance y vi una vieja reina que había visto muchos veranos. Estaba decididamente llenita y mien-tras estaba allí en la repisa de la ventana lavándose las orejas, pensé lo agradable que sería charlar un rato. «¡Ah! —dijo ella—. Ya estás despierta. Espero que sea de tu agrado la estancia aquí; nos enorgullece pensar que ofrecemos el mejor servicio de Francia. ¿Comes bien?» «Sí, gracias —contesté—. Me cuidan muy bien. ¿Es usted la señora propietaria?» «No —contestó—, a pesar de que mucha gente cree que lo soy. Tengo la responsable tarea de enseñarles a los nuevos Toms sementales sus deberes; yo les sirvo de prueba antes de que sean puestos en circulación ge-neral. Es un trabajo muy importante, muy preciso.» Nos quedamos un rato absortas en nuestros propios pensa-mientos. «¿Cómo se llama?», pregunté. «Butterball»,' replicó ella. «Yo estaba muy llenita y mi pelo brillaba como la mantequilla, pero esto era cuando era mucho más joven», añadió. «Ahora hago varios trabajos aparte de ese de que te hablé, ¿sabes? También hago de policía en los almacenes de la comida para que no nos molesten los ratones.» Se relajó pensando en sus deberes y luego dijo: «¿Has probado ya nuestra carne cruda de caballo? ¡Oh! tienes que probarla antes de que te vayas. Es real- 1. Bola de mantequilla. N. de la T.) 39 mente deliciosa, la mejor carne de caballo que se puede comprar en lugar alguno. Creo que a lo mejor la tendre. mos para cenar, vi a Georges, el ayudante, cortándola hace poco». Después de una pausa dijo con voz satis. fecha: «Sí, estoy segura de que hay carne de caballo para cenar». Nos quedamos sentadas pensando y nos lavamos un poco y entonces madame Butterball dijo: «Bueno, tengo que irme, ya miraré de que te den una buena ración; creo que puedo oler a Georges que trae la cena ahora». Saltó de la ventana. En la gran habitación detrás mío, podía oír gritos y chillidos. «Carne de caballo», «dame a mí primero», «¡estoy 'hambriento, aprisa Geor-ges!», pero Georges no se inmutaba; al contrario, atra-vesó la gran habitación y vino directo a mí, sirviéndome a mí primero. «Tú primero, gatita —dijo él—, los otros pueden esperar. Tú eres la más callada de todos, o sea que tú primero.» Ronroneé para demostrarle que apre ciaba completamente el honor. Me puso delante una gran cantidad de carne. Tenía un perfume maravilloso. Me froté contra sus piernas y emití uno de mis más altos ronroneos. «Tú no eres más que una gatita pequeña —dijo él—, te la cortaré.» Muy educadamente cortó toda la pieza en pequeños trocitos y entonces con un «que comas bien, gata», se fue a atender a los otros. La carne era sencillamente maravillosa, dulce al pala-dar y tierna a los dientes. Finalmente me senté hacia atrás y me lavé la cara. Un ruido como de arañazos me hizo mirar hacia arriba justo cuando un negro rostro con ojos relampagueantes apareció en la ventana. «Buena, ¿verdad?», dijo madame Butterball. «¿Qué te dije? Servimos la mejor carne de caballo que aquí pueda en-contrarse. Pero espera. Pescado para desayunar. Algo delicioso, acabo de probarlo yo. Bueno, que tengas una buena noche.» Al decir esto se dio la vuelta y se marchó ¿Pescado? Yo no podía pensar en comida ahora, 40 estaba llena. Esto era un cambio tan grande en compa-ración a la comida de casa; allí me daban trozos que los humanos dejaban, porquerías con salsas tontas que a menudo me quemaban la lengua. Aquí los gatos vivían con un verdadero estilo francés. La luz iba desapareciendo al ponerse el sol en el cielo occidental. Los pájaros volvían a casa aleteando, vie-jos cuervos llamaban a sus compañeros y discutían los sucesos del día. Pronto la oscuridad se hizo más profunda y llegaron los murciélagos batiendo sus afelpadas alas mientras iban y venían persiguiendo a los insectos de la noche. Encima de los altos cipreses aparecía la luna naranja, tímidamente, como dudosa de meterse en la oscuridad de la noche. Suspirando de satisfacción, me subí perezosamente a mi cajón y caí dormida. Soñé y todas mis esperanzas salieron a la superficie. Soñé que alguien me quería simplemente por mí misma, simplemente como compañía. Mi corazón estaba lleno de amor, amor que tenía que ser reprimido porque nadie en mi casa sabía nada de las esperanzas y deseos de una joven gatita. Ahora, gata vieja, estoy rodeada de amor y doy el mío también. Ahora conocemos momentos du-ros, pero para mí esto es la vida perfecta donde familia y yo somos uno, y soy amada como una persona real. La noche pasó. Estaba nerviosa e incómoda porque me iba a casa. ¿Volvería a sufrir penalidades otra vez? ¿Tendría una cama de paja en vez de viejos y húmedos periódicos?, me preguntaba. Antes de que pudiera darme cuenta, era de día. Un perro ladraba penosamente en la habitación grande. «Quiero salir, quiero salir», decía una y otra vez. «Quiero salir.» Por ahí cerca un pájaro estaba regañando a su compañera por haber retrasado el desayu-no. Gradualmente iban apareciendo los sonidos normales del día. La campana de una iglesia tañía con su áspera voz llamando a los humanos a algún servicio. «Después 41 de la misa voy al pueblo a comprarme una blusa nueva, ¿Me acompañarás?», preguntaba una voz femenina. Si. guieron su camino y no pude oír la respuesta del hombre. El entrechocar de cubos me recordaba que pronto sería la hora de desayunar. Desde el cercado de red el guapo Tom alzó la voz con una canción de saludo al nuevo día. La mujer vino con mi desayuno. «Hola, gata —dijo—, come bien, ya que te vas a casa esta tarde.» Yo emití un ronroneo y me froté contra ella para demostrar que la entendía. Llevaba ropas nuevas y con volantes y parecía estar muy animada. A menudo me sonrío para mis adennos cuando pienso en cómo nosotros, los gatos, vernos las cosas. Solemos saber el humor de una persona por su ropa interior. Nuestro punto de vista es distinto, ¿entiendes? El pescado era muy bueno pero estaba cubierto de una comida, algo como de trigo, que tuve que sacar. «Bueno, ¿verdad?», dijo una voz desde la ventana. «Buenos días, madame Butterball», repliqué. «Sí, esto es muy bueno pero ¿qué es esta especie de cubierta de trigo que hay?» Madame Butterball rió con benevolencia. «¡Oh! —exclamó—, debes de ser una gata de campo. Aquí siempre, pero siempre, tomamos cereales por la mañana para tener vitaminas.» «¿Pero por qué no me las dieron antes?», persistí. «Porque estabas bajo tratamiento y te las daban en forma líquida.» Madame Butterball suspiró: «Tengo que irme ahora, hay tanto que hacer y tan poco tiempo. Intentaré verte antes de que te vayas». Antes de que pudiera contestarle había saltado de la ventana y pude oír su crujir por entre los arbustos. Se oía un confuso murmullo procedente de la habitación grande. «Sí —dijo el perro americano—, así que le digo a él, no quiero que metas las narices en mi lamparilla, ¿ves? Siempre está vagando por ahí para ver lo 42 que puede husmear.» Tong Fa, un gato siamés que había llegado la tarde anterior, estaba hablando con Chawa. «Dígame, señora, ¿no nos permiten investigar el terreno por aquí?» Yo me enrosqué y eché un sueñecillo; toda esta charla me estaba dando dolor de cabeza. «¿La metemos en un cesto?» Me desperté con un sobresalto. El hombre y la mujer habían entrado en mi habitación por una puerta lateral. «¿Cesta? —preguntó la mujer—, no necesita que se la ponga en una cesta, la llevaré sobre mi regazo.» Se dirigieron a la ventana y se quedaron hablando. «Ese Tong Fa —murmuró la mujer—, es una lástima acabar con él. ¿No podemos hacer nada para evitarlo?» El hombre se movió incómodo y se acarició la barbilla. «¿Qué podemos hacer? El gato es viejo y casi ciego. Su dueño no quiere perder el tiempo con él. ¿Qué podemos hacer?» Hubo un largo silencio. «No me gusta —dijo la mujer—, es un crimen.» El hombre siguió silencioso. Yo me hice tan pequeña como me fue posible en una esquina de la jaula. ¿Viejo y ciego? ¿Eran éstas razones para una sentencia de muerte? Ningún recuerdo de los años de amor y devoción; matar a los viejos cuando no se pueden cuidar ellos mis-mos. Juntos, el hombre y la mujer entraron en la habi-tación grande y cogieron al viejo Tong Fa de su caja. La mañana fue pasando lentamente. Yo tenía pensa-mientos sombríos. ¿Qué me pasaría a mí cuando fuese vieja? El manzano me había dicho que sería feliz, pero cuando uno es joven e inexperto, esperar parece algo sin fin. El viejo Georges entró. «Aquí tienes un poco de carne de caballo, gatita. Cómela que te vas a casa pron-to.» Yo ronroneé y me froté contra él, y él se agachó para acariciarme la cabeza. Apenas hube terminado de comer y hacer mi toilette cuando la mujer vino por mí. «Bueno, vamos, Fifí —exclamó, a casa con madame Diplomat (la vieja perra).» Me cogió y me llevó a través 43 de la puerta lateral. Madame Butterball estaba esperando, «Adiós, Feef —gritó---, ven a vernos pronto.» «Adiós, madame Butterball —repliqué yo—, muchas gracias por su hospitalidad.» La mujer fue hacia donde estaba el hombre espe. rando junto a un enorme y viejo coche. Ella entró y se aseguró de que las ventanas estuvieran casi cerradas; en. tonces entró el hombre y conectó el motor. Arrancamos tomamos la carretera que conducía a mi casa. Capítulo III El coche iba zumbando por la carretera. Altos ci-preses se erguían orgullosos al lado de la carretera con frecuentes huecos en sus filas como testimonio de los desastres de una gran guerra, una guerra que yo conocía sólo por haber oído hablar de ella a los humanos. Se-guimos corriendo, parecía no tener fin. Me preguntaba cómo funcionaban estas máquinas, cómo corrían tanto y durante tanto rato; pero no era más que un pensa-miento intermitente, toda mi atención estaba puesta en las vistas del campo que iba pasando. Durante la primera milla o así había ido sentada sobre el regazo de la mujer. La curiosidad me ganó y con pasos inseguros me dirigí a la parte trasera del coche y me senté sobre un estante al mismo nivel de la ventana trasera donde había una guía Michelín, mapas y otras cosas. Podía ver la carretera detrás nuestro. La mujer se movió más cerca del hombre y se murmuraban dulzuras. Me preguntaba si ella también iría a tener gatitos. Al sol le faltaba una hora a través del cielo cuando el hombre dijo: «Deberíamos estar casi allí». «Sí —re-plicó la mujer—, creo que es la casa grande a una milla y media de la iglesia. Pronto la encontraremos.» Seguimos conduciendo más despacio ahora, disminuyendo la velocidad hasta parar al girar hacia el camino y encon-trar el portal cerrado. Un discreto bocinazo y un hombre salió corriendo de la portería y se acercó al coche. Viendo y reconociéndome, se volvió y abrió el portal. Sentí una gran emoción al darme cuenta de que yo había sido el motivo de que se abrieran las puertas sin que tuvieran que dar ninguna explicación. 45 Cruzamos el portal y el portero me saludó grave. mente al pasar. Mi vida había sido muy extraña, decidí, ya que ni sabía la existencia de la portería o el portal Madame Diplomat estaba al lado de uno de los céspedes hablando a uno de los ayudantes de Pierre. Se volvió al acercarnos y anduvo despacio hacia nosotros. El hombre paró el coche, salió e inclinó la cabeza educadamente. «Hemos traído su gatita, madame —dijo él—, y aquí tiene una copia certificada del pedigree del gato semen-tal.» Los ojos de madame Diplomat se abrieron asombra. dos cuando me vio sentada en el coche. «¿No la en-cerraron en una caja?», preguntó. «No, madame —re-plicó el hombre—, es una gatita muy buena y ha estado quieta y comportándose todo el tiempo que ha estado con nosotros. Consideramos que es una gata que se com-porta excepcionalmente bien.» Me sentí enrojecer ante tamaños cumplidos y fui lo suficiente maleducada para ronronear cumplidos dando e entender que estaba de acuerdo. Madame Diplomat se volvió imperiosamente al jardinero ayudante y dijo: << Corre a la casa y dile a madame Albertine que la quiero ver inmediatamente». «¡Pub! —gritó el gato del portero desde detrás de un árbol—, ya sé dónde has estado. Nosotros los gatos de clase baja no somos suficiente para-ti, tienes que tener niños bonitos!» «Dios mío —dijo la mujer en el coche—, hay un gato. Fifí no debe tener contacto con Toms.» Madame Diplomat se giró en redondo y tiró un palo que arrancó de la tierra. Pasó a un pie de distancia del gato del portero «Ja, ja —rió mientras corría—, no podrías dar con la aguja de una iglesia, con un cepillo de la ropa a seis pulgadas de distancia... vieja!», volví a enrojecer. El lenguaje era terrible y sentí un gran descanso al ver a madame Albertine andando patosamente a toda prisa por el camino con su rostro radiante en señal de bienvenida. Le grité y 46 que la quería, cómo la había encontrado a faltar y todo lo que me había pasado. Por unos momentos nos olvida-mos de todo excepto de nosotras, entonces la rasposa voz de madame Diplomat nos hizo volver al presente. «Al-bertine —chilló ásperamente—, ¿se da cuenta de que me estoy dirigiendo a usted? Haga el favor de atender.» «Madame —dijo el hombre que me había traído—, esta gata ha sido maltratada. No ha comido lo suficiente. Las sobras no son lo suficientemente buenas para gatos sia-meses con pedigree y debería tener una cama caliente y cómoda.» «Este gato es valioso —siguió diciendo—, y sería una gata de concurso si se la tratara mejor.» Madame Diplomat fijó su mirada altanera. «Esto no es más que un animal, hombre, le pagaré su cuenta, pero no intente enseñarme lo que tengo que hacer.» «Pero, madame, estoy intentando salvar su valiosa pro-piedad», dijo el hombre, pero lo redujo al silencio mientras leía la cuenta, cloqueando con desaprobación de todo lo que veía. Luego, abriendo su monedero, sacó su talonario de cheques y escribió algo en un trozo de papel antes de dárselo. Madame Diplomat se volvió con rudeza y se fue con paso airado. «Tenemos que vivir esto cada día», le susurró madame Albertine a la mujer. Asintieron con simpatía y se fueron conduciendo des-pacio. Había estado fuera casi una semana. Mucho debía de haber pasado durante mi ausencia. Pasé el resto del día yendo de un lado a otro renovando asociaciones pasadas y leyendo todas las noticias. Durante un rato descansé segura y recogida sobre una rama de mi viejo amigo el manzano. La cena fueron las acostumbradas sobras, de buena calidad, pero así y todo sobras. Pensé lo mara-villoso que sería tener algo comprado especialmente para mí en vez de siempre tener «restos». Al llegar el cre-púsculo Gaston vino a buscarme, y al encontrarme me 47 arrancó del suelo y corrió al cobertizo conmigo. Empujó la puerta hasta abrirla y me echó en el oscuro interior, dio un portazo tras él y se fue. Siendo francesa yo misma, me duele mucho tener que admitir que los humanos han-ceses son, desde luego, muy duros con los animales. Pasaron días y semanas. Gradualmente mi tipo se convirtió en el de una matrona y mis movimientos fueron más lentos. Una noche cuando estaba casi al final, Pierre me tiró con rudeza al cobertizo. Al aterrizar en el duro suelo de cemento, sentí un dolor terrible, como si me estuvieran rompiendo. Dolorosamente, en la oscuridad de ese cobertizo, nacieron mis cinco bebés. Cuando me hube recuperado un poco, rompí un poco de papel y les hice un nido caliente y los llevé allí uno a uno. Al día si-guiente nadie vino a verme. El día fue pasando lenta-mente pero tenía trabajo alimentando a mis bebés. La noche me encontró mareada de hambre y completamente seca, ya que no había ni comida ni bebida en el cober. tizo. El nuevo día no trajo alivio, no vino nadie y las horas se alargaron más y más. Mi sed era casi insopor-table y me preguntaba por qué tenía que sufrir tanto. Al caer la noche los búhos ululaban y se precipitaban sobre los ratones que habían cogido. Yo y mis gatitos estábamos echados juntos y yo me preguntaba cómo iba a seguir viviendo el próximo día. El día siguiente había ya avanzado cuando oí pasos. Se abrió la puerta y allí, de pie, estaba madame Alber-tine, pálida y enferma. Se había levantado especialmente de su cama porque había tenido «visiones» de mí en apuros. Como lo sintió, traía comida y agua. Uno de mis bebés había muerto durante la noche y madame Alber-tine estaba demasiado furiosa para poder hablar. Su furia era tal al ver la manera como me habían tratado que fue y trajo a madame Diplomat y al señor duque. Ma-dame Diplomat sintió haber perdido un gatito y el dinero 48 que eso representaba. El señor duque sonrió desampara-damente y dijo: «Quizá tendríamos que hacer algo. Al-guien tendría que hablar a Pierre». Poco a poco mis gatitos fueron cogiendo fuerzas, gradualmente iban abriendo sus ojos. Vino gente a ver-los, el dinero cambió de manos y antes de que dejara de amamantarlos me los sacaron. Yo divagaba por la finca desconsoladamente. Mis lamentos estorbaban a madame Diplomat y ordenó que me encerraran hasta que callara. Ahora ya me había acostumbrado a ser exhibida en las reuniones sociales y no daba ninguna importancia que me sacaran de mi trabajo por el jardín para pasearme por el salón. Un día fue distinto. Me llevaron a una habitación pequeña donde madame Diplomat estaba sen-tada ante un escritorio y un hombre extraño estaba sen-tado en frente. «¡Ah! —exclamó él, cuando me entraron en la habitación—, así que ésta es la gata.» Me examinó en silencio, torció el semblante y se restregó una de sus orejas. «Está algo descuidada. Drogarla para que se la pueda llevar como equipaje en un avión puede dañar su constitución.» Madame Diplomat frunció el ceño enfa-dada: «No le pido un sermón, señor veterinario —dijo ella—, si no hace lo que le pido muchos otros lo harán». Postuló furiosamente: «¡Cuánta tontería por un mero gato!». El señor veterinario se encogió de hombros im-potente. «Muy bien, madame —replicó—, haré lo que usted quiera, ya que tengo que ganarme la vida. Llame una hora o así antes de coger el avión.» Se levantó, buscó a tientas su cartera y salió tropezando de la habitación. Madame Diplomat abrió el balcón y me envió al jardín. Había un aire de reprimida animación en la casa. Sacaban el polvo y limpiaban las maletas y pintaban en ellas el nuevo rango del señor duque. Llamaron a un car-pintero y le dijeron que hiciera una caja de viaje de ma- 49 dera que cupiera en una maleta y capaz de contener un gato. Madame Albertine corría de un lado para otro y tenía el aspecto de esperar que madame Diplomat cayera muerta. Una mañana, como una semana más tarde, Gaston vino al cobertizo por mí y me llevó al garaje sin darme desayuno. Le dije que tenía hambre, pero como de costumbre no me entendió. La doncella de madame Di-plomat, Yvette, esperaba en el Citroén. Gaston me metió en una cesta de caña con una tapadera con correas y me colocaron en el asiento de atrás. Arrancamos a gran velocidad. «No sé por qué quieren que droguen al gato —dijo Yvette—, las reglas dicen que se puede llevar un gato a USA sin ninguna dificultad.» «¡Uh! —dijo Gas-ton—. Esa mujer está loca, ya he dejado de intentar adivinar lo que le hace gracia.» Se quedaron callados y se concentraron en conducir más y más aprisa. Los saltos eran terribles. Mi poco peso no era suficiente para apre-tar los muelles del asiento y me iba poniendo más y más morada dándome con los lados y la parte de arriba del cesto. Me concentré en estirar las patas y hundí las pezu-ñas en la cesta. Fue realmente una triste batalla para prevenir la pérdida del conocimiento a causa de los gol-pes. Perdí toda noción del tiempo. Finalmente paramos patinando y rechinando. Gaston agarró mi cesta, subió unas escaleras y entró en una casa. Dejó caer la cesta sobre una mesa y sacó la tapadera. Unas manos me co-gieron y me sentaron sobre la mesa. Inmediatamente caí, mis piernas ya no me soportaban, había estado agarrotada demasiado rato. El señor veterinario me miró horrori-zado y lleno de compasión. «Podría haber matado a esta gata —exclamó enfadado a Gaston—, no puedo darle una inyección hoy.» El rostro de Gaston se hinchó de furia. «Drogue al... gato, el avión sale hoy. Le han pagado, ¿no?» El señor veterinario descolgó el teléfono. «No 50 puede telefonear —dijo Gaston—, la familia está en el aeropuerto de Le Bourget y tengo prisa.» Suspirando el señor veterinario cogió una gran jeringa y se volvió hacia mí. Sentí un agudo y doloroso pinchazo en lo más profundo de mis músculos y todo a mi alrededor se vol-vió rojo, luego negro. Oí una lejana voz decir: «Ya está, esto la mantendrá callada durante...». Entonces el com-pleto y absoluto olvido descendió sobre mí. Se oyó un horroroso rugido, tenía frío y respirar era un esfuerzo espantoso. Ni una pizca de luz en ningún sitio; nunca había conocido una oscuridad semejante. Durante un rato temí haberme vuelto ciega. Mi cabeza parecía que se estuviera partiendo en pedazos; nunca me había sentido tan enferma, tan maltratada, tan mise-rable. El horroroso rugido continuaba hora tras hora; creí que me iba a estallar la cabeza. Sentía extrañas pre-siones en mis oídos y las cosas de dentro hacían click y pop. El rugido cambió haciéndose más fiero, luego una sacudida, un fuerte ruido metálico y fuí enviada con violencia contra la tapadera de mi caja. Otra y otra sacu-dida y el rugido disminuyó. Ahora un extraño retumbar como las ruedas de un coche rápido sobre una pista de cemento. Más extraños movimientos y retumbos y enton-ces el rugido murió. Otros ruidos aparecieron sin em-bargo, el rascar de metal, voces ahogadas y un chug chug justo debajo mío. Con un golpe perturbador se abrió una gran puerta de metal a mi lado y extraños hombres entraron con gran estruendo en el compartimiento donde yo estaba. Rudas manos agarraban maletas y las tiraban a un cinturón moviente que se las llevaba fuera de la vista. Entonces me llegó el turno. Volé por el aire y aterricé con un golpe como para romper los huesos. Debajo mío algo daba tumbos y siseaba. Otro golpe y mi viaje terminó. Me eché de espaldas y vi el cielo del ama- 51 necer a través de algunos agujeros para el aire. «Eh, ahí hay un gato», dijo una extraña voz. «Okay, Bud, no nos incumbe», replicó el otro hombre. Sin ceremonia alguna agarraron mi caja y la echaron sobre una especie de vehículo; apilaron otras maletas encima y alrededor y ese algo con motor arrancó con un ruido rum, rum, rum, Perdí el conocimiento, debido al dolor y al susto. Abrí mis ojos y mirando a través de la tela metálica vislumbré una desnuda bombilla eléctrica. Me moví con dificultad y débilmente me tambaleé hasta un plato de agua que había cerca de allí. Era casi demasiado esfuerzo beber, casi demasiado problema seguir viviendo pero después de beber me encontré mejor. «Bien, bien, se-ñora, ¿estás despierta?» Miré y vi a un viejo y pequeño hombre negro que estaba abriendo una lata de comida, «Sí, señora, tú y yo, los dos, tenemos caras negras, espero cuidarte bien, ¿eh?» Me metió la comida dentro y yo intenté un ronroneo para demostrarle que apre-ciaba su amabilidad. Me acarició la cabeza. «Eh, ¿a que esto es algo? —murmuró para sí mismo—. Espera que le cuente a Saddie, ¡hombre, hombre!» Poder volver a comer era maravilloso. No podía co-mer mucho porque me sentía muy mal, pero lo intenté para que el hombre negro no se sintiera insultado. Más tarde di otro mordisquito y bebí un poco y luego me entró sueño. Había un trozo de manta en la esquina así es que me enrosqué en ella y me dormí. Más tarde me di cuenta de que estaba en un hotel. El personal iba bajando al sótano para verme. «Oh, ¿verdad que es lista?», decían las sirvientas. «¡Caray! Mira, hombre, esos ojos, son bellísimos», decían los hombres. Una de las visitas fue muy bienvenida, un chef francés. Uno de mis admiradores llamó por un teléfono: «Eh, FranÇois, baja aquí, tenemos un gato siamés fran-cés». Unos minutos después un hombre gordo venía taro- 52 baleándose por el corredor. «Tú eres el chat frarkaís, ¿no?», dijo mirando a los hombres que estaban de pie alrededor. Yo ronroneé más y más alto, era como un lazo con Francia el verle. Se acercó y miró con ojos de miope y echó a hablar en un torrente de francés parisino. Yo ronroneé y le chillé que le entendía perfectamente. «Ja —dijo una voz oculta—, ¿sabéis?, el viejo FranÇois y el gato se tocan en todos los cilindros.» El negro abrió mi jaula y yo salté directamente a los brazos de Francois, me besó y yo le di algunos de mis mejores lengüetazos y cuando me volvieron a meter en la jaula tenía lágrimas en los ojos. «Señora —dijo el negro que se cuidaba de mí—, no dudes de que has hecho un ligue. Supongo que vas a comer bien ahora.» Me gus-taba mi asistente, como yo, tenía el rostro negro; pero las cosas agradables no duraron para mí. Dos días más tarde nos trasladamos a otra ciudad de los Estados Unidos y me dejaron en una habitación subterránea casi todo el tiempo. Durante los años siguientes la vida era la misma, día tras día, mes tras mes. Me usaban para producir gatitos que me sacaban antes casi de que dejaran de mamar. Finalmente el duque fue reclamado a Francia. Otra vez me drogaron y no supe nada más hasta despertar mareada y enferma en Le Bourget. La llegada a casa que yo había contemplado con placer fue, en cambio, un triste suceso. Madame Albertine ya no estaba allí, había muerto pocos meses antes de que volviéramos. Habían cortado el viejo manzano y habían hecho mu-chos cambios en la casa. Durante algunos meses vagué desconsoladamente por ahí trayendo algunas familias al mundo y viendo cómo me las sacaban antes de que yo estuviera preparada. Mi salud empezó a empeorar y más y más gatitos nacían muertos. Mí vista fue volviéndose insegura y aprendí 53 a «sentir» mi camino. ¡Nunca olvidé que a Tong Fa lo habían matado porque era viejo y ciego! Casi dos años después de haber vuelto de América, madame Diplomat quiso ir a Irlanda para ver si era un lugar apropiado para vivir ella. Tenía la idea fija de que yo le había traído suerte (aunque no por eso me trataba mejor) y yo tuve que ir a Irlanda también. Otra vez me llevaron a un sitio donde me drogaron y por un tiempo la vida dejó de existir para mí. Mucho más tarde des. perté en una caja forrada de tela en una casa extraña, Se oía un constante zumbido de aviones en el cielo. El olor de carbón quemado me cosquilleaba los orificios nasales y me hacía estornudar. «Está despierta», dijo una abierta voz irlandesa. ¿Qué había pasado? ¿Dónde es. taba yo? Sentí pánico pero estaba demasiado débil pata moverme. Sólo más tarde oyendo voces humanas y explicándomelo un gato del aeropuerto comprendí la historia. El avión había aterrizado en el aeropuerto irlandés Los hombres habían sacado las maletas del departamento de equipajes. «Eh, Paddy, hay un viejo gato muerto aquí!», dijo uno de los hombres. Paddy, el capataz, se acercó a mirar. «Busca al inspector», dijo. Un hombre habló por el micro y pronto apareció un inspector del Departamento de Animales en escena. Abrieron mi caja y me cogieron cuidadosamente. «Buscad al dueño», dijo el inspector. Mientras esperaba me examinó. Madame Diplomat se acercó furiosa al pequeño grupo que me rodeaba. Empezando a bramar y a contar lo importante que ella era, fue cortada muy pronto por el inspector. «La gata está muerta —dijo el inspector—, por viciosa crueldad y falta de cuidado. Está embarazada y usted la ha drogado para evadir la cuarentena. Esto es una seria ofensa.» Madame Diplomat empezó a llorar di. ciendo que afectaría la carrera de su esposo si la llevaban 54 a los tribunales por una ofensa tal. El inspector tiró de su labio inferior y entonces con una decisión repentina dijo: «El animal está muerto. Firme una renuncia con-forme podemos disponer del cuerpo y por esta vez no diremos nada. Pero le aconsejo no volver a tener gatos». Madame Diplomat firmó el dicho papel y salió medio llorando. «Bien, Brian —dijo el inspector —deshazte del cuerpo.» Se fue y uno de los hombres me metió otra vez en la caja y se me llevó. Muy vagamente oí el sonido de tierra revuelta, el ruido de metal sobre piedra y qui-zás una pala rascando contra una obstrucción. Entonces me cogieron y oí débilmente: «¡Glorioso sea! ¡Está viva!». Ante esto volví a perder la conciencia. El hom-bre, así me lo contaron, miró desconfiadamente alrededor y entonces seguro de que no le observaban, llenó el foso que había cavado para mí y se me llevó corriendo a una casa próxima. No volví a saber nada hasta «Está des-pierta», dijo una abierta voz irlandesa. Manos dulces me acariciaron, alguien me mojó los labios con agua. «Sean —dijo la voz irlandesa— esta gata está ciega. Le he balanceado la luz delante de sus ojos y no la ve.» Yo estaba aterrorizada pensando que me matarían por mi edad y ceguera. «¿Ciega? —dijo Sean—. Realmente es una bonita criatura. Iré a ver al vigilante para ver si puedo quedarme sin trabajar el resto del día. Bueno, y después la llevaré a mi madre, la cuidará. No podemos tenerla aquí.» Se oyó el ruido de una puerta abriéndose y cerrándose. Unas suaves manos me aguantaban y me ponían la comida justo debajo de mi boca, y hambrienta comí. El dolor dentro de mí era terrible y pensé que pronto moriría. Mi vista había desaparecido por com-pleto. Más tarde, cuando vivía con el lama, gastó mucho dinero para ver si se podía hacer algo pero descubrieron que mis nervios ópticos se habían roto con los golpes que había tenido. 55 La puerta se abrió y se cerró. «¿Bien?», preguntó la mujer—. «Le dije al vigilante que me sentía mal después de ver cómo trataban a una criatura de Dios. Dijo: "CIa. ro, Sean, tú siempre fuiste único para sentir tales cosas, bueno, puedes marcharte". Así que aquí estoy. ¿Cómo sigue?» «Mm, así así —contestó su mujer—. Le mojé los labios y comió un pedazo de pescado. Se pondrá bien pero ha pasado un mal trago.» El hombre deambulaba por ahí: «Dame algo de comer, Mary, y llevaremos el gato a madre. Voy a salir ahora y miraré los neumá-ticos». Yo suspiré. Más viajes, pensé. El dolor dentro de mí era un repetido dolor espasmódico. Por ahí se oía el entrechocar de platos y el sonido de un fuego que atizaban. Pronto la mujer fue hacia la puerta y llamó: «El té, Sean, el agua está hirviendo:>. Sean entró y oí cómo se lavaba las manos antes de sentarse para comer. «Tenemos que callarnos —dijo Sean—, si no nos per-seguiría el guarda. Si podemos ponerla bien, sus gatitos nos darán dinero. Estas criaturas son valiosísimas, ¿sa-bes?» Su mujer llenó otra taza de té antes de contestar. «Tu madre lo sabe todo sobre los gatos, ella hará que se reponga, ella es capaz si es que hay alguien que lo sea. Márchate antes de que los otros terminen de trabajar.» «Y tanto» —dijo Sean mientras retiraba su silla ruido-samente y se levantaba. Se acercaron a mí y sentí que cogían mí caja. «Puedes poner la caja en la bolsa, Sean —dijo la mujer—, llévala bajo tu brazo, voy a hacer un cabestrillo para que puedas llevar el peso en tus hom-bros, aunque no es que pese mucho, ¡pobrecilla!» Sean, con un tirante en sus hombros y alrededor de mi caja, se volvió y salió de la casa. El frío aire irlandés se colaba deliciosamente en mi caja, trayendo consigo su vigoroso aliento del mar. Me hizo sentir mucho mejor, ¡si tan sólo el espantoso dolor se fuera! Un viaje en bicicleta 56 era una experiencia completamente nueva para mí. Una dulce brisa me llegaba a través de los orificios para el aire y el ligero mecimiento que no era desagradable me recordaba estar echada sobre las altas ramas de un árbol que se mecía al viento. Un ruido como un crujido me llenó de curiosidad durante un rato. Primero pensé que mi caja se estaba rompiendo, luego concentrándome mu-cho decidí que la cosa del asiento donde se sentaba Sean necesitaba aceite. Pronto llegamos a un terreno empi-nado. La respiración de Sean empezó a raspar en su garganta, los pedales se movían más y más despacio hasta parar por completo. «¡Uf! —exclamó—, es una pesada caja la que tienes», puso mi caja sobre el asiento, sí, ¡rechinaba!, siguió a pie pesadamente empujando su bicicleta despacio. Luego se detuvo, abrió el picaporte de un portillo y empujó la bicicleta dentro; se oía el raspado de la madera con el metal y el portillo se cerró de golpe detrás nuestro. ¿Dónde me meto ahora?, pensaba yo. Me llegó a la nariz el agradable olor a flores. Lo inhalé apreciativamente. «¿Y qué me has traído, hijo mío?», preguntó una voz de vieja. «Te la he traído para ti, madre», replicó Sean orgullosamente. Apoyando la máquina contra la pared, cogió mi caja, se limpió los pies con cuidado y entró en el edificio. Se sentó con un suspiro de alivio y le contó toda la historia que sabía de mí a su madre. Después de manosear la tapa la levantó. Hubo un silencio durante un momento. Luego, «¡Ah! ¡Qué preciosidad de criatura debió de ser en sus tiempos! Mírala ahora con su pelo burdo por la falta de cuidado. Mira cómo se le ven las costillas. ¡Qué crueldad tratar así a estas criaturas!». Finalmente me cogieron y me pusieron sobre el suelo. Es desconcertante perder la vista repentinamente. Al principio mientras me movía con pasos vacilantes me daba contra las cosas. Sean murmuró: «Madre, crees 57 que... ¿sabes?». «No, hijo mío, éstos son gatos mu\ inteligentes, desde luego, gatos muy inteligentes. Re. cuerda que te dije que los había visto en Inglaterra. No, no, dale tiempo y verás cómo se las arregla.» Sean se volvió hacia su madre: «Madre, voy a llevarme la caja y dársela al vigilante por la mañana, sabes.» La vieja corría de un lado a otro trayendo comida v agua y muy oportunamente me llevó a un cajón de tierra. Finalmente Sean se fue prometiendo volver dentro de unos días. La vieja cerró la puerta con cuidado y echó otro pedazo de carbón en el fuego hablando para sí misma todo el rato en lo que pensé sería irlandés. Para los gatos, claro está, la lengua no tiene mucha impon tancia, ya que conversan y escuchan por telepatía. Los humanos piensan en su propio idioma y es a veces un poco confuso para un gato siamés francés aclarar pensa. mientos-imágenes enmarcados en alguna otra lengua desconocida. Pronto nos echamos para dormir, yo en una caja junto al fuego y la vieja en un camastro al otro lado de la habitación. Yo estaba absolutamente agotada, sin em-bargo, el dolor mordiéndome dentro, no me dejaba don mir. Finalmente el cansancio ganó al dolor y me dormí. Mis sueños fueron terroríficos. ¿Adónde había ido? Me preguntaba en mis sueños. ¿Por qué tenía que sufrir tanto? Temía por mis gatitos que tenían que llegar. Temía que murieran al nacer, temía que no muriesen, ya que ¿qué futuro tenían? ¿Podría yo en mi débil estado alimentarlos? Por la mañana, la vieja empezó a moverse. Los mue-lles del camastro crujieron al levantarse y se acercó a atizar el fuego. Arrodillándose junto a mí, me acarició la cabeza y dijo: «Yo voy a ir a misa y luego comeremos algo». Se levantó y pronto se fue. Oí sus pasos desva. necerse por el camino. Se oyó el clic de la verja del jat. 58 din y luego silencio. Yo me di la vuelta y volví a dor-mirme. Al final del día había recuperado algunas fuerzas. Pude moverme despacio. Primero me daba contra casi todo, pero pronto aprendí que no cambiaban los mue-bles muy a menudo. Con el tiempo aprendí a encontrar mi camino sin darme demasiados golpes. Nuestros vi-brissae (bigotes de gato) actúan como un radar y po-demos encontrar el camino en la más negra de las noches cuando no hay ni un destello de luz que ver. Ahora mis antenas tenían que trabajar todo el tiempo. Unos días más tarde la vieja le dijo a su hijo, que había ido a verla: «Sean, limpia el cobertizo de la leña que voy a ponerla allí. Con eso de que es ciega y yo que tampoco veo bien, tengo miedo de darle una patada y dañar a los gatitos y significa mucho dinero para nosotros. Sean salió y pronto oí una gran conmoción procedente del cobertizo de la leña al mover cosas y hacer montones de carbón. Entró y dijo: «Ya está todo arreglado, madre,, he puesto montones de periódicos en el suelo y he cerrado la ventana». Así que otra vez mi cama era de periódicos. Irlan-deses esta vez. «Bueno —pensé—, el manzano dijo hace años que la suerte me llegaría en uno de los momentos más negros. Ya casi era hora.» El cobertizo era de planchas de madera embreadas con una desvencijada puerta y el suelo era de tierra pisada y en la pared se guardaba una increíble colección de cosas de la casa, trozos de carbón y cajas vacías. Por alguna extraña razón la vieja tenía un enorme candado para cerrar la puerta. Cuando venía a verme se quedaba ahí murmurando y rebuscaba sin cesar entre las llaves hasta encontrar la correcta. Finalmente con la puerta abierta entraba a trompicones, tanteando el camino, en el triste interior. Sean quería reparar las ventanas para que entrara algo de luz; ningún 59 rayo entraba en este oscuro agujero, pero, como dijo la vieja, «el vidrio cuesta dinero, hijo mío, el vidrio cuesta dinero. Espera a que tengamos los gatitos para vender» Los días iban arrastrándose. Tenía comida y agua pero tenía también un constante dolor. La comida era escasa, suficiente para vivir, pero no suficiente para for. talecerme. Viví para dar a luz a mis gatitos y seguir viviendo era una lucha. Ciega, enferma y siempre haría. brienta mantuve un débil agarramiento a la vida y fe en esos «mejores días que llegarían». Pocas semanas después de llegar a Irlanda sabía que mis gatitos nacerían pronto. Los movimientos se volvían difíciles y el dolor aumentaba. Ya no podía estirarme a todo lo largo ni enroscarme en un círculo. Algo había pasado dentro de mí y sólo podía descansar sentada con mi pecho apoyado contra algo duro para evitar peso en mis partes bajas. Dos o tres noches más tarde hacia medianoche me asaltó un espantoso dolor. Chillé en la agonía. Poco a poco con un inmenso esfuerzo mis gatitos vinieron al mundo. Tres de los cinco estaban muertos. Me quedé echada jadeando durante horas, todo mi cuerpo como en llamas. Esto, pensé, era el fin de la vida, pero no, no iba a serlo. Seguí viviendo. La vieja entró en el cobertizo por la mañana y dijo cosas terribles al encontrar tres gatos muertos. Dijo cosas tan terribles que luego dijo una plegaria para ser perdo- nada. Yo pensé que ahora con dos gatitos que cuidar, podría ir dentro de la casa donde había calor y algo más que periódicos para echarse. Pero la vieja parecía odiarme por tener sólo dos gatitos vivos. «Sean —le dijo un atardecer a su hijo—, esta gata no vivirá más de dos o tres semanas. A ver si puedes dar voces de que tengo dos gatos siameses para vender.» Me iba debilitando cada día. Ansiaba la muerte pero 60 temía por mis gatitos. Un día, cuando ya casi dejaban de mamar, un coche aparcó junto a la entrada. Oí el clic de la verja al abrirse y dos personas acudieron por el caminito. Un golpe a la puerta de la casita. Unos segun-dos más tarde se abrió. La voz de una mujer dijo: «Creo entender que tiene un gatito siamés para vender». «Ah, claro, ¿quiere usted pasar?», replicó la vieja. Por un tiempo hubo silencio, luego la vieja vino desordenada-mente y agarró a uno de mis bebés. Unos minutos más tarde volvió murmurando con mal humor: «Bah, ¿por qué querrán verte?». Me agarró tan violentamente que grité de dolor. Me llevó dentro de la casa mostrándome un gran afecto. Voces suaves dijeron mi nombre y me tocaron ligeramente. El hombre dijo: «Queremos llevar-nos a la madre también. No vivirá a menos de que sea tratada». «¡Ah! —dijo la vieja—, es una gata muy saludable y buena, lo es.» Yo leí los pensamientos en la mente de la vieja: «Sí —pensó—, ya lo he leído todo acerca de usted, puede pagar mucho». Empezó a hacer mucho jaleo diciendo cuánto me quería y lo valiosa que yo era. Que no tenía intención de venderme. Yo me volví en dirección al hombre y dije: «Me estoy muriendo, ignóreme y cuídese de mis dos hijos». El hombre se volvió a la vieja y dijo: «¿Dijo que tenía dos gatitos?». Ella admitió que así era, así que el hombre dijo con firmeza: «Nos llevaremos los tres gatos o ninguno». La vieja dijo un precio que me sorprendió enormemente, pero el hombre sólo dijo: «Bueno, prepárelos que nos los llevaremos ahora». La vieja salió aprisa de la habi-tación para esconder su alegría y para poder volver a contar el dinero. Pronto mis dos chicos fueron puestos en una cesta muy especial que el hombre y la mujer habían traído. La mujer se sentó en la parte trasera del coche conmigo en su regazo y la gran cesta la colocaron en el asiento delantero junto al hombre. Despacio y con 61 cuidado empezamos la marcha. «Tendremos que llamar al vet para que vea a Fifí inmediatamente, Rob», dijo el hombre. «Está muy enferma, llamaré tan pronto corno lleguemos a casa, vendrá hoy. ¿Dejarás que los gatitos vayan juntos?» «Sí», dijo el hombre. «Entonces no es. tarán solos.» Seguimos marchando con tanto cuidado que no sentí ningún dolor. Las palabras del manzano volvieron a mi mente: «Conocerás la felicidad, Fifí» ¿Era esto?, me preguntaba. Seguimos rodando por la carretera durante muchas millas, entonces giramos por una aguda curva con cuí• dado y tomamos una subida muy empinada. «Bueno, ya estamos en casa, gatos», dijo el hombre. Paró el motor, salió y se llevó la cesta que contenía a mis gatitos. La mujer salió con cuidado sin sacudirme y me llevó en brazos, subimos dos o tres peldaños hasta la casa. ¡Qué diferencia! Aquí sentí inmediatamente que se me quería y era bienvenida; decidí que el árbol tenía razón. ¡Pero me sentía tan terriblemente débil! La mujer se dirigió al teléfono y habló con el vet que habían mencionado. Después de dar las gracias colgó. «Vendrá en seguida», dijo ella. No tengo la intención de escribir sobre mi operación o mi larga lucha para volver a la vida. Bastará decir que me hicieron una operación muy difícil para sacarme un inmenso tumor uterino. Me hicieron una histerectomía, así que me quedé libre de la dureza de tener más bebés. El hombre y la mujer se quedaron conmigo noche tras noche, ya que la operación fue tan severa que creye-ron que no me recuperaría. Yo sabía que no sería así porque ahora estaba en casa y me querían. Capítulo IV Mi operación ya pasó, todo lo que tenía que hacer ahora era recuperarme. Antes había estado demasiado enferma para preocuparme de quién vivía en la casa o cómo era. El señor veterinario irlandés había dicho: «De-ben llevarla a casa y darle cariño, lo necesita mucho y no vivirá si sigue viviendo aquí». Así que a casa me llevaron. Durante los dos primeros días estuve muy quieta, con el hombre y la mujer cuidándome todo el tiempo y persuadiéndome para que probara las más ex-quisitas comidas. No las tomaba muy fácilmente porque yo quería que tuvieran que persuadirme. Quería saber que me consideraban lo suficiente importante para to-marse el tiempo necesario para persuadirme. El tercer día después de que el veterinario irlandés hubiera estado allí, el hombre dijo: «Voy a dejar entrar a lady Ku'ei, Feef». Salió y pronto volvió murmurando con afecto a alguien. Al acercarse dijo: «Feef, ésta es lady Ku'ei. Ku, ésta es la señora Fifí Bigotesgrises». Inmediatamente oí la más bella voz de una joven señora gata siamesa que hubiera oído jamás. ¡El tono! ¡La fuerza! Yo me quedé emocionada y deseé que mi pobre madre hubiera podido oír una voz tal. Lady Ku'ei se sentó en la cama con el hombre sentado entre nosotras. «Yo soy lady Ku'ei —dijo ella—, pero como vamos a vivir juntas, puedes llamarme miss Ku'ei. Estás ciega, así que cuando puedas andar te enseñaré el lugar y te indicaré los obstáculos, el excusado, donde comes, etcétera. Y hablando de esto —remarcó en un tono de satisfacción—, aquí no comemos restos, ni rebuscamos las basuras (cuando nadie mira); nuestra comida la compran especialmente para nosotras y es de la mejor calidad. 63 Ahora atiende porque voy a hablarte un poco de la casa y no voy a hacerlo dos veces.» «Sí, miss Ku —repliqué humildemente—, te presto toda mi atención.» Me estiré un poco para aliviar la presión en mis puntos. «Esto es Howth, condado de Dublín —comenzó miss Ku—, vivimos en una casa colgada en lo más alto de una colina. El mar está a ciento veinte pies bajo nues. tro, justo debajo, así es que no caigas o la gente se mo• lestaría si dieses con un pez. Debes mantener tu dignidad con las visitas, recuerda que eres un P.S.G., pero puedes alborotar libremente con la familia.» «Por favor, miss Ku —intercedí—, ¿qué es 1117 P.S.G.?» «¡Bueno, vamos! Eres una estúpida vieja gata —re. plicó miss Ku—, cualquiera sabe que P.S.G. indica que eres un Pedigree gato siamés a pesar de que no estás demostrando la inteligencia esperada de nosotros. Pero no interrumpas, te estoy dando la información esencial.> «Lo siento, miss Ku, no te interrumpiré otra vez.» Miss Ku pensativa se rascó la oreja con el pie. «El hombre, como tú le llamas, es el lama T. Lobsang Rampa del Tibet. Entiende el siamés gatuno tan bien como tú y yo, así que no puedes esconderle los pensamientos. Es gran de, barbudo y calvo y está casi muerto del corazón, ha tenido una o dos afecciones coronarias. Ha estado muy enfermo, desde luego, y todos pensamos que íbamos a perderle.» Yo asentí gravemente sabiendo lo que era estar enferma. Miss Ku continuó: «Si tienes problemas díselo y te ayudará en seguida, si quieres alguna comida en particular, díselo, le pasará el recado a Ma». «¿Ma? —pregunté yo—, ¿está tu madre contigo?» «No seas tan ridícula —replicó miss Ku con cierta aspereza—. Ms es Rab, la mujer, ya sabes, la que hace nuestra compra, lava nuestros platos, nos hace la cama, cocina para nos. otros y nos deja dormir en su cama. Yo soy su gata, 64 ¿sabes?, tú eres la gata del lama —dijo miss Ku como de pasada—. Dormirás aquí, en esta habitación, a su lado. Oh, claro, no puedes ver a Ma. Es algo baja, bonitos ojos y tobillos y una cómoda gordura en todas las otras partes. Ningún hueso se te clavará cuando te sientes en su regazo.» Hicimos una pausa por un momento. Miss Ku para recobrar la respiración y yo para asimilar la información que se me había dado tan repentinamente. Míss Ku jugueteaba con la punta de su cola perezosamente y con-tinuó: «Tenemos a una joven señora inglesa viviendo con nosotros como uno de la familia. Es muy alta, muy delgada y tiene el pelo del color de un Tom mermelada que vi una vez. Bastante amable al fin y al cabo y te hará caso a pesar de que le gustan los grandes apestosos perros y niños chillones». «Bueno, Ku'ei —dijo el lama—, Feef debe descan-sar, ya le contarás más luego.» Cogió a miss Ku y la sacó de la habitación. Durante un rato seguí echada en su cama ronroneando de contento. Se acabaron los restos, siempre había pensado que me gustaría tener algo com-prado especialmente para mí. Ser querida, ésta había sido mi ambición a través de los largos y míseros años. Ahora me querían, y mucho. Sonreí satisfecha y caí dormida. Cuando mis heridas de operación se cerraron y me sacaron los puntos, pude ir moviéndome más y más. Muy cautelosamente al principio por mi ceguera, pero más segura cuando me enteré de que no se movía nada sin que antes me llevaran allí y me enseñaran su posición en relación con las otras cosas. Miss Ku'ei iba conmigo diciendo dónde estaba todo y a las personas que venían se las avisaba de que era ciega. «¿Qué? —replicaban—. ¿Ciega? Pero tiene unos ojos tan grandes y bonitos, ¿cómo puede ser ciega?» 65 Finalmente consideraron que estaba la suficientemente bien como para salir al jardín. El aire era maravilloso con el lor del mar y las plantas. Durante muchos días no dejaba a nadie entre la puerta y yo, estaba constantemen. te aterrorizada de que me dejasen fuera. Miss Ku me regañaba: «No seas una vieja absurda, Feef, somos per. sopas aquí, nadie te dejará fuera nunca». Nos echába. mos en la cálida hierba y miss Ku me describía la es. cena. Debajo nuestro los movimientos de las olas llega. ban a nosotras con su blanca espuma. El agua en la cueva debajo de la casa gruñía y rugía y en días tormentosa parecía agitar todo el acantilado. A la izquierda estaba el acantilado con el faro al final. A un milla o así en el mar, se erigía el Ojo de Irlanda cobijando al pequeño puerto de los peores estampidos del turbulento mar landés. A la derecha se veía el Diente del Diablo prote giendo de las altas olas el lugar donde se bañaban los hombres. A miss Ku le gustaba muchísimo mirar ba. ñarse a los hombres, y probablemente a mí me hubiera gustado también si hubiera podido ver todas las cosas, como los demás. Detrás de la casa se erigía el pico del monte de Howth desde cuya cima se veían, en un día claro, las mon. tañas del País de Gales en la tierra firme y las montañas de Mourne en Irlanda del Norte. Esos fueron días felices mientras nos desperezábamos a la luz del sol y miss Ku me hablaba de nuestra familia. Gradualmente fui per. diendo mis temores de que me dejaran fuera. Ya no me enviaban a un gran y rudo Tom. Ahora se me quería pura y simplemente por mí misma y como la misma miss Ku dijo, me ensanché bajo la influencia como una flor a la que se llevara a la luz del sol después de haber estado encerrada en la oscuridad de un solitario sótano Fueron días maravillosos; el lama me ponía en las ramas bajas de un arbolito y me tenía cogida para que no 66 pudiera caerme y yo soñaba que aquí finalmente había entrado en el cielo. Las gaviotas me preocupaban al principio mientras volaban por encima y decían con sus gritos: «Mira esa gata ahí abajo, la llevaremos al acantilado y entonces nos la comeremos». Miss Ku rugía nuestro famoso grito siamés de guerra y desenvainaba sus pezuñas preparada para cualquier ataque. En el aire se oía débilmente sus zug-zug-zug, y todos los pájaros encima daban vueltas locamente y se escapaban. Por un tiempo no comprendí lo que pasaba, no podía estar siempre haciendo preguntas y entonces encontré la respuesta. Los barcos de pescado estaban entrando y los pájaros iban en busca de los desechos de pescado que se quedaban en los muelles. Ya estaba descansando en la agradable sombra de un arbusto Veronica una tarde soleada cuando me llamó miss Ku: «Prepárate, Feef, vamos de paseo en coche». Un coche y miss Ku estaba contenta. «Pero, miss Ku —expuse yo—, simplemente no podría ir en coche, ¿y si me dejaran en algún sitio?» «Feef —gritó el lama—, ven, vamos todos a paseo.» Yo estaba casi desmayada del susto y me tuvieron que coger y llevarme en brazos al coche. No así miss Ku, que cantaba de contento y corrió al coche gritando: «Yo tengo el sitio de delante». «¿Conducirá el lama, miss Ku?», pregunté tímidamente. «Claro que sí, y no le llames el lama todo el tiempo, llámale jefe como yo.» Así que el lama, perdón, el jefe, entró en el coche y se sentó en el asiento delantero junto a miss Ku. Ma se metió en el coche y se sentó detrás conmigo en la falda. La joven señora inglesa (no podía decir su nombre todavía) se sentó junto a Ma. «¿Seguro que has cerrado las puertas?», preguntó el jefe. «Claro, siempre lo hacemos», replicó Ma. «Venga, venga, ¿para qué perdemos el tiempo?», gritó miss Ku. El jefe hizo lo necesario para poner el coche en marcha y nos fuimos. 67 Quedé sorprendida de la suavidad de nuestro tta. yecto. Esto era muy distinto de ser tirado violentamente de un lado a otro como había sido mi experiencia en Francia y América. Bajamos una pendiente muy fuerte y tomamos una curva difícil. Rodando quizá, ¿qué eran aquí, millas, kilómetros?, tres o cuatro minutos girarnos a la derecha, seguimos otro minuto o dos y paramos Pararon el motor. El olor del mar era fuerte. Unas ligeras gotas que llegaban con la brisa me cosquilleaban la nariz Ruidos de muchos hombres, sonidos de motores de pu/. puf. Un fuerte olor a pescado, y pescado que había es. tado demasiado rato al sol. Olor de humo y de cuerdas alquitranadas. «Ah, pescado bueno —dijo la joven in. glesa respirando el aire—. ¿Voy a buscar un poco?» Así que fue a ver a un viejo amigo que nos vendería pescado recién salido del mar. ¡Cling!, hizo la cosa del equipaje en la parte trasera del coche cuando echaron el pescado allí. ¡Bang!, hizo la puerta al entrar en el coche la joven inglesa y cerrarla de golpe. «Miss Ku —murmuré—. ¿Qué es este lugar?» «¿Esto? Éste es el puerto de pesca donde todas las barcas vienen a traernos nuestra cena, grandes naves para guardar pescado junto a nosotros y al otro lado agua. Barcos atados con pedazos de cuerda para que no se vayan antes de que todo el mundo esté preparado.» «¿Y ese humo?» «Oh, cuelgan pescado en el humo, así no se corrompe tan aprisa o por lo menos no puedes olerlo en seguida a causa del humo.» Saltó sobre el respaldo del jefe y gritó: «¿A qué esperamos? Vamos a Portmarnock». «Oh, Ku, eres un desastre de impaciente», dijo el jefe, mientras ponía el coche en marcha. «Miss Ku —dije yo, me temo que en un tono preocu-pado—, esta joven inglesa, no puedo decir su nombre y la manera como lo pronuncio es un insulto para un Tom demasiado embalado. ¿Qué hago?» Miss Ku se sentó y 68 pensó durante un rato y entonces dijo: «Bueno, no sé». De repente se animó y dijo: «Eh, ya lo sé. Lleva un vestido verde, es muy alta y delgada y el pelo encima es una especie de amarillo. Oye, Feef, llámala Buttercup,' ella no lo sabrá». «Gracias, miss Ku —repliqué yo—, la llamaré miss Buttercup.» «Miss Nada —respondió miss Ku—, si debiéramos darle título sería missis, como tú ha tenido gatitos también. No, Feef, no estás entre la educada sociedad francesa ahora; estás en casa así que dices, jefe, Ma y Buttercup. Yo soy miss Ku.» El coche siguió avanzando despacio y suavemente. Casi antes de saber lo que pasaba habíamos llegado allí y paramos. Se abrieron las puertas del coche y me sacaron en brazos. «¡Ah!, esto es vivir», gritó miss Ku. Unas manos suaves cogieron las mías y las hundieron en la arena. «Mira, Feef, arena», dijo el jefe. El rugido y el rumor de las olas contra las rocas me calmaba, el sol calentaba mi espalda. Miss Ku corría como loca por la arena chillando con alegría. La familia (mi familia) estaba sentada al lado tranquilamente. Yo me senté a sus pies y jugaba con un guijarro. Yo era demasiado vieja y no me había curado lo suficiente todavía como para correr como un caballo desbocado como miss Ku. Con la agradable y cálida luz solar me quedé dormida... Había nubes encima del sol y el débil gotear de lluvia. «Raro —pensé—, ¿cómo puedo estar aquí?» En-tonces lo comprendí, estaba viajando en Astral. Ligera como una nube, me sentí empujada pasando sobre carre-teras costeras y moviéndome hacia el interior. Más y más al interior, el gran aeropuerto «Le Bourget». Una larga hilera de erguidos cipreses quietos como centinelas a lo largo de una carretera recta. La aguja de una iglesia medio tapada de niebla y los árboles en el cementerio 1. Flor (Botón de oro). (N. de la T.) 69 llorando bajo la lluvia por aquellos que estaban debajo. Me moví llevada por la corriente como un fantasma, seguí moviéndome y bajé. De repente vi, ya que no se es ciego en el Astral. «En memoria de...» Por un momento no comprendí, luego sí. «Madame Albertine —grité— enterrada aquí.» Se me escapó una lágrima. O sea que había sido la única que me había amado. Ahora se había ido y yo había conseguido la feli-cidad y cariño. Pero entonces pensé que ella se había ido de este malvado mundo y entrado en el amor y la felicidad también. Con un suspiro y una última mirada volví a ascender y seguí mi camino. Debajo mío el portero estaba barriendo un patio detrás de la portería. Un perro atado al muro, gruñó y gimió intranquilo a mi paso. La casa apareció amenazante ante mí, majestuosa, fría con aspecto de pocos amigos, como prohibiendo que se entrase en ella. Madame Diplo-mat salió a la terraza. Instintivamente me volví para correr, pero claro, ella no me vio planeando a la altura de sus hombros. Parecía delgada y cansada. Grandes arrugas de descontento destruían sus facciones. Los lados de su boca se volvían hacia abajo y con delgados labios y apretados orificios nasales, se la veía desde luego amargada. Seguí mi camino, me moví hacia el viejo manzano y me paré en seco aterrada. El árbol había desaparecido, lo habían talado e incluso su base había sido extraída Silenciosamente, dolorosamente planeé alrededor. Movida por un extraño impulso me moví hacia el viejo cober-tizo que había sido mi única casa. Mi corazón casi se paró; los restos de mi amigo el manzano estaban apilados contra un muro como leña para el fuego. Un movimiento de la puerta y ahí estaba Pierre con el hacha levantada. Yo grité y desaparecí del lugar... «Pobre, pobre, Feef», dijo el jefe levantándome en 70 su hombro y echó a andar conmigo. «Has tenido una pesadilla y a la luz del sol. Me asombras, Feef.» Yo tuve un escalofrío y repentinamente sentí gratitud. Volviendo mi cabeza le lamí la oreja. Me llevó a la orilla del agua y se quedó allí de pie conmigo sobre el hombro. «Sé lo que sientes, Feef —dijo él—, yo también he pasado por cosas duras, ¿sabes?» Me acarició la espalda, y volviéndose echó a andar en dirección a los demás. «¿Volvemos? —preguntó—. La vieja abuela Bigotesgrises está cansada.» Yo ronroneé, ronroneé y ronroneé. Era simplemente maravilloso tener a alguien que pensara en mí, que me pudiera hablar. Subimos todos al coche y emprendimos el camino de vuelta a casa. Supongo que soy una vieja gata chalada o algo así, pero tengo unas cuantas fobias. Ni ahora me gustan los coches. El ser ciega tiene algo que ver con ello, pero todavía ahora tengo el temor de que me van a dejar en algún sitio. Miss Ku'ei es serena, una experimentada dama de sociedad a quien nada sor-prende. En todos los momentos es dueña de la situación. Yo, bueno, como digo, soy a veces algo excéntrica. Esto hace todavía más maravilloso el que me quieran tanto. Es una suerte que así sea porque ahora no puedo sopor-tar estar sola. Durante años estuve hambrienta de afecto y ahora quiero todo el que me faltó. Corrimos sobre la montaña de Howth a lo largo de donde las vías de los trenes hacían meandros junto a la carretera, hasta llegar al punto más alto. Luego bajamos al pueblo, giramos a la izquierda antes de llegar a la iglesia, pasada la casa de los O'Grady otra vez a la iz-quierda y llegamos a casa. El querido y viejo señor Loftus, «nuestro policía», estaba mirando por encima del muro. Nunca pasábamos junto a él sin hablarle, por-que el jefe decía que era uno de los mejores hombres de Irlanda o cualquier otro sitio. Yo estaba cansada, con-tenta de llegar a casa. Todo lo que quería era un poco 71 de comida, algo de beber y luego dormir en la cama del jefe con el rumor de las olas adormeciéndome, recordan. do los tiempos en que madre me cantaba hasta que me dormía. Lo último que oí antes de dormirme fue a miss Ku: «Hi, quiero bajar contigo al garaje y guardar el coche». El ruido sordo de una puerta y todo se quedó quieto. Era maravilloso dormir, sabiendo que nadie ven-dría a perseguirme o buscarme para llevarme a un oscuro cobertizo. Sabiendo que se me respetaba como a un ser humano, tenía los mismos derechos que los demás en la casa. Con un suspiro de satisfacción me enrosqué v ronqué un poco más fuerte. «¡Feef! ¡Abuela Bigotesgrises! Sal de esta cama, el jefe quiere meterse.» «Ku'ei, no seas tan mandona. Por supuesto que Fifí puede quedarse en la cama. ¡Va, cá-llate!» El jefe parecía enfadado. Levanté un poco la cabeza para oír mejor, entonces adiviné dónde estaba el suelo y salté. Unas manos suaves, pero firmes, me co-gieron y volvieron a meterme en la cama. «Bueno, Feef, eres tan mala como Ku'ei. Quédate en la cama y hazme compañía.» Me quedé. El lama (perdón, el jefe) era un hombre enfermo, Hacía ya algún tiempo que había tenido tuberculosis (uno de mis bebés había muerto de esto hacía años) y a pesar de que le curaron sus pulmones no se habían quedado igual. Había tenido una trombosis coronaria tres veces y otras cosas también. Como yo, tenía que descansar mucho. A veces durante la noche se paseaba de un lado a otro de la habitación a causa del dolor. Yo paseaba junto a él intentando consolarle. Esas largas horas de la noche cuando estábamos solos eran las peores. Yo dor-mía mucho durante el día para poder estar con él du. rante la noche. Ma dormía en una habitación al otro lado de la casa y miss Ku la cuidaba. Buttercup dormía en una habitación del piso de abajo desde donde podía 72 mirar más allá del mar irlandés y por las mañanas ver el barco de Liverpool dirigiéndose al puerto de Laoghaire. El jefe y yo dormíamos en una habitación que daba a la bahía de Balscadden y al puerto y el mar de Irlanda. Se quedaba echado en la cama durante horas mirando la siempre variada escena con sus poderosos binóculos japoneses. Nuestro gran amigo, Brud Campbell, había extraído el deficiente cristal de origen e insertado uno del más puro cristal plata para que el paisaje no perdiera en nada. Mientras estábamos sentados juntos, él escudriñando el paisaje, me iba diciendo todo lo que veía, poniéndolo en pensamientos-imágenes telepáticas, así que yo podía verlo tan bien como él. El Ojo de Irlanda; me contaba cosas sobre los monjes que muchos años atrás habían intentado construir una pequeña iglesia allí, pero final-mente se habían tenido que rendir a las tormentas que azotaban el lugar. Miss Ku me habló del Ojo de Irlanda también. Había sido lo suficientemente valiente como para ir con el jefe en un bote hasta allí atravesando el mar, para jugar con la arena de la isla. Me contó cosas de los gatos piratas que vivían en la isla y asustaban a los pájaros y los conejos. El jefe no me explicó nada sobre los gatos piratas (quizá no creía que los gatos pudieran caer tan bajo), pero sí me contó cosas sobre los contrabandistas humanos e in-cluso podía nombrarlos. Había bastante contrabando en el distrito y el jefe conocía a casi todo el mundo conec-tado con éste, había tomado muchas fotos con una má-quina telefoto. Ma también hacía fotografías y donde quiera que fuese llevaba una cámara en su bolso. Pero la mayor preocupación de Ma era cuidarnos a todos e intentar que el jefe siguiera viviendo unos cuantos años más. Estaba siempre ocupada. Miss Ku, claro está, lo supervisaba todo 73 y se aseguraba de que nadie hiciera el vago y de tener todos los viajes en coche que quisiera. Buttercup estaba muy ocupada también. Ayudaba en las cosas de la casa y cuidaba al jefe y daba grandes paseos para coger ideas para dibujar y pintar. Es una artista muy hábil, me dicen miss Ku y el jefe. Ésta es la razón por la que le pedí que me ilustrara este librito mío. Y miss Ku dice que lo está haciendo mejor de lo que nadie podría hacerlo. Ojalá pudiera verlos pero nadie puede darme la vista. Siempre metíamos al jefe en cama antes de que le diera un ataque de corazón y entonces venía el señor Loftus a hablar con él. El señor Loftus era un hombre enorme, alto y cuadrado y todos le admiraban inmensa. mente. Miss Ku, que me ha dado permiso para decir que es un flirt, le adoraba. La señor'. O'Grady era otra visita bienvenida, una que llegaba en cualquier momento Una a quien se la aceptaba como a una de la familia. Brud Campbell no venía tan a menudo como hubiéramos deseado, era un hombre muy ocupado, ocupado porque era un trabajador tan bueno, y sus visitas eran dema-siado escasas. Un día estaban hablando de viajes, de viajes aéreos en particular. Miss Ku dijo: «10h! cuando vinimos de Inglaterra (con gritos de alegría) la línea aérea no per. mitía ir a los gatos en el mismo compartimento que los humanos. El jefe dijo: "Bueno, si no quieren a mi gato tampoco me quieren a mí, alquilaremos un avión y nos llevaremos todas nuestras cosas también". —Miss Ku hizo una pausa para crear más efecto dramático y continué—: Así que alquilamos un avión y tenían una botella de oxígeno para el jefe y se enfadó en el aeropuerto de Dublín porque querían ponerle en una silla de ruedas como a un inválido». Me dio como una sensación de calor el pensar que la familia nos tenía tanto en cuenta 74 a miss Ku y a mí, como a cualquier ser humano. En-tonces el jefe se rió de nosotras y nos dijo que éramos un par de gatas criticonas. «Miss Ku —dije yo una mañana—, la señora O'Grady viene mucho por aquí, pero ¿por qué no el señor?» «Querida, querida —replicó miss Ku—, tiene que tra-bajar, se cuida de la electricidad de Irlanda y si no la metiese en los hilos, ¿cómo íbamos a cocinar?» «Pero miss Ku, nosotros utilizamos gas en una cosa de metal y unos hombres traen esas cosas de metal cada tres se-manas.» Miss Ku suspiró exasperada. «Feef —dijo ella, después de respirar hondo para calmarse, como nos había enseñado el jefe—. Feef, la gente ve y para ver nece-sita la electricidad, ¿entiendes? Tú no ves, por eso no lo sabes. Tenemos unas botellas de cristal atadas a unos palos y colgadas del techo. Cuando la gente les echa electricidad nos llega la luz a través de los hilos. Utilizamos electricidad, Feef.» Se volvió medio murmu-rando: «Los gatos me ponen enferma, siempre pregun-tando tonterías». Sin lugar a dudas, utilizábamos electri-cidad. El jefe y Ma tomaban muchas fotos de color y las enseñaban en una pantalla con una lámpara especial. Me gustaba sentarme de espaldas a la lámpara y de cara a la pantalla porque los rayos de la lámpara eran maravillo-samente calientes. No teníamos teléfono en Howth, alguien me dijo que la gente de los teléfonos irlandeses no tenían líneas. No comprendía por qué no ponían más como hacían otros países, pero a mí no me importaba. Usábamos el teléfono de la señora O' Grady, que lo ofrecía muy con-tenta. A Ma le gustaba mucho «Ve O'G», como la llamá-bamos nosotras. Al jefe le gustaba también, pero veía más al señor Loftus. Desde el gran ventanal que daba a la bahía, se podía ver al señor Loftus viniendo por la curva al pie de la alta montaña y luego avanzando pesa- 75 damente por la carretera de Balscadden hasta el final donde iba todo el mundo de picnic. Cuando no estaba de servicio solía venir a hacer una visita y era siempre una visita bien acogida. El jefe estaba en la cama y el señor Loftus se sentaba enfrente de él y de la ventana. Escuchábamos la voz del mundo también. El jefe tenía una poderosa radio de onda corta que transmitía programas de China, Japón, India y de los puestos de Policía y Bomberos de Irlanda. Yo prefería música de Siam o Thailandia o como sea que llamen ahora al pais de mis antepasados. Escuchando la música de Siam yo me quedaba sentada meciéndome suavemente y seguía la melodía con la cabeza. Yo veía con los ojos de mi mente, los templos, los prados y los árboles. Volvía los ojos atrás a toda la historia de mis antepasados. Algunos de nosotros fueron al Tibet (el país del jefe) y allí guardaban los templos y las lamaserías. Como protectores del Tibet, también nosotros fuimos enseñados a ahuyentar a los ladrones y a guardar las joyas y los objetos religiosos. En el Tibet estábamos casi negros a causa del intenso frío. Tal vez no sea un hecho generalmente conocido que mi raza altera el color de acuerdo con la temperatura ambiente. En un país frío, helado, nos volvemos muy oscuros. En los países tropicales somos casi blancos. Nuestros gatitos nacen absolutamente blancos y poco después aparecen las «marcas» características. Del mismo modo que los humanos tienen distintos colores, como blanco, amarillo, marrón y negro, también nosotros. Yo soy un gato con características foca, mientras que miss Ku tiene características marrón chocolate. Su padre, por cierto, fue el soldado campeón de chocolate. Miss Ku tenía un gran pedigree. Mis papeles, por supuesto, se habían perdido. Miss Ku y yo lo discutíamos un día. «Ojalá pudiera enseñarte mis papeles, miss Ku —dije yo—. Me apena pensar que se quedaron en Francia. Me 76 siento, bueno, un poco como desnuda sin ellos.» «Bueno, bueno, Feef —me consoló miss Ku—, no pienses más en ello. Hablaré con el jefe y le pediré que destruya los míos y entonces las dos estaremos sin papeles.» Antes de que pudiera contestarle, se había dado la vuelta y salido de la habitación. La oí bajar las escaleras y diri-girse donde estaba el jefe haciendo algo con un largo tubo de bronce que tenía cristal en ambas puntas. Parece que ponía la cosa encima de un ojo para poder ver mejor más lejos. Poco después, el jefe y miss Ku subieron todavía discutiendo. «Bueno —dijo él—, si así lo quieres. Siempre fuiste una gata alocada.» Se dirigió a un cajón y oí el rozar de papeles y el rascar de una cerilla al frotarla. Me llegó el olor a papel quemado y luego también el sonido de las tenazas al ser removidas las cenizas. Miss Ku vino y me dio un empujón. «Bien —dijo con una son-risa—, ahora deja de preocuparte por tonterías. Al jefe y a Ma les importan un pito estos papeles o pedigrees, nosotros somos sus hijas.» Mi nariz se arrugó y estornudé. Había un olor deli-cioso en el aire, algo que no había oído nunca antes. «¡Feef! ¿Dónde estás, Feef?» Ma me llamaba. Le dije que ya venía mientras saltaba de la cama. Siguiendo mi olfato, conducido por ese maravilloso olor, bajé las esca-leras. «Langosta, Feef —dijo Ma—, pruébala.» Nuestra cocina tenía un suelo de piedra y el jefe nos dijo a miss Ku y a mí que había una historia al efecto, que había un pasadizo bajo las losas que conectaba la cocina con el sótano. Me ponía nerviosa pensar que algún pirata o contrabandista podía empujar las losas desde abajo y yo cayera. Pero Ma me estaba llamando y me llamaba para que probara un nuevo tipo de comida. Siendo una gata siamesa francesa, sentía un interés na-tural por la comida. Ma me pellizcó las orejas con cariño y me llevó al plato de langosta. Miss Ku estaba ya 77 delante del suyo. (Atácalo, Feef —dijo ella—, estás hurgando como una vieja criada irlandesa.» Claro está nunca me importaba lo que me decía miss Ku; tenía el corazón tan bueno como la más pura carne de gambas y me había aceptado a mí, una desconocida, sola y mu-riéndose, en su casa y con alegría. A pesar de toda su severidad, todas sus maneras autocráticas, era una per. sona a la cual si se la conocía se la amaba. La langosta era deliciosa. «Es del Ojo de Irlanda, Feef —dijo miss Ku—, el jefe creyó que nos gustaría como algo especial.» «Oh —repliqué yo—, ¿no la come?» «Nunca, cree que es una porquería. De todos modos si a ti y a mí nos gusta, nos la comprará pata nosotros. ¿Recuerdas esas gambas, Feef?» Desde luego que me acordaba. Cuando el jefe y Ma me trajeron a la casa por primera vez, yo estaba hambrienta, pero dema-siado enferma para comer. «Dale una lata de gambas —dijo el jefe—. Está debilitada por el hambre.» Abrie. ron la lata pero así y todo no quería ni probarlo. El jefe cogió una gamba y me la pasó por los labios. Pensé que nunca había comido nada tan celestial. Antes de que me diera cuenta me había terminado toda la lata, Real. mente sentí vergüenza de mí misma y aún ahora enrojezco cuando pienso en ello. Si miss Ku quiere hacerme enrojecer, me dice: «¿Recuerdas esas gambas, Feef?». «Feef —dijo miss Ku—, el jefe va a llevarnos a dar un paseo en coche. Pasaremos por delante de la casita donde viviste. Bueno, que no te dé un ataque; pasamos.» Miss Ku salió para dirigirse al garaje con el jefe a buscar el coche, un buen Halcón Humber. Yo me quedé con Ma ayudándola a arreglarse, luego bajé abajo para asegurarme de que Buttercup había cerrado la verja lateral del jardín. Entramos en el coche y bajamos la colina, bajo el puente del ferrocarril y hacia Sutton (donde otro viejo amigo, el doctor Chapman vivía). Seguimos tragando muchas 78 millas y a su debido tiempo llegamos a Dublín. Miss Ku ayudaba a conducir al jefe, diciéndole cuándo ir de prisa, si venían coches y por dónde girar. Yo aprendí mucho gracias a ella. Aprendí cosas sobre Dublín. Mientras diri-gía al jefe, «¡Para, para! ¡Cuidado con esa esquina, rápido! ¡No dejes pasar a ese coche!», me iba describiendo lo que veía. «Esto es la estación de Westland Road desde donde salen los trenes. Aquí ve a la derecha, jefe. Sí, Feef, ahora estamos en la calle Nassau. Ve despacio, jefe, le estoy describiendo esto a Feef. Antes vivíamos aquí, Feef, enfrente los terrenos de Trinity College. Jefe, vas tan aprisa que no puedo contárselo a Feef. Esto es el parque de St. Stephen, yo he estado aquí. Los patos hacen cuac-cuac aquí. Cuidado, jefe, con el guardia en esa esquina. Compramos las radios en esta calle, Feef.» Así fuimos siguiendo por las calles de Dublín con miss Ku comentando sin parar. Entonces, dejando las calles y las casas atrás, el jefe apretó algo con el pie y el coche corrió más aprisa al ser más alimentado. Fuimos siguiendo por las carreteras de la ladera de la montaña junto a lo que miss Ku llamó un reservoir, lo que parecía ser un bol de agua para beber los de Dublín. Llegamos a la casita. El coche paró. El jefe miró en mi dirección y viendo lo afectada que estaba, apretó el acelerador. Respiré hondo, aliviada, medio temiendo que a pesar de todo me iban a devolver como una inútil, ciega y vieja gata. Para demostrar mi felicidad ronroneé y lamí la mano de Ma. «¡Por todos los Toms! Feef —dijo miss Ku—. Creímos que te iba a dar un ataque y que morirías en olor de santidad. ¡Agárrate, niña, eres un miembro de la familia!» Jugamos entre el brezo durante un rato. Miss Ku gritando cuántos conejos iba a coger. Entonces vio lo que el jefe dijo que era una oveja, y calló de repente. Yo no podía ver a la extraña criatura, pero en cambio detecté 79 un raro olor ovejuno y la peste de vieja lana. Pronto vol. vimos a subir al coche y salimos corriendo en dirección a casa. Al pasar el faro de Bailey, la sirena de la niebla mugía como una vaca a punto de dar a luz. Un tranvía pasó dando tumbos con sus ruedas haciendo clanquety. clank, clanquety-clank sobre las vías de hierro. «Para en Correos —dijo Ma—. Debería haber unos paquetes ahí.» «Feef —dijo miss Ku mientras esperábamos a Ma—, Feef, un hombre le dijo al jefe que tus dos gatitos están muy bien. Crecen muy bien y tienen rostros negros y colas ahora.» Suspiré contenta. La vida era buena para conmigo. Mis niños eran felices y estaban juntos. Eran los últimos gatitos que jamás tendría y me sentía orgullosa de ellos, orgullosa de que hubieran sido aceptados y de que fueran felices. Capítulo V «¡Ah! Buenos días —dijo Pat el cartero cuando Ma y yo abrimos la puerta después de oír su llamada—. Hay una gran cantidad de cartas para él esta mañana. Por poco me rompo la espalda, de veras, trayéndolas cuesta arriba.» Pat, el cartero, era un viejo amigo nuestro. Son muchas las veces que el jefe le recoge en su coche y le acompaña en sus rondas de cartero, cuando sus piernas ya no pueden más. Pat lo conocía todo y a todo el mundo del distrito y nos enterábamos de muchas cosas por él. Yo solía husmear el dobladillo de sus pantalones para saber si había pasado por la cuesta o a través de las laderas de brezo. Solía saber también cuándo Pat había empinado el codo para mantenerse caliente en sus rondas al anochecer. Ma llevó las cartas dentro y yo me subí a la cama del jefe para ayudarle a leerlas. Había muchas esa maña-na, cartas de Japón, de la India y de amigos de Alemania. Una carta de Dublín. Se oyó el ruido de un sobre al ser rasgado y del papel al ser extraído. «Mm —dijo el jefe—. Los oficiales de impuestos de Irlanda son tan malos como los ingleses. Lo que piden es un puro robo. No tenemos recursos para seguir viviendo en Irlanda.» Se quedó en un silencio lleno de tristeza. Ma revoloteaba junto a la cama. Buttercup subió corriendo las escaleras para ver lo que había en el correo. «Me sorprende —dijo el jefe— que los de los impuestos irlandeses no intenten que gentes como nosotros nos quedemos en el país, en vez de echarnos con sus excesivos y salvajes impuestos. Gastamos mucho aquí, pero la Oficina de Impuestos no está nunca satisfecha, quieren comerse a la gallina y los huevos al mismo tiempo. A nosotros, los escritores, se 81 nos trata más duramente que a nadie, aquí.» Yo asentí con simpatía y empujé mi cabeza contra la pierna del jefe. Quería nacionalizarse irlandés, adoraba a los irlas. deses, a todos menos a los de los impuestos. Este cuerpo, para el jefe era de una peste peor que la de una lata sucia de un gato Tom, eran tan poco razonables, tan ciegos. El jefe sacó una mano y me pellizcó una de mis orejas. «Si no fuera por vosotras, gatas, Feef, iríamos a Tánger o a Holanda o a algún otro sitio donde nos dieran la bienvenida; pero tú eres mi vieja gata abuela y no te molestaría aunque mi vida dependiera de ello.» «Uf, jefe! —repliqué yo—. ¡Mira quién habla! Aguantaré tanto como tú y un poco más. Mi corazón está bien,» «Sí, Feef —contestó él mientras me frotaba mi barbilla y pescuezo—. Tu corazón está bien, eres la gata abuela más buena que ha habido nunca.» Quizá —repliqué yo—tú y yo moriremos al mismo tiempo y entonces no nos separaremos. Me gustaría esto.» Todos estuvimos algo tristes durante el resto del día. Estaba claro que era una pérdida de tiempo intentar vivir en Irlanda si los de los impuestos se lo iban a quedar todo. Ya teníamos bastantes problemas sin éste. Los pe. riodistas estaban siempre merodeando por ahí, a veces mirando la casa a través de binóculos y colgando espejos de unos palos y orientándolos hacia los dormitorios. La Prensa había contado mentiras sobre el jefe y en ningiín momento le habían dejado dar su versión sobre las cosas. El jefe considera a los periodistas como a lo más canalla del mundo, lo sé, se lo he oído decir demasiado a me-nudo. Por lo que me dijo miss Ku, sé que tiene toda la razón. «Voy a casa de la señora O'Grady a telefonear a Brud Campbell —dijo Ma—, creo que alguien ha forzado la cerradura de la puerta trasera y hay que repararla.» «¡Oh! Supongo que fueron esos turistas de Liverpool 82 —replicó el jefe—. Brud me contó que su padre había tenido turistas acampando en su jardín delantero.» Ma salió hacia la carretera y miss Ku llamó desde la cocina diciendo que había una comida muy buena lista para nosotras. Yo bajé y encontré a miss Ku al pie de la escalera. «¡Ah!, estás ahí, Feef —dijo ella—. He conven-cido a Buttercup para que nos diera nuestra comida tem-prano, para que así podamos ir al jardín a ver si las flores crecen bien. Gruñó un poco, pero hizo lo que le dije al final. ¡Ataca!» Yo siempre «atacaba». Me gus-taba la comida y siempre creí en comer para estar fuerte. Ahora pesaba siete libras completas y nunca me había sentido mejor. Encontraba mi camino sin dicultad, tam-bién. El jefe me enseñó cómo hacerlo. «Eres una vieja tonta y despistada, Feef», dijo él. «¿Por qué, jefe?», pregunté yo. «Bueno, eres ciega y así y todo en el Astral puedes ver. ¿Por qué cuando descansas no te colocas en el plano astral para ver si se ha movido alguna cosa? ¿Por qué no das un buen vistazo al lugar? Vosotros los gatos no usáis el cerebro que se os dio.» Cuanto más pensaba en ello más me gustaba la idea, así que cultivé el hábito de viajar al modo astral cuando dormía. Ahora no me doy golpes ni tengo morados, sé el lugar de casi cada cosa. «Ha venido Brud», gritó Ma. Miss Ku y yo estába-mos encantadas, quería decir que ahora podríamos ir al jardín porque el jefe siempre salía y hablaba con Brud Campbell mientras éste trabajaba. Corrimos hacia la puerta y miss Ku le dijo al jefe que debería tomar un tónico, ya que empezaba a andar despacio. «¿Ir despa-cio? —replicó él—; podría cogerte en cualquier mo-mento.» Al principio la situación de la casa me había sor-prendido porque se entraba por el piso de arriba y el piso primero estaba por debajo del nivel de la carre- 83 tera. Miss Ku me lo explicó: «Ves, estamos colgados sobre el lado del acantilado como un grupo de gallinas cluecas. El acantilado desciende por la carretera y hay un muro para impedir que caiga la gente. Bueno, el caso es que esta casa tenía dos pisos hasta que llegamos nosotros y la convetimos en uno». Teníamos sitio de sobra en la casa y el jardín. Había dos jardines, uno a cada lado de la casa. Antes los inquilinos de arriba tenían el jardín de la derecha y los de abajo el de la izquierda. Nosotros los teníamos todos. Había árboles con ramas bajas, pero a mí no me permitían salir nunca sola porque la familia tenía miedo de que me cayera del acantilado o de que me subiera a un árbol y cayera, Claro está, no habría caído de hecho, pero era agradable tener a gente que se preocupara tanto de mí. Buttercup solía sentarse en el jardín tomando el sol, haciendo que su amarillo de encima se volviera más amarillo, como decía miss Ku. Nos gustaba que estuviera en el jardín porque solía olvidarse de nosotras y podíamos explorar más. Una vez fui al lado del acantilado e intenté des. cender. Miss Ku llamó al jefe rápidamente y éste vino y me cogió antes de que pudiera caerme. Teníamos que tener cuidado cuando estábamos en el jardín, todavía por otra razón. Había gente merodeando por ahí para ver si podían fotografiar al lama. Dos coches paraban junto a los muros del jardín y la gente se encaramaba para ver dónde vivía Lobsang Rampa. Una soleada tarde, el jefe miró por la ventana y vio un grupo de mujeres haciendo un pícnic sobre el césped. Se enfadaron mucho cuando él salió y las echó. Muchos residentes en estas carreteras con vistas panorámicas de Howth, tenían ex periencias similares; los turistas creían que podían ir a todas partes, hacer tantos daños como quisieran y dejar sus basuras para que las recogieran los otros. «Feef, acabo de oír al jefe y a Ma hablando», dijo 84 miss Ku. «¿Dónde está Marruecos?» «¿Marruecos? Miss Ku, esto será Tánger, un lugar en el Mediterráneo. A mí me llevó allí madame Diplomat. Casi fuimos a vivir allí. Hace calor, es apestoso e incluso los peces son contrabandistas.» Desde luego que conocía el lugar. Me habían llevado allí en un barco desde Marsella y me había mareado durante todo el viaje. Por aquellos días veía, y los fieros nativos con sus sucias túnicas me ha-bían asustado bastante. Yo esperaba que no fuéramos a Tánger. Miss Ku y yo dormimos toda la tarde. El jefe y Ma se habían ido a Dublín y Buttercup estaba ocupada lim-piando su habitación. Sabíamos que no podríamos salir, así es que dormimos y viajamos un poco en astral. Como todas las mujeres del mundo, ya sean mujeres gatas o mujeres humanas yo tenía mis temores. Vivía con el temor de que algún día me despertaría y me encontra-ría en alguna sofocante y apestosa caja en algún aero-puerto. Claro está, cuando estaba despierta y oía voces, la gente me tocaba y se preocupaban tanto de mí, sabía que lo malo había desde luego pasado, pero cuando se duerme, uno teme las pesadillas. A menudo por las noches el jefe me tomaba en sus brazos y decía: «Venga, venga, Feef, no seas una vieja tonta. Claro que estás en casa y te quedarás con nosotros para el resto de tu vida». Entonces ronroneaba y me sonreía a mí misma y me sentía reasegurada. Entonces me volvía a dormir y volvía a tener una pesadilla. «Feef, ya vuelven, están subiendo la colina.» Miss Ku se dio la vuelta e hizo una carrera conmigo hasta la puerta de entrada. Llegamos allí justo a tiempo, cuando el coche paraba. Miss Ku se metió en el coche para ayu-dar al jefe a guardarlo y comprobar que se cerraba bien el garaje. Luego tuvo que pasearse a lo largo del alto muro para asegurarse de que los caracoles no se estaban 85 comiendo el cemento. Saltó por encima del portillo verde y gritó ante la puerta: «¡Abre, abre! Estamos aquí». En. tonces el jefe llegó junto a ella, abrió la puerta y en. traron. «¿Bueno?», dijo Buttercup cuando estuvimos todos sentados. «¿Cómo te fue?» «Una pérdida de tiempo», dijo el jefe. «Fuimos a la Embajada marroquí, pero el tipo de allí no nos ayudó en nada. No iremos a Tánger,» Se quedaron en silencio y yo ronroneé para mis aden• tros ante el placer de no Marruecos. «Vimos al señor y la señora vet en Dublín —dijo Ma—. Vendrán mañana a tomar el té con nosotros.» Sentí un bajón, el señor veterinario irlandés era un hombre agradable, un hom. bre muy amable y bueno, pero ningún vet, no importa lo bueno que sea, es un héroe para sus pacientes gatos. Miss Ku frunció el ceño. «¡Las orejas, Feef, las orejas! Tendremos que escaparnos mañana o nos limpiarán los oídos.» La familia siguió hablando, discutiendo qué ha. cer, dónde ir. Nosotras salimos de la habitación y baja-mos las escaleras para tomar nuestro té. El señor vet irlandés llegó con la señora vet irlan-desa. Nos gustaba mucho, pero sus ropas olían horri-blemente a entrañas de animales y a medicinas. El señor vet irlandés estaba muy interesado en un gran telescopio que utilizaba el jefe para mirar los barcos en la distan-cía. Miss Ku y yo estábamos escondidas debajo de un sillón que tenía unos volantes alrededor y escuchábamos todo lo que decían. «Fifí está muy bien», dijo el jefe. «Sí, desde luego», dijo el señor vet irlandés. «¿Crees que aguantaría un viaje a Cork o a Belfast?», preguntó el jefe. «Desde luego —respondió el señor vet irlandés—, aguantaría cualquier cosa mientras estuviera segura de que se la quiere. Tiene más salud como mínimo que tú.» «¡Anda, anda! —murmuré yo para mis adentros—. Todo lo que 86 deseo es ser querida y ya lo puedo aguantar todo.» Sa-lieron al jardín y colocaron el gran telescopio. Miss Ku corrió a esconderse detrás del marco de la ventana para poder ver sin ser vista. «Están mirando un barco, Feef —dijo miss Ku; y entonces repentinamente—: Escón-dete, entran!» Se oyó el ruido del frotar de pies en la alfombrilla y entonces entraron. «¿Has visto a las gatas, hoy?», preguntó el jefe. Sólo sus colas desapareciendo por las esquinas», dijo el señor vet irlandés. «Desde luego me siento orgulloso de Feef —siguió—, fue una madre muy buena. He examinado a los gatitos. Están muy bien.» Yo empecé a ronronear de placer. Miss Ku me hizo callar. «Cállate, vieja loca. Nos oirán.» Esa noche el jefe se puso enfermo, más de lo normal. Algo había ido mal dentro suyo. Yo pensé que quizá tenía el mismo problema que yo había tenido y se lo dije a miss Ku. «Feef —replicó ella, medio divertida medio enfadada—, ¿cómo iba a tener el jefe un tumor uterino? Eres todavía más corta de lo que creía, Feef.» Al día siguiente fue a ver al médico especialista ir-landés. Vino un taxi a la puerta y el jefe y Ma se fueron, bajaron la colina, giraron la curva desapareciendo de la vista de miss Ku y hacia Dublín. El tiempo apenas pa-saba. El tiempo iba arrastrándose más y más. Estábamos preocupadas. Finalmente miss Ku percibió el ruido de un coche subiendo pesadamente la colina. Cambiaron las marchas, el coche corrió más, luego aminoró la marcha y paró ante la puerta. Ma y el jefe entraron, el jefe parecía más pálido y más cansado que normalmente y miss Ku me lo susurró rápidamente. Nos movimos a un lado para no estar por enmedio pero el jefe enfermo o no, siempre tenía tiempo y energía para agacharse y hablar a sus «criaturas». Yo noté la falta de vitalidad en sus manos cuando me acariciaba y me sentí enferma del estómago de tan preocupada. Poco a poco fue en- 87 trando en su habitación y se echó en la cama. Esa noche miss Ku y yo nos turnamos para estar despiertas con él. Sí, ya sé que muchos humanos se reirían de esto, pen. sando que los «animales» no tienen sensibilidad, ni razón, ni sentimientos por los otros, pero los humanos son animales también. Miss Ku y yo entendemos todas y cada palabra dicha o pensada. Nosotros entendemos a los humanos, pero los humanos no nos entienden a nos-otros, ni lo intentan prefiriendo tomarnos por «criaturas inferiores», «animales mudos» o algo así. No nos hace. mos la guerra los unos a los otros, ni nosotros animales matamos sin necesidad, sino tan sólo para poder come, No torturamos ni metemos a nuestros compañeros en campos de concentración. Nosotros los gatos siameses tenemos probablemente el coeficiente más alto de inte-ligencia entre todos los animales. Sentimos, amamos y a menudo tenemos miedo, pero nunca odiamos. Los bu-ruanos nunca tienen tiempo de investigar nuestra inteli-gencia, ya que están demasiado ocupados intentando hacer dinero de un modo honesto o deshonesto, según lo que se presente. El jefe nos conoce tan bien como a sí mismo. Puede hablarnos por telepatía tan bien como hablamos miss Ku y yo. Y nosotras podemos (y lo hace-mos) hablar con él. Como dice el jefe, humanos y anima-les podían hablar por telepatía en los viejos tiempos, pero el hombre abusó del privilegio y así perdió el poder. Los animales todavía tienen este poder. Los días se convirtieron en semanas y el jefe no mejoraba. Se hablaba ahora de una clínica, de una opera-ción y todo el tiempo tenía que descansar más y se volvía más pálido. Miss Ku y yo estábamos muy quietas, muy preocupadas y no pedíamos para ir al jardín. Nos do-líamos privadamente e intentábamos esconder nuestros temores al jefe. Una mañana, después de desayunar, cuando yo estaba 88 sentada en la cama con él y miss Ku estaba en la ven-tana diciéndoles a las gaviotas que no hicieran tanto ruido, el jefe se volvió hacia Ma y dijo: «Lee este ar-tículo. Dice las grandes oportunidades que hay en Ca-nadá. Parece que escritores, artistas, doctores, todos son apreciados. Tal vez sea el lugar para nosotros. ¿Qué crees?» Ma cogió el artículo y lo leyó. «Por lo que puedo leer está bien» —dijo ella—, pero no me fío de ninguno de estos artículos. Creí que querías ir a Holan-da. De todos modos no estás suficientemente bien.» «No podemos quedarnos aquí —dijo el jefe—, los de los impuestos irlandeses lo hacen imposible. ¡Shee-lagh!», le gritó a Buttercup. El jefe siempre seguía la costumbre oriental de consultar a toda la familia. «Shee-lagh —preguntó—, ¿qué piensas de Canadá?» Buttercup le miró como si no estuviera del todo bien de la cabeza. Miss Ku trabajaba extra poniéndome al corriente de las cosas que yo no podía ver. «Sí —dijo en un susurro—, Buttercup cree que está tan enfermo que no sabe lo que se dice. ¿Canadá? ¿Canadá? ¡Caramba! Más tarde, durante la mañana, el jefe salió de la cama y se vistió. Yo intuía que no sabía qué hacer. Llamó a miss Ku, me levantó sobre su hombro y salió al jardín. Andaba despacio, bajando por el camino del jardín y se quedó de pie mirando al mar. «Me gustaría quedarme aquí para el resto de mi vida, gatas —dijo él, pero los de los impuestos aquí, hacen unas demandas tan contorsionantes que tenemos que irnos para poder vivir. ¿Os gustaría ir a Canadá?» «Claro, jefe —dijo miss Ku—. Iremos donde tú digas.» «Sí, yo estoy bien para viajar —dije yo—, estoy preparada para ir donde sea, pero tú no estás suficientemente bien.» Esa tarde, el jefe tuvo que ir al especialista irlandés otra vez. Volvió horas más tarde y yo me di cuenta de que las noticias eran malas. Así y todo todavía tuvo una 89 discusión sobre Canadá. «El ministerio canadiense de in. migración pone anuncios en los diarios —dijo él—. Va-mos a pedir detalles. ¿Dónde está la Embajada?» «En 11 plaza Menion», dijo Buttercup. Unos días más tarde cantidades de anuncios llegaron procedentes de los canadienses en Dublín. La familia se pusieron a leerlos todos. «Hacen muchas promesas», dijo el jefe. «Sí, pero este no es más que publicidad», dijo Ma. «¿Por qué no llamamos a la Embajada?», pre-guntó Buttercup. «Sí —replicó el jefe—. Tenemos que estar muy seguros de que admitirán a las gatas, ni lo pensaría un momento si tuvieran que quedarse en cuaren-tena o algo parecido. La cuarentena de todos modos es algo malvado.» El jefe y Ma cogieron el Humber y se marcharon a Dublin. La mañana pasó lentamente, el tiempo siempre parece arrastrarse cuando el futuro es incierto y los seres amados están ausentes. Finalmente volvieron. «Burocra-cia, burocracia —dijo el jefe—. Siempre me sorprende que estos desgraciados funcionarios sean tan desagrada-bles. Me gustaría poner a algunos de estos tipos sobre mis rodillas y darles una paliza en...» «Pero no tienes que hacerles ningún caso —dijo Ma—. No son más que oficinistas que no saben nada.» Miss Ku solapadamente susurró: «El viejo les ganaría a todos. Sus brazos son mucho más fuertes que los de los occidentales y ha tenido que luchar mucho.» « ¡Ja! Me gustaría verle dar-les una buena tunda», suspiró. El jefe era grande, había espacio de sobras para sentarnos juntas sobre él. Casi doscientas treinta libras y todo era músculo y hueso. A mí me gustan las personas grandes, probablemente porque nunca tuve la suficiente comida para permitirme crecer del todo. «Llenamos todos los papeles, nos tomaron nuestras huellas dactilares y todas estas tonterías —dijo el jefe- 90 Mañana os llevaré a verlas. Tú tendrás que ir como nuestra hija adoptiva, si no hay que tener una cierta suma de dinero, alguien que te garantice o alguna otra ton-tería. Los canadienses que he visto hasta ahora parecen infantiles.» «Se te ha olvidado decir que todos tenemos que ir a que nos hagan un examen médico», dijo Ma. «Sí —replicó el jefe—, le pediremos a la señora O'Grady si puede quedarse con las gatas, no las dejaría solas por nada, significan más para mí que todo el Canadá junto.» La comida estaba lista, así que atendimos a esto primero; yo siempre he creído que se pueden discutir las cosas con más calma después de una buena comida. Vivíamos bien, nada era demasiado bueno para nosotras, las gatas. Miss Ku era y es poco comilona, tenía mucho cuidado con su tipo y desde luego era una mujer gata de lo más elegante y bonita. «¡Eh! —gritó el jefe—, la señora O'Grady se acerca por la carretera.» Ma se apresuró a salirle al encuentro y hacerla entrar. Miss Ku y yo bajamos abajo a ver lo que hacía Buttercup, teníamos la esperanza de que estu-viera sentada en el jardín, ya que así nosotras podríamos salir y hacer un poco de jardinería. Yo ya hacía algún tiempo que tenía planeado arrancar las raíces de algunas plantas para asegurarme de que crecían satisfactoriamen-te. A miss Ku le había dado por observar atentamente la casa del señor conejo. Ambas queríamos decirle unas pocas palabras acerca de lo poco amable que era. De todos modos no fue así, Buttercup estaba haciendo algo en su habitación, así es que divagamos por ahí y nos sentamos en la habitación donde guardaban las maletas. A la mañana siguiente hubo mucho trabajo. El jefe nos llevó fuera temprano para que pudiéramos hablar con el señor conejo. Miss Ku descendió como unos doce pies por la parte delantera del acantilado y le gritó su mensaje a través de su puerta. Yo estaba sobre el hom- 91 bro del jefe, no me dejaba bajar, y le gritaba a miss Ku las cosas que yo quería decirle. Estábamos muy enfada. das con el señor conejo. Luego nos hicimos las pezuñas en uno de los árboles. Teníamos que estar bien para cuidar a la señora O'Grady cuando la familia estuviera en Dublín. Cada una de nosotras tomamos un baño en el polvo al final del jardín, restregándolo bien por nues• tro pelo y entonces ya estábamos preparadas para una carrera loca por el jardín. Yo seguía de cerca a miss Ku porque así me guiaba y yo no me daba contra nada Siempre tomábamos el mismo camino así es que yo ya conocía todos los obstáculos. «¡Venga, venid dentro, salvajes!», dijo el jefe. Arras. trando los pies y pretendiendo ser fiero hizo correr a miss Ku tanto como podía para entrar en la casa. Me cogió, me deslizó sobre su hombro y me llevó dentro y cerró la puerta tras él. «¿Aprisa, aprisa!, Feef —gritó miss Ku—. Aquí hay una nueva caja del colmado y está llena de noticias.» El jefe me dejó en el suelo y yo corrí a la caja para poder leer las últimas noticias de la tienda del pueblo. La familia estaba lista para irse. El jefe nos dijo adiós tirándonos de las orejas, y nos rogó que cuidáramos de la señora O'Grady. «Bueno —dijo miss Ku—, estará a salvo con nosotras, ¿tenemos que poner la cadena en la puerta?» Por un momento pensé sugerir que le pi-dieran al señor Loftus que viniese a cuidarla, pero luego decidí que el jefe lo hubiera hecho si lo hubiera creído necesario. La señora O'Grady se instaló y miss Ku dijo: «Venga, Feef, ahora es el momento de hacer algunas de esas faenas que no podemos hacer cuando la familia está aquí». Dio la vuelta y encabezó el camino hacia abajo. Recorrimos todas las habitaciones de la casa para asegurarnos de que el señor conejo no había entrado y robado nada. De vez en cuando miss Ku decía: «Subiré 92 un momento arriba a ver si Ve O'G está bien. Debemos cuidarla». Se iba, dando tumbos por la escalera, haciendo ruido adrede para ver que Ve O'G no se sintiera espiada. Cada vez miss Ku volvía y decía: «Sí, está bien». El tiempo iba arrastrándose poco a poco, peor aún, parecía retro-ceder. «¿Crees que están bien, miss Ku», pregunté por milésima vez. «Claro que están bien, ya he pasado por momentos como éste antes. ¡Claro que están bien!», ex-clamó ella intentando convencerse a sí misma. Sólo por el movimiento nervioso de la punta de su cola, traicio-naba su emoción. «Ya sabes de sobras que tienen que ir al médico, tienen que examinarlos a los tres y luego tienen que ir a un hospital para que les vean por rayos X los pulmones.» Se lamió una mano nerviosamente, mur-murando, tut-tut, tut-tut, mientras se examinaba sus bien cuidadas pezuñas. No podíamos soportar la comida. La comida nunca podía tomar el lugar del amor. Mientras seguía nerviosa, recordé las palabras de mí querida madre: «Bueno, bue-no, Fifí —había dicho—, conserva la calma bajo cual-quier circunstancia. La preocupación nunca resolvió nin-gún problema. Si estás ocupada preocupándote, no tienes tiempo de ver la salida de una dificultad.» «¿Crees que están bien, Feef?», preguntó miss Ku. «Sí, miss Ku —re-pliqué yo—. Estoy segura de que ya están de vuelta.» «Pobre señora O' Grady —dijo miss Ku—. Creo que deberíamos ir arriba y consolarla.» Nos levantamos y nos dirigimos por el corredor, miss Ku en cabeza y yo si-guiendo sus pasos. Juntas subimos las escaleras y segui-mos por el corredor de arriba y entonces estallamos en gritos de júbilo ante la puerta, que se abrió dejando entrar a la familia. El hospital pronto notó las enfermedades del jefe, se dieron en seguida cuenta de que había tenido tubercu-losis y muchas otras cosas. «Escribiré una recomenda- 93 ción para que le permitan ir —dijo el doctor del hos. pital—, ya que con su educación y su habilidad para escribir, sería usted una persona grata para el Canadá.» Pasaron más días y entonces el jefe recibió una carta que decía que podía ir al Canadá si firmaba esto y aquello y se presentaba al Oficial Médico de Sanidad en Canadá El jefe estaba tan enfadado por todas las tonterías buro. cráticas que casi rasgó todos los papeles, desgraciada. mente (creemos ahora), se limitó a firmarlos encogién• dose de hombros. «¿Cómo llevaremos a las gatas allí?», preguntó Ma. «Irán con nosotros en el avión o no iremos ninguno de nosotros. Estoy hasta la coronilla de todas esas reglas tan tontas», dijo el jefe. Durante días preguntaron en distintas lineas aéreas para poder coger una en la que nos permitieran ir con la familia en vez de ir en un oscuro y desagradable portaequipajes. Finalmente una línea Swissair acordó que si el jefe y la familia iban en primera y pagaban los precios del equipaje de miss Ku y yo, podríamos estar en el compartimento de primera clase con ellos a condición de que viajáramos cuando hubiera muchos asientos vacíos. El jefe dejó bien sen-tado que no se separaría de nosotras, así es que pagó las muchas libras que pedían. Luego tuvo otro pensa-miento. íbamos a volar directamente al aeropuerto de Idlewild, Nueva York en vez de Montreal. Si una línea aérea canadiense nos hubiera cogido, hubiéramos hecho el viaje por la ruta más corta, directamente a Canadá pero como Swissair volaba directo a Nueva York no po-díamos escoger. La cuestión ahora era que Swissair nos dejaba ir en el compartimento de los pasajeros, pero ¿y la línea americana que nos llevaría de Nueva York s Detroit? El jefe temía que si no lo arreglaba todo desde aquí acabaríamos quedándonos colgados en Nueva York sin transporte. Llevaba nuestras cosas una agencia de 94 viajes de Dublin, así que el jefe les hizo preguntar definitivamente lo que pasaría con la línea americana y si estaban conformes, reservar y pagar nuestros billetes de primera clase desde Nueva York a Detroit y alquilar un coche que nos llevaría a través de la frontera americano-canadiense hasta Windsor donde íbamos a vivir. El de la agencia lo miró y viendo que la línea de Nueva York estaba de acuerdo en llevarnos en compartimento de pasajeros, pagó todas las cuentas. «Bueno —dijo—, ya no hay nada más de que preocuparse. Ahora tiene que llevar este recibo a la Embajada, demostrarles que tiene suficiente dinero para vivir en Canadá hasta encontrar trabajo y ya está. Gracias por acudir a nosotros. Si quiere volver alguna otra vez estaré muy contento de servirles.» Otra vez el jefe y Ma fueron a la Embajada canadiense y mostraron que todo estaba en orden. «¿Tiene un certificado del veterinario diciendo que las gatas están bien?», preguntó un amargado oficinista. «Sí», dijo el jefe enseñando los papeles pedidos. Ahora, sin nada más de que quejarse, los oficiales tuvieron que darles el permiso necesario para entrar en Canadá como «inmigrante aterrizado», como dice ahora el jefe crudamente, «desde luego que nos aterrizaron». Con los papeles en orden, Ma y el jefe volvieron agotados a Howth. «Bueno, gatas —dijo el jefe—, cuando salgamos tendréis que ir en vuestras cestas, pero tan pronto como volemos podréis salir y sentaras con nosotros. ¿Está claro?» «Está claro, jefe —dijo miss Ku—, querremos salir, no te preocupes.» «Seguro que saldréis; ahora dejad de preocuparos, me habéis costado vuestro peso en oro.» Luego se quedó pensando por un minuto y añadió: «Y os lo merecéis absolutamente». El señor veterinario irlandés conocía a unos humanos ciegos que hacían cestas, así que el jefe hizo que nos hicieran una para cada una, 95 miss Ku y yo. Cada una era del tamaño máximo y tenía-mos mucho espacio libre. El jefe sugirió que usáramos las cestas como dormitorio durante una semana o dos para acostumbrarnos. Así lo hicimos y era divertido. La salud del jefe empeoró. Según todas las leyes del sentido común, hubiéramos tenido que desistir del viaje a Canadá. En vez de esto, el jefe fue al especialista irlandés otra vez y le hicieron algo para que pudiera ir aguantando. Tenía que descansar más y más y yo, sa-biendo lo que era estar viejo y enfermo, temía mucho por lo que pudiera ocurrir. El jefe había pasado sufri-mientos y durezas en muchos lugares y ahora se veían los resultados. Miss Ku y yo lo cuidábamos lo mejor que podíamos. «¿Cómo vamos a ir hasta Shannon?», preguntó Bu tercup—. «En el tren irlandés, no —replicó el jefe—. Tendríamos que cambiar en Limmerick y yo no me siento con fuerzas. Tú y Ma tendréis que ir a Dublin y ver si algún garaje puede llevarnos en un minibús o algo parecido.» «Iremos un día antes —dijo Ma—, por-que necesitas un día de descanso antes de emprender el vuelo. Será mejor para las gatas también.» Se fueron a Dublín dejándonos a miss Ku y a mí al cuidado del jefe y vigilando que no saliera de la cama. Mientras espe, rábamos a que Ma y Buttercup volvieran, el jefe nos contó historias de gatos que conooió en el Tibet. «Está todo arreglado —dijo Ma—. Están de acuerdo en llevarnos y tienen un minibús que utilizan para visitas de turistas. El hombre que conducirá suele ir a Shannon a recoger a turistas americanos.» Ahora ya quedaba poco que hacer. El jefe tuvo que ír todavía otra vez al espe. cialista irlandés. Todos nuestros preparativos los hacía-mos muy en secreto porque la Prensa no nos dejaba en paz. Recuerdo poco antes cuando el jefe había estado muy enfermo y fue a ver al especialista por vez primera 96 Tan pronto como el jefe salió de la casa, se le acercó un periodista en el coche y empezó a preguntarle impertinencias. Siempre le sorprendió al jefe que los periodistas creyeran que tenían una especie de derecho divino para hacer preguntas. «Chismosos pagados», les llamaba el jefe y realmente le hubiera gustado tirarlos por el acantilado. «¡Eh, conejo irlandés! —chilló miss Ku, a unos doce pies del lado del acantilado—. Nos vamos, conejo, así que no destroces el jardín durante nuestra ausencia.» El señor conejo irlandés no contestó. Miss Ku se contentó con respirar pesadamente y luego subió corriendo a la cima del acantilado. «Pájaros, pájaros —gritó miss Ku—, vamos a volar como vosotros, vamos a volar más lejos que vosotros.» «Chitón, chitón, miss Ku —la reñí yo—. Se supone que es un secreto. Ahora todos los pájaros y el señor conejo irlandés lo saben.» Miss Ku miró por encima de su hombro y la sentí ponerse rígida. «Fúgate, Feef —exclamó ella—, sígueme. Se acerca el rostro del viejo vet.» Corrimos dentro, atravesamos la cocina y nos metimos en la carbonera. «¡Uf! —tembló míss Ku—, casi puedo sentir un hormigueo en mis oídos sólo de pensar que puedan limpiármelos.» Cautelosamente miss Ku sacó la cabeza por la esquina, vio que la costa estaba libre y se aventuró fuera. Voces, voces arriba de la escalera. «Tranquilizantes —decía el señor vet irlandés—. Dales uno de éstos a cada una antes de subir al avión y descansarán en paz, son tranquilizantes especiales.» Hubo un silencio durante un rato y luego el jefe dijo dudoso: «eLe irán bien a Feef?» «Claro que le irán bien, y a vosotros también», dijo el señor vet irlandés. Se encaminaron a una habitación y ya no oímos más. Ciertamente no íbamos a arriesgar nuestros oídos acercándonos para que nos cogieran. El señor vet irlandés era muy eficiente limpiando oídos. 97 Ya habían enviado las maletas para que fueran en barco. Ropa, libros, equipo fotográfico y una nueva máquina de escribir que había comprado el jefe justo antes de decidir emigrar. Ahora el equipaje que iba a ir con nosotros estaba amontonado en la entrada. No mucho porque no se podía llevar mucho yendo por aire. Miss Ku y yo llevábamos cada una nuestra lata personal de toilette, una gran cantidad de musgo (que utilizábamos en vez de tierra) y una reconfortante cantidad de comida. No pasaríamos hambre. El jefe estaba sentado hablando con la señora O'Grady. El señor Loftus estaba de pie fuera, parecía muy pálido y preocupado. Miss Ku y yo recorrimos la casa que iba a quedar desierta, diciendo adiós a los queridos muebles. Miss Ku saltó a una ven-tana y gritó: «Adiós, señor conejo, adiós, pájaros». «El autobús está aquí», dijo 1\42. Ansiosas manos cogieron las maletas y las colocaron detrás. El señor \ la señora O'Grady intentaban hacer chistes para hacer más ligera la despedida. El querido señor Loftus estaba de pie allí, triste, limpiándose a escondidas los ojos con el revés de la mano. El jefe recorrió la casa despacio para asegurarse de que no nos dejábamos nada y luego con un gesto de cansancio cerró la puerta delantera y sacó la llave entregándosela al señor O'Grady para que la enviara al abogado que iba a ocuparse de la venta de la casa. Después de saludar al señor O'Grady y al señor Loftus otra vez, el jefe se volvió y entró en el autobús La puerta se cerró. Poco a poco el autobús bajó rodando por la colina, alejándonos de la presencia física de los mejores amigos que teníamos en el mundo. Giramos por la curva y empezamos una nueva vida. Capítulo VI El autobús iba rodando a lo largo del puerto, pasó por debajo del viejo puente del tren, apresuró la marcha y pronto dejamos el castillo de Howth detrás. íbamos todos en silencio, el jefe cansado y agotado ya, mirando a la tierra que amaba y que le pesaba dejar. «Si tan sólo los de los impuestos no fueran tan rapaces», pensaba yo. Nos sentamos junto a él en silencio. En Sutton todos miramos hacia la izquierda para decir un silencioso adiós a otro viejo amigo, el doctor Chapman. Seguimos, se-guimos hasta Dublín con el olor de las algas que venía de la boca del río Liffey y las gaviotas que gritaban un triste adiós por encima nuestro. Miss Ku se sentó detrás sobre una rejilla de equipaje desde donde podía ver fuera. «Escucha bien esto, Feef —me llamó. Yo estaba sentada junto al jefe—. Voy a ir dándote un comentario corriente de todas las cosas que no has visto nunca. Esto es Clontarf, estamos pasando por los jardines en este momento.» Había poca charla en el autobús, nadie hablaba aparte de miss Ku. Yo había tenido seis meses de paraíso en Irlanda, seis meses en los que darme cuenta de que se me quería, de que «pertenecía». Ahora nos íbamos, ¿adónde? El autobús siguió rodando sin maniobras bruscas ni saltos ya que la gente de Irlanda son muy corteses y siempre consi-deran los derechos de los otros conductores. Ahora el tráfico se iba volviendo más intenso. A ve-ces parábamos cuando las luces estaban en contra nues-tra. De repente miss Ku dijo: «Estamos pasando Trinity College, Feef, dile adiós». Trinity College, justo enfrente estaba la agencia de viajes que lo había arreglado todo. Hubiéramos deseado poder parar y haberlo cancelado 99 todo. El jefe se agachó, me acarició debajo de la barbilla y me estrechó más cerca suyo. El tráfico fue disminuyen. do al ir llegando a la salida de la ciudad. El conductor apresuró la marcha. «Vamos a Limmerick, Feef —dijo miss Ku—, podría explicarte una..., había una joven gata en Kildare que tenía hierba gatera en el pelo...» «Calla, Ku —dijo el jefe—. ¿Cómo puede nadie pensar, si tú estás munan. rando continuamente?» Durante un rato todo se quedó en silencio, pero miss Ku nunca se quedaba callada mucho tiempo. Sentada erguida, iba haciendo comentarios de todas las cosas interesantes que creía que yo debería saber. Yo soy vieja y he tenido una vida dura. Arreglár-selas sin vista es difícil. El viaje me cansaba, así es que dormí un poco. De repente sentí un cambio en el movimiento y rá-pidamente me erguí. ¿Habíamos llegado? ¿Cuánto había dormido? ¿Qué pasaba? El autobús resbaló hasta parar-se. «No pasa nada, Feef —dijo el jefe—, sólo hemos parado para tomar el té.» «Estamos a mitad de camino de Shannon —anunció el conductor—, siempre paro aquí, sirven muy buenos tés.» «Vosotras dos id dentro —dijo el jefe—. Las gatas y yo nos quedaremos aquí.» «Bueno —dijo Ma—, te traeré el té aquí. Ku'ei y Fifí pueden tomar el suyo al mismo tiempo.» Ma y Buttercup salieron del autobús y yo podía oírlas andar. El clic de una puerta y ya estaban dentro de la tienda. «Un pueblo con mercado —dijo miss Ku— muchos coches aparcados. Un lugar pequeño y tranquilo. La gente parece simpática. Hay una vieja que te está sonriendo, Feef, devuélvele la sonrisa. Está ciega —gritó miss Ku a la vieja—, no puede verte, háblame a mí en cambio.» «¡Oh, claro! —dijo la vieja, acercando su rostro a la ventanilla—, ¡qué bonitas sois! Yo hablaba a la pequeñita. Maravilloso lo que tienen hoy en día.» «Eh, venga, 100 Maw, tienes que preparar el té de Pew o se irá a tomarlo al bar de Schaughnesseys». «Sí, sí, tienes razón, tengo que irme», dijo la vieja mientras se iba arrastrando los pies. «Me gusta su echarpe —dijo miss Ku—. Me gus-taría tenerlo como colcha.» Ma salió trayendo comida y bebida para el jefe. Nos dio nuestra merienda también, pero estábamos dema-siado excitadas para comer mucho. «¿Qué tienes, jefe?», pregunté yo. «Pan con mantequilla y una taza de té», re-plicó él. Me hizo sentir mejor saber que estaba comiendo aunque fuera poco, así que fui y di algunos deshilvana-dos mordiscos a mi merienda, pero ¿cómo va a comer una gata cuando está tan excitada? Pensé en los viajes que había hecho antes, traqueteada en un coche de carre-ras o drogada y medio sofocada en una caja de madera casi sin aire. Ahora iba a viajar en primera y sin separarme de mi familia. Me instalé al lado del jefe y ronroneé un poco. «La vieja Feef lo aguanta muy bien —le dijo a Ma—, creo que se está divirtiendo aunque no lo admita.» «Di algo de mí», gritó miss Ku desde la parte trasera del autobús donde estaba vigilando el equipaje y dirigiendo al conductor. «No sé cómo nos las arreglaríamos sin Ku'ei para cuidarnos y mantener el orden —dijo el jefe pellizcándome una oreja—. «Miss Ku organiza más jaleo que todos los gatos de Kilkenny juntos.» El autobús siguió rodando, tragándose las millas, alejándonos de todo lo que amábamos y conocíamos, ¿para ír adónde? Dejamos el condado de Típperary y entramos en el condado de Limmerick. La oscuridad se cernió sobre nosotros ahora y teníamos que ir más despacio. El viaje era largo, largo, y yo me preguntaba cómo aguantaría el jefe. Miss Ku dijo que se iba poniendo más y más pálido al ir pasando las millas. El tiempo ya no tenía ningún significado, horas y minutos simplemente corrían juntos como si estuviéramos viviendo en la eter- 1 01 nidad. El monótono zumbido del autobús, el rechinar de los neumáticos, las millas haciendo carreras con nosotros pasando debajo de nosotros y cayendo en la nada detrás. Incluso miss Ku se había quedado en silencio. Nadie hablaba ahora, sólo el sonido del autobús y los ruidos de la noche. El tiempo se quedó quieto mientras las millas volaban hacia el anonimato de la oscuridad. Miss Ku saltó sobre sus pies; del más profundo sueño se despertó completamente en un instante, «Feef —llamó—. ¿Estás despierta?» «Sí, miss Ku», repliqué yo. «Unos dedos de luz están barriendo el cielo, sacandc las nubes para los aviones —exclamó ella—. Debemos de estar cerca de Shannon, debemos de estar casi allí.» El autobús siguió zumbando monótonamente, pero ahora había un aire de expectación, la familia se irguió y miró. El conductor dijo: «Cinco minutos más. ¿Quieren la entrada principal? ¿Salen esta noche?» «No —dijo Ma—, descansaremos aquí esta noche y todo mañana, y saldre-mos para Nueva York mañana por la noche.» «Entonces querrán ir al motel _____ dijo el conductor—, hay un sitio muy elegante.» Siguió conduciendo un poco más, giró bruscamente y siguió quizás una media milla por una carretera del aeropuerto antes de pararse ante un edificio. Saliendo del autobús se dirigió a recepción. «No —dijo al volver al autobús—, no les han reservado sitio, tenemos que ir al que está cerca de la entrada, ya sé dónde es.» Tal vez otra media milla antes de parar enfrente de otro edificio. El conductor hizo los trámites y antes de marchar esperó a que llegáramos al edificio que nos correspondía. Llevamos nuestro equipaje dentro o al me-nos las cosas que necesitaríamos para la noche, mientras que el equipaje más pesado se llevó directamente al aero-puerto. «Necesito el tocador de señoras», gritó miss Ku. «Aquí lo tienes», dijo Ma mostrándole la lata especial que había colocado en el cuarto de baño. Cogiéndome 102 suavemente me llevó al cuarto de baño y me dejó tocar cuál era mi lata. Luego, cuando entramos en el dormitorio, nos sentíamos mucho mejor. Como de costumbre la familia tenía una habitación para cada uno. Yo dormí con el jefe, miss Ku durmió con Ma y la pobre Buttercup tuvo que dormir sola. Miss Ku y yo trabajamos duro investigándolo todo y asegurándonos que sabíamos todas las rutas de escape y el lugar exacto de todas las cosas necesarias. Entonces nos volvimos para cenar. Ningún gato debería ser molestado hasta después de haber tenido todas las oportunidades de investigar la habitación. Los gatos tienen que saber siempre exactamente dónde está todo. Nuestra vista es muy distinta de la de los humanos y casi siempre vemos en dos dimensiones en vez de tres. Podemos detener el movimiento, esto sorprendería a los humanos, podemos alterar nuestros ojos así que podemos aumentar el tamaño de un objeto del mismo modo que un humano con un cristal adecuado. Podemos alterar nuestra vista, así es que podemos ver claramente a mucha distancia o ver cosas a un palmo de nuestra nariz. El rojo está más allá de nosotros, se nos muestra como color plateado. La luz azul es para nosotros tan brillante como la luz del sol. El grabado más fino, el insecto más pequeño es claro para nosotros. Los humanos no comprenden nuestros ojos, son instrumentos maravillosos y nos permiten ver incluso luz infrarroja. Pero no mis ojos, ya que soy ciega. Mis ojos, según dicen, parecen ser perfectos, son de un azul violeta y están muy abiertos, pero a pesar de esto no ven nada. Todos dormimos esa noche, sin que nos molestaran los zumbidos de los aviones cuando aterrizaban o despegaban para irse lejos a través del océano. A la mañana siguiente Ma y Buttercup salieron y trajeron desayuno para todos. Nosotras no hicimos nada. Miss Ku sentada 103 en la ventana admiraba los vestidos de las mujeres que iban y venían del aeropuerto. El jefe se vistió y nos llevó a jugar en la hierba fuera del edificio, Yo me aseguré de estar cerca de sus manos. No quería riesgos y per. derme ahora. «Feef —dijo miss Ku—. ¿Es éste el aeropuerto donde viniste al llegar de Francia?» «Sí, miss Ku —re. pliqué yo—, pero entré por la puerta del equipaje, nunca había tenido una experiencia tan feliz como ésta. Desde aquí volamos al aeropuerto de Dublín pero claro yo estaba inconsciente.» «Está bien, vieja gata —dijo miss Ku—, ya te vigilaré y me aseguraré de que hagas lo que tienes que hacer. Yo tengo mucha experiencia en estas cosas.» «Gracias, miss Ku —repliqué yo—. Te agradeceré mucho que me hagas de guía.» Llegó la hora de la comida y Ma nos hizo entrar den. tro porque teníamos que comer y luego descansar. Termi-nada la comida, nos echamos todos, miss Ku y Ma, Buttercup sola y el jefe conmigo. Descansamos mucho ya que no sabíamos lo que podríamos descansar en el avión. A mí me despertaron las caricias del jefe que me decía: «Feef, eres una vieja dormilona, tú y Ku'ei id a correr para abriros el apetito para el té». «¡Venga, Feef! —gritó miss Ku—. No hemos explorado el corre dor, no hay nadie ahora. ;Vamos!» Yo salté de la cama, me rasqué la oreja por un momento mientras pensaba qué camino tomar, y entonces encontré las manos del jefe guiándome hasta la puerta abierta. Miss Ku iba en cabeza e hicimos nuestra investigación científica del corre-dor y analizamos a la gente que había pasado por allí «Vamos a recepción —dijo miss Ku—, podremos prei sumir.» Mucha gente no han visto gatos siameses y debo admitir, a pesar de correr el riesgo de inmodesta, que causamos sensación. Me enorgullecí enormemente cuando la gente pensó que yo era la madre de miss Ku. Dimos la 104 vuelta por la oficina de recepción y luego volvimos a nuestra habitación para dormir otro rato. Todas las luces del aeropuerto brillaban cuando nos levantamos otra vez y cenamos. La oscuridad se fue vol-viendo más profunda y se convirtió en noche. Despacio, recogimos nuestras cosas, salimos a la cálida noche irlan-desa, y atravesando la carretera nos dirigimos al aero-puerto. Los empleados cogieron nuestro equipaje y lo dejaron preparado para la inspección de aduanas. El jefe tenía siempre palabras amabilísimas con los aduaneros irlandeses, nunca había problemas con ellos. Nuestro único problema con oficiales irlandeses fue con los de los impuestos y era precisamente su codicia lo que nos hacía abandonar Irlanda. Un hombre de Swissair muy cortés nos saludó y nos dirigió un par de palabras a miss Ku y a mí. «La Com-pañía desearía que cenaran como invitados nuestros», dijo educadamente a la familia. «No gracias —replicó el jefe—, ya hemos cenado y no dejaríamos a nuestras gatas ni por tan poco rato.» El hombre les dijo que le hiciéra-mos saber si había algo que podía hacer por nosotros y luego se fue dejándonos solos. Ma dijo: «¿Les das los tranquilizantes a los gatos?». «Aún no —dijo el jefe—, y no voy a darle ninguno a Feef, siempre está quieta. Ya veremos cómo estará Ku cuando subamos al avión.» Como soy ciega tengo grandes dificultades cuando intento describir los siguientes sucesos. Miss Ku, después de mucha persuasión y muy incomodada por ello, se ha puesto de acuerdo para escribir las próximas pocas pá-ginas. Bueno allí estábamos sentados como unos desgra-ciados en la entrada principal del aeropuerto de Shannon. Había cantidades de gente allí sentadas como gallinas cluecas. Los niños chillaban hasta romperse la cabeza del mal humor y haciendo que la mía me doliera a causa 105 del bullicio. Algunos tipos yanquis que estaban sentados en una esquina parecían patos rellenos. Creían que eran importantes porque llevaban bolsas que ponían CD con etiquetas para París, de donde venía la vieja gata. El reloj del aeropuerto debía estar oxidado o algo parecido porque el tiempo pasaba muy despacio. Finalmente un tipo vestido todo de azul vino hacia nosotros y casi besó el polvo del suelo mientras nos decía que el vuelo Swiss. air de Shannon al aeropuerto internacional de Nueva York estaba listo. Yo pensé que vaya una tontería, cómo iba a ser el vuelo si todavía estaba en tierra. Intentó agarrar mi cesta pero el jefe y Ma no lo permitieron. El jefe cogió la cesta de la vieja gata y Ma agarró la mía. Buttercup sólo Dios sabe lo que cogió, yo estaba dema. siado ocupada para mirar. Como un grupo de colegiales en domingo, atravesamos la sala principal y salirnos fuera, a la oscuridad, que en realidad no lo era. Lo hu. biera sido pero parecía que todas las luces de Shannon brillasen. Fuera, en la pista, habían todo tipo de luces de colores. Otras luces hacían señales como dedos en el cielo. Entonces miré delante y vi el avión. ¡Jo! Vaya si era grande, más grande que cualquiera de los que había-mos visto en el aeropuerto de Dublín. Me pareció casi tan grande como Howth sobre ruedas. Seguimos andando en fila y nos acercamos más y más al avión, que parecía hacerse más y más grande. En la entrada delantera había como una escalera tapada por los lados para que los hombres en tierra no pudieran ver lo que nosotros gatos podemos ver siempre. Las mujeres quiero decir. El viejo, con la vieja gata en brazos, subió despacio la escalera o escalinata o como quiera que lo llamen. Un bien alimentado comisario de a bordo (¡jo!, si debía de comer bien) se inclinó tanto que casi hizo crak. Una azafata todavía mejor alimentada, vestida de azul marino y cuello blanco nos saludó. No se inclinó, su faja no 106 se lo permitía. Todas las camareras y azafatas llevan fajas; sé esto por un libro que el jefe escribió hace ya tiempo. Bueno, nos colocaron a todos en el compartimento de primera clase y luego se fueron a buscar a los pasajeros de pan y mantequilla para meterlos a bordo. Los colo-caron en la parte de donde procedía el ruido. Se encendió una luz para decir que no debíamos fumar ( e quién oyó jamás de un gato que fumara?), y que debíamos atar nuestros cinturones. Así lo hicimos. El jefe agarró su cesta como si fuera algo precioso. Ma agarró la mía sabiendo que lo era. Una desmesurada gran puerta de metal se cerró ruidosamente y todo el avión tembló como si fuera a romperse en pedazos. De todos modos no ocurrió así, sino que poco a poco se fue movien-do a lo largo de muchas luces. Multitud de gente fuera saludaba con la mano. Vimos sus bocas abiertas al gritar. Parecían como unos peces que habíamos tenido en un recipiente hacía algún tiempo. Seguimos rodando, ha-ciendo un ruido horroroso, entonces cuando ya creía que habíamos conducido hasta América, toda la cosa giró en redondo casi punzando mi oído y el ruido aumentó. Yo chillé para que el piloto parase pero no podía oírme con todo el ruido que estaba haciendo. Hubo una repen-tina sensación de violenta velocidad, tan repentina que casi mezcló mi comida con mi cena, y ya estábamos en el aire. El piloto debía ser inexperto, ya que puso el avión de lado y dio la vuelta al aeropuerto para real-mente asegurarse de que había salido. Vi luces debajo de mí, cientos de ellas, luego vi mucha agua brillando a la luz de la luna. «Eh —le grité—, hay agua ahí debajo, nos ahogaremos si caemos.» Debió de oírme porque puso el avión bien y en seguida puso la cosa en dirección a América. Subimos más y más alto arriba entre las nubes pin-tadas de plata por la luz de la luna, más arriba y más 107 alto todavía. Seguimos más y más rápidamente y más más alto y yo miré hacia fuera por la ventana y vi llamas detrás de las alas. «¡Jolines! —me dije a mí misma—ya que no han conseguido ahogarnos, van a freímos.» Ss lo dije al jefe y me contestó O.K. (esto es americano, para decir que está bien) y que no debía preocuparme Miré un poco más y vi que unos tubos del motor estaban blancos de calientes. Yo también me sentía así. El piloto debió de recoger mis pensamientos porque nos habla desde el techo y en su arenga nos dijo que no nos preocu-páramos, que siempre salían llamas mientras ganábamos altura. La gorda azafata se nos acercó, me perdí lo que dijo porque yo estaba muy alarmada por los crujidos cuando se inclinaba. «Sus ropas no podrán aguantarlo», pensé yo. Una pareja de estúpidos yanquis estaban echados en primera. Aparte de éstos, ¡qué gordos y miedosos eran!, estábamos solos. Subimos a más de treinta mil píes o así, cerca del cielo, y entonces el avión se niveló y seguimos navegando junto a las estrellas. «Voy a darle a Ku una tableta», dijo Ma, deslizándome una sustancia nociva entre los labios antes de que yo o el viejo pudiéramos objetar. Yo guiñé los ojos y tragué. Por un momento no pasó nada, luego sentí un deliciosa ligereza de cabeza que me iba ganando. El deseo de cantar era irresistible. ¡Jo! Desde luego estaba alta. Los viejos se iban enfadando más y más mientras que yo me sentía más y más feliz. Nota especial para los aficionados a los gatos: el viejo preguntó en el zoo de Detroit después y se enteró de que los gatos no se tranquilizan con tranquilizantes. Simplemente nos emborrachan. Un tipo en el zoo de Detroit dijo que había tenido la misma experiencia que el jefe con un gato borracho. Bueno fue divertido mien• tras duró. Bien, ahora supongo que ya he hecho mi parte 108 y le volveré a pasar la tarea a la vieja gata, después de todo ella lo empezó y es su paloma blanca. El avión siguió monótono cubriendo cientos de millas cada hora. Las luces se habían vuelto tenues y finalmen-te se convirtieron en una desmayada luz azul. Miss Ku estaba echada en su cesta, riéndose bajo para sus aden-tros. Risita tras risita se le iba escapando. Al final ya no pude resistirlo más, la curiosidad pudo más que los buenos modos. «Miss Ku —dije yo bajo para no molestar a nadie—, miss Ku, ¿de qué te estás riendo?» «¿Qué? ¿Yo riendo? Oh, sí, ¡ja, ja, ja!» Yo sonreí para mis adentros, miss Ku realmente estaba encendida, como dicen los humanos. Yo sólo había visto una vez antes a un gato en este estado y éste era un Tom que tenía la cos-tumbre de meterse en una bodega de vino y beber las gotas de vino. Ahora miss Ku estaba así. «Feef —rió—, es demasiado bueno para callármelo, Feef, ¿estás escu-chando? ¡Feef!» «Sí, miss Ku —respondí yo—, claro que estoy escuchando, estaré encantada de oír tu cuento.» «Bueno —empezó ella—, pasó justo antes de que tú llegaras a Howth. El jefe es un sacerdote budista o lama, como ya sabes. Estaba un día sentado sobre una roca junto al agua, cuando un monje católico, que estaba de vacaciones con todo un grupo de ellos, se sentó junto al jefe. «Hijo mío —dijo el monje (el jefe era suficiente-mente viejo como para ser su abuelo)—. Hijo mío, no has ido a misa hoy.» «No padre, no he ido», dijo el jefe educadamente. «Debes ir a misa, hijo mío —dijo el joven monje—, prométeme que irás hoy.» «No, padre, no puedo prometerle esto.» «Entonces no eres un buen cristiano, hijo mío», respondió enfadado el joven monje. «No, padre —contestó el jefe humildemente—. Soy un sacerdote budista, un abad de hecho.» Miss Ku paró un momento y rompió a reír. «Feef —dijo finalmente—, Feef, deberías haber visto a ese 109 joven monje, se escapó corriendo como si le persiguiera el diablo.» Finalmente incluso miss Ku se cansó de ha-blar y reír y se quedó dormida. El jefe estaba enfermo cuando yo me desperté; el comandante de a bordo estaba inclinado sobre él, dándole una droga. El jefe es viejo y ha pasado muchas pruebas y enfermedades, en el avión tuvo un ataque de corazón y yo no esperaba que llegara al final del viaje. De todos modos, me dijo a mí antes de salir: «Si tú puedes aguan-tarlo, Feef, yo también. Es un desafío al que te someto», Yo tenía un sentimiento muy especial por el jefe, un sentimiento muy especial porque él y yo podemos hablar juntos tan fácilmente como miss Ku y yo podemos. «¡Jolines! —dijo miss Ku en un tono apesadumbra. do—, ciertamente tengo resaca. Me gustaría darle al viejo vet alguno de sus tranquilizantes para que viese cómo son. ¿Qué saben los veterinarios humanos sobre los gatos después de todo?» «¿Qué hora es, por favor, miss Ku?», pregunté yo. «¿Hora? ¿Eh? ¡Oh! No lo sé, estoy trastornada con la hora, pero bueno, la lucecita azul está apagada y todas las luces están encendidas. Pronto será la hora de show para ellos.» Me di cuenta del entre-chocar de platos y los pequeños ruidos que hace la gente al despertarse. Casi me había acostumbrado a mi ceguera, pero era frustrante no ver lo que pasaba a mi alrededor, no poder ver. Las manos del jefe bajaron para acariciar-me. «Tonta vieja gata —dijo él—, ¿de qué te preocupas ahora? Despierta, es la hora del desayuno y pronto aterri-zaremos.» Una voz en el techo explotó llena de vida. «Abróchen• se los cinturones, por favor, estamos aterrizando en el Aeropuerto Internacional de Nueva York.» Oí el cling de metal y entonces el jefe cogió con firmeza mi cesta. La nariz del avión se inclinó y el sonido del motor cam-bió. Hubo una sensación como de planear, de flotar y 110 entonces el motor puso toda su fuerza. Un golpe y un rechinar de neumáticos. Otro pequeño golpe y el avión rodó por la pista. «Quédense en sus asientos, por favor —dijo la azafata—. Esperen a que el avión esté com-pletamente parado.» Seguirnos rodando con el ocasional rechinar de los frenos cuando el piloto movía el volante y vigilaba la velocidad. Un tirón final y nos quedamos quietos. Los motores disminuyeron su marcha y pararon. Por un momento se oyó sólo el ruido de los pasajeros respirando, entonces un gran golpe vino de fuera, se-guido del rozar de metal contra metal. Una puerta se abrió ruidosamente y entró una racha de viento helado. «Adiós —dijo el comandante de a bordo—, vuelvan a volar con nosotros.» «Adiós —dijo la azafata—. Espe-ramos tenerlos con nosotros otra vez.» Bajamos por la rampa con el jefe que me llevaba, Ma llevando a miss Ku y Buttercup a la cola. Hacía un frío espantoso y no podía entenderlo. «Brr —dijo miss Ku con asco—. Una resaca primero y ahora... nieve.» La familia se apresuró para que no tuviéramos que estar fuera en el frío más de lo necesario. Pronto entramos en un enorme vestíbulo. Miss Ku, que lo sabía todo, dijo que era la Sala de Inmigración y Aduanas y era el edificio más grande de este tipo en el mundo. El jefe sacó todos nuestros papeles y todos pasamos por Inmi-gración y fuimos a la Aduana. «¿Qué lleva usted?», pre-guntó la voz de un hombre. «Nada para declarar —dijo el jefe—, estamos de tránsito a Canadá.» «¿Qué son esos gatos?», preguntó el aduanero. «¡Ohhh! —dijo una aduanera con un suspiro bobo—, ya he visto antes. Pre-cio-sos.» Seguimos nuestro camino, por la diferencia de olor sabía que un hombre de color llevaba nuestras ma-letas, pero el jefe y Ma todavía nos cogían a mí y a miss Ku. En la sala principal el jefe se sentó porque estaba tan enfermo y Ma fue a ver al personal de la compañía 111 aérea americana que nos iban a llevar a Detroit. Tardó mucho en volver. Cuando volvió hervía por lo enfadada que estaba. «Han roto su contrato —dijo ella—. No quieren a los gatos en el compartimento de los pasajeros, dicen que tienen que ir con el equipaje, es algo que tiene que ver con sus reglamentos. Dicen que los de Shannon se equivocaron.» De repente sentí mi edad, me sentí muy vieja. No me sentí capaz de sobrevivir en el compartimento del equipaje, ya había tenido demasiada experiencia en estas cosas y me sorprendía que alguien pudiera pensar que miss Ku lo aguantaría. El jefe dijo: «Si los gatos no pueden ir, nosotros tampoco iremos. Vuelve y diles que armaremos un escándalo y reclamaremos el dinero, ya que se pusieron de acuerdo en llevar a los gatos si pagábamos por adelantado.» Ma volvió a irse y otra vez volvimos a sentarnos esperando. A su debido tiempo Ma volvió y dijo: «Les he dicho que estabas enfermo, nos enviarán a La Guardia en un coche especial. Sugieren que nos instalemos en el motel de allí y que veamos si la compañía aérea cambia de opinión.» Pronto estuvimos en un enorme coche, un inmenso Cadillac que incluso tenía aire acondicionado. «Caramba —dijo Buttercup, mientras deshilvanábamos nuestro camino por el intenso tráfico de las autopistas americanas—, no me gustaría conducir aquí.» «No pasa nada si uno se queda en su propia fila, señora», dijo el conductor. Veinte minutos más tarde paramos ante lo que miss Ku me dijo luego, era el motel más grande que jamás había visto. Entramos todos. «f Hay alguna objeción en tener gatos siameses aquí?», preguntó el jefe. «Son muy bienvenidos», dijo el hombre de recepción, echándonos una buena mirada. «Desde luego son muy bienvenidos», repitió mientras nos asignaba las habitaciones. Parecía 112 que nos estaban llevando por millas de corredor antes de llegar a nuestras habitaciones. «¡El tocador de señoras, corriendo!», chilló miss Ku. Yo le estaba agradecida por haberlo dicho. Sacaron las necesarias facilidades rápidamente y contribuyeron en gran manera a nuestra comodidad y paz mental. «Comida», dijo Ma. «Prepara la de las gatas pri-mero», replicó el jefe. Nuestra rutina estaba muy alte-rada, pero así y todo creímos que podríamos comer. Vagamos alrededor, mirando en las tres habitaciones que habíamos tomado e investigamos con mucha cautela en el pasillo. «Desde aquí se ve el aeropuerto —dijo miss Ku—. Esto debe de ser La Guardia.» Ma se levantó. «Bueno —dijo—, voy a ir a ver a los de la compañía aérea, a ver qué puede hacerse.» La puerta se cerró tras ella y miss Ku y yo nos sentamos a cuidar al jefe. El viaje había sido demasiado para él y estaba echado cuan largo era sobre la cama. Buttercup entró. «¿Cómo iremos a Windsor si la compañía aérea no nos lleva?», preguntó ella. «No sé, quizás en tren —dijo el jefe—. Podríamos tener un saloncito en el tren y las gatas estarían con nosotros.» Yo estaba echando un sueñecillo cuando Ma volvió. «No nos llevarán si los gatos no van en el com-partimento del equipaje», dijo ella. «No —replicó el jefe—. Encontraremos alguna otra solución.» Reinó el silencio por un rato. Miss Ku y yo nos quedamos senta-das, juntas, ambas temiendo tener que ír con el equipaje, después de todo no podíamos quedarnos mucho tiempo en el motel, los precios eran increíbles. «Lo único que sugirieron fue un aerotaxi», dijo Ma. «Bueno —replicó el jefe—. Nos devolverán el dinero de los billetes de La Guardia a Detroit, ya que la com-pañía aérea rompió el contrato. Esto reducirá el coste. ¿Dijeron lo que costaría volar todos de aquí al Canadá?» Ma le dijo lo que ellos habían estimado que podría cos- 113 tar y él casi se desmayó del susto. Lo mismo miss Ku y yo. Entonces dijo: «Reserva el avión para mañana por la mañana, pero debe ser lo suficiente grande como para llevar a las gatas con nosotros». Ma asintió y volvió a salir. Miss Ku y yo hicimos ejercicio haciendo carreras alrededor de la habitación. Como eran habitaciones des-conocidas, miss Ku me dijo dónde estaba todo y corría delante de mí, yo la seguía de cerca. Nos las arreglamos para divertirnos de verdad y entretener al jefe al mismo tiempo; le gustaba mucho vernos jugar y saltar al aire. Cuando nos cansamos, miss Ku me condujo a una ven-tana y me contó cosas sobre las altas torres de Manhat-tan entre las cuales el jefe había vivido y trabajado años atrás. Ma volvió y nos dijo que todo estaba arreglado y que estaríamos en Windsor, Canadá, mañana a esta hora. Luego nos pusimos a tomar el té, después de lo cual nos sentamos y pensamos en la nueva tierra donde íbamos a vivir. La oscuridad llegó pronto y todos fuimos a nues-tras camas para descansar lo máximo posible; el viaje desde Howth había sido incluso más cansado de lo que habíamos anticipado. Era un motel bastante agradable pero muy caro, estando tan cerca del aeropuerto y de Nueva York, pero el jefe no hubiera podido aguantar el viaje sin descansar. Por la mañana tomamos nuestros desayunos y nos despedimos del encargado de recepción, le gustábamos bastante miss Ku y yo, lo cual, me dijo miss Ku, demostraba sentido común por su parte. Debido a que el jefe estaba enfermo y teníamos mucho equipaje, tomamos un coche del motel para que nos llevara al otro lado de la carretera hasta la compañía de aerotaxis. Un hombre de color, muy agradable, se desvivía considera-blemente asegurándose de que nos dejaba en la oficina correcta y nos dejó lo más cerca posible. «Esperaré aquí, 114 señor —le dijo al jefe— hasta que vea que lo tienen todo arreglado.» Nos dirigimos a la oficina y primero nadie parecía saber nada sobre nosotros. Entonces una tenue lucecita pareció brillar en la mente de uno de los hombres y descolgó el teléfono. «Seguro, seguro —dijo él— el piloto viene hacia aquí, ahora. Esperen aquí.» Esperamos y seguimos esperando. Finalmente un hombre se precipitó furioso en la oficina y dijo: «¿Son ustedes los que van a Canadá?» Dijimos que sí lo éramos, miss Ku y yo añadiendo nuestras voces para dar más énfasis. «O.K. —dijo él—, llevaremos el equipaje a bordo y ¿qué hacemos de las gatas?» «Vienen en el avión con nosotros», dijo el jefe con firmeza. «O.K. —dijo el piloto—. Las dos damas deben sentarse detrás con una cesta cada una en las rodillas.» Encabezó el camino hacia el avión. «jolines! —exclamó Miss Ku con una voz asustada—. No es más que... un juguete! Dos motores. ¡Jolines!», volvió a exclamar con fervor. «No sé cómo vamos a meter el trasero del jefe en este pequeño asiento. Pero —rugió ella—, incluso el piloto se ha afeitado la cabeza para tener más sitio.» Ma y Buttercup escalaron al avión que según miss Ku tenía casi tanto sitio dentro como un coche pequeño, con espacio en los asientos traseros para dos personas normales. Ma está bien encojinada, Buttercup es delgada, así es que hacen dos personas normales. Sentí que todo el avión oscilaba cuando el jefe subió a bordo. Pesaba unas doscientas veinticinco o treinta libras (tal vez hubiera perdido una libra o dos en el viaje) y el avión se inclinaba un poco. El piloto debía de ser el más pequeño del grupo, ya que su peso aparentemente no tuvo ningún efecto. Puso en marcha los dos motores, uno después del otro y los dejó que se calentaran; entonces dejando poco a poco los frenos fue moviéndose despacio. Hici- 115 mos algunas millas por el suelo yendo hasta el otro lado del aeropuerto. Miss Ku me iba poniendo al corriente. «¡Jo! Todos los aviones de América salen de aquí, uno cada minuto por lo menos.» De repente el piloto dejó salir una palabra muy fea y desvió el avión hacia el lado fuera de la pista. «Tenemos un pinchazo —gruñó—. El piloto de esa línea acaba de avisarme por radio.» Detrás nuestro se oía un ruido agudo, que rompía el tímpano, de sirenas y motores de carreras. Toda una cabalgata de coches se desvió de la pista y nos rodeó. «¡Dios, olí Dios! —gritó miss Ku por encima del ruido—. Han hecho venir a la Guardia Nacional.» Sacó los ojos cautelosamente por la parte baja de la ventana con las orejas llanas para que no la viesen, «Polis, muchos polis aquí abajo, los bomberos y un coche lleno de oficiales de aeropuerto y tienen también una camioneta de reparaciones». «¡Jolines! ¡Por Dios! —exclamó el jefe—. Qué espantoso jaleo por un pobre y pequeño neumático reventado.» Los hombres corrían por todos lados, las sirenas emitían sus últimos silbidos moribundos y se oía el sonido de los motores de la camioneta mezclados con los de los aviones corriendo antes de despegar. Repentinos golpes pesados y movimientos debajo de nosotros y levantaron el avión unos palmos para poder remover la rueda. Los coches se alejaron corriendo y entonces la camioneta se alejó llevándose nuestra ofensiva rueda. Nos sentamos cómodamente a esperar. Esperamos una hora, dos horas «Podríamos haber ido a Canadá andando en todo este tiempo», dijo el jefe totalmente asqueado. Pausadamente la camioneta de averías volvía por la carretera de servicio evitando la pista. Pausadamente no, lánguidamente, salieron hombres de la camioneta y se acercaron al avión, paseando. Finalmente fijaron la rueda otra vez y la camioneta se fue rápidamente. El piloto volvió a poner el motor en marcha y lo dejó calentar. Habló por micro a 116 la torre de control comunicando que estaba preparado para salir. Finalmente le dieron el permiso y apretó el acelerador, hizo correr al avión por la pista y fácilmente y despacio lo subió al aire. El piloto ganó altura poco a poco, se mantuvo muy por debajo de las rutas de las líneas aéreas, situó el avión al nivel correcto y puso el acelerador a la velocidad normal. Volamos y volamos y volamos pero no parecía que llegáramos a ningún sitio. «¿A qué velocidad vamos, miss Ku?», pregunté yo. Alargó el cuello por encima del hombro del piloto. «Ciento veinticinco, altitud seis mil pies, compás con dirección Noroeste.» Le envidié sus conocimientos, su posibilidad de ver. Yo no podía hacer otra cosa que sentarme, dependiendo de los demás para que me explicaran las cosas. Pensé, sin embargo, en todos los viajes que había hecho encerrada en una caja, inconsciente. Éste era mucho mejor, ahora me trataban mejor que a los humanos, ya que estaba sentada en el regazo de Ma. Capítulo VII «¡Pont, Pom! —dijo miss Ku asomando entre el hombro del piloto y el del jefe—. ¡Pom, Pom, Pom! Necesitaremos un paracaídas, Feef, la aguja de la gaso-lina está tocando el final.» El jefe se volvió al piloto, «¿No funciona la aguja de la gasolina?», preguntó. «No tenemos combustible —dijo el piloto sin darle impor-tancia—, siempre podemos bajar.» Debajo de nuestras pequeñas alas, se extendían las cimas completamente nevadas de las montañas de Allegheny en Pensilvania. Miss Ku hizo que me recorriera un escalofrío de horror de arriba abajo del espinazo al describirme los vacíos entre montes y las cumbres afiladas como hojas de afei-tar que estaban esperándonos para recogernos del cielo. El piloto consultó su mapa y alteró ligeramente nuestra ruta. «10h! Miss Ku —exclamé yo aterrada—. Bajamos.» «Eh, ten la cabeza con calma —replicó miss Ku calma-damente—. Aterrizamos para poner combustible, hay un pequeño aeródromo justo delante de nosotros. Ahora sim-plemente clava tus pezuñas en la cesta y aguántate.» Bum, hizo el avión, bum, bum, volvió a hacer. Nos «Eh, ten la cabeza con calma —replicó miss Ku tranqui lamente—. Aterrizamos para poner combustible, hay un estación de servicio, abrió la puerta de golpe dejando entrar el aire helado. Saltó al suelo y llamó a una mujer que estaba junto a la manguera de la gasolina. «Llénelo», ordenó, mientras corría al más cercano excusado. La mujer se acercó y echó mucha gasolina en las alas, sin ni siquiera mirar en nuestra dirección. El aeródromo es-taba envuelto por la nieve, que cubría edificios y pistas. Miss Ku me describió los numerosos aviones pequeños, trabados al suelo esperando a que sus dueños los dejaran 118 libres para volar. Alrededor del aeródromo la nieve cubría las laderas de la cordillera montañosa esperando a los desprevenidos. El jefe dio unos pasos por la nieve sin su abrigo. «Cuidado —le grité—, vas a pescar un resfriado.» «No seas tonta, Feef —dijo miss Ku— este tiempo helado es como una ola de calor comparado a lo que normalmente el jefe está acostumbrado. En el Tibet, de donde viene él, el frío es tan intenso que incluso las palabras se hielan y caen al suelo.» Los motores volvieron a rugir y avanzamos sobre la sucia nieve de la pista. No había torre de control aquí, en este pequeño lugar, así es que el piloto calentó sus motores, apretó el acelerador y corrió por la blanca pista. Al subir hizo círculos alrededor del pequeño aeródromo hasta que hubo ganado la suficiente altura y entonces se dirigió atravesando las montañas hacia Cleveland. Ahora ya habíamos oído motores en marcha durante tanto tiempo que ya ni los notábamos. Seguimos volando, subiendo y bajando suavemente según las variables corrientes, y continuamos volando mientras anochecía. El humo de Pittsburgh pasó debajo de nuestra ala izquierda, la niebla de Cleveland se distinguía delante de nosotros. «Volaremos por encima de Cleveland —dijo el piloto— y atravesaremos el lago Erie desde Sandusky. Entonces tendremos tres islas debajo en caso de fallos del motor.» El avión siguió monótonamente, con los dos motores cantando la misma monótona canción y el piloto inclinado sobre los controles. Nosotros teníamos los traseros insensibilizados de tanto estar sentados. Yo me moví incómodamente cuando el avión giró repentinamente hacia la derecha. « ¡Por todos los gatos saltarines! —exclamó miss Ku—. Alguien ha volcado la nevera y tirado todos los cubitos de hielo.» Tartamudeó algo molesta y dijo: «No son cubitos de hielo de hecho, a pesar de que lo parece desde esta 119 altura. Todo el lago está helado y hay montones de hielo por todas partes.» «Desde aquí parecen cubitos de hielo que hayan caído», añadió insegura. Debajo de nosotros se amontonaba el hielo y cual-quier claro de agua se helaba inmediatamente. Este, había dicho el piloto, era un invierno excepcionalmente frío y preveían más frío todavía. «La isla de Pelee —dijo el piloto—, estamos exactamente a medio camino a tra-vés del lago. Pasamos sobre Kingsville y hacia "Windsor.» El avión hacía como un silbido ahora, el aire enfriado por el hielo, causaba alguna turbulencia. Yo estaba can-sada y hambrienta y me sentía como si hubiera estado viajando siempre. Luego pensé en el jefe gravemente enfermo y viejo. Si él lo aguantaba yo también podía. Me cuadré de hombros, me senté más firmemente y me sentí mejor. «Cinco minutos y aterrizaremos en el aero-puerto de Windsor», dijo el piloto. «Ohhh! —dijo miss Ku excitada—, ya veo los rascacielos de Detroit.» El tono del motor cambió y el avión pareció estirarse. Un suave rascado sobre la pista cubierta de nieve y ya estábamos abajo, en Canadá. El avión rodó suavemente y giró a la derecha. «Izquierda, Izquierda —dijo el jefe que conocía bien el aeropuerto—. Éste es el aeropuerto que ya no se utiliza, tiene que ir al nuevo.» En ese pre-ciso momento los de la torre de control confirmaron por radio lo que le había dicho el jefe. El piloto hizo rodar su motor derecho para dar la vuelta al avión, siguió moviéndose quizá durante un cuarto de milla, entonces puso los frenos y cortó el contacto de los motores. Durante un momento nos quedamos sentados quietos, sintiendo los músculos tan contraídos que nos pregun-tábamos si podríamos salir de ahí jamás. Miss Ku mur-muró: «Tan blanco como la parte de arriba de un pastel de Navidad. ¿De dónde venía todo el personal?» El piloto empujó una puerta para abrirla y empezó a salir, 120 De repente, ásperamente, retumbó una voz: «¿Para dónde, gente?» El gritar áspero del hombre me sorprendió desagradablemente y me preguntaba en qué especie de lugar estábamos. Ahora sé que todos hablan de esta manera tan ruda aquí. El jefe dice que se piensan que están todavía en el Salvaje Oeste donde la cortesía y la cultura se consideran «cursis». El jefe replicó que éramos inmigrantes y que tenía-mos todos los papeles en orden. El hombre gritó: «No son horas, Inmigración está cerrado», y se volvió en-trando en el edificio. Despacio y con agujetas salimos del avión y nos diri-gimos hacia una puerta que decía: «Aduanas de Canadá». La cruzamos y nos encontramos en una enorme y vacía sala. Yo sabía que era grande y que estaba vacía por los ecos de nuestras pisadas. Seguimos andando hasta llegar a un mostrador. El hombre estaba detrás. «Han llegado demasiado tarde —dijo—, no nos anunciaron su llegada. Ahora no hay ningún oficial de Inmigración, yo no puedo tocar sus cosas hasta que hayan pasado por Inmigración.» «Se lo notificaron —dijo el piloto—. Se lo notificaron de La Guardia, Nueva York, ayer. ¿Y yo qué? Yo tengo que volver, fírmeme este papel, no es más que para decir que me presenté en las Aduanas de Ca-nadá.» El hombre de Aduanas dio un suspiro tal que su uniforme crujió y casi se rompió. «Realmente no debería hacerlo —dijo él—, ya que mi turno acaba dentro de pocos minutos. De todos modos...» Su pluma arañó el papel, el piloto murmuró «gracias» al aduanero y «Adiós, buenas gentes», a nosotros y salió para siempre de nues-tra vida. Los motores de su avión se pusieron en marcha y murieron en la distancia. Una puerta se abrió y se cerró. Unos pesados pasos se acercaban más y más. «Eh! —dijo el aduanero a su relevo—, esta gente dice que son inmigrantes. ¿Qué 121 hacemos? No son horas; bueno es tu problema, ahora se ha terminado mi turno.» Se volvió y sin más se fue El hombre que le había relevado habló en una buena voz irlandesa. «Seguro que los pasaremos. Haré que venga un oficial de Inmigración del Túnel.» Se volvió hacia un teléfono y fue dando una síntesis de nuestra situación y de los problemas que tenía, se volvió a nos. otros y dijo: «Ahora viene un oficial, yo no puedo tocar sus cosas hasta que él les declare Inmigrantes aterrizados. ¿Qué lleva ahí?», preguntó. «Dos gatos siameses —re-plicó el jefe—. Aquí están sus papeles que certifican su buen estado de salud.» El hombre suspiró y volvió al teléfono «...sí, dos gatos siameses. Sí, he visto sus pa-peles, sí, sólo que pensé que quizá querría verlos, ¿no? 0.K». Se volvió hacia nosotros. «Los gatos pueden pasar, ahora tenemos que esperar a que ustedes puedan pasar.» Miss Ku se rió tontamente y me susurró: «Nosotras ya estamos, pero la familia se queda plantada». Esperamos y esperamos. Esperamos tanto tiempo —o así lo creímos— como para poder volver volando de donde vinimos. El aeropuerto era mortalmente aburrido, apenas si se oía un ruido romper el silencio. Yo intuí que el jefe se iba poniendo más y más enfermo. Ma vagaba por ahí impaciente y Buttercup respiraba como si hubiera llegado al límite del agotamiento y sueño. En algún lado se oyó el ruido de una puerta. «Ah —dijo el aduanero— aquí viene.» Sonaban pasos por el pasillo. Se acercaban más y más. «Esta gente dicen ser inmigrantes —dijo el aduanero—. Te he llamado porque no puedo dejarles pasar hasta que los hayas declarado libres. A las gatas ya las ha dejado pasar Sanidad. El oficial de In-migración era un viejo agradable pero no parecía conocer el aeropuerto en absoluto, ni sabía a qué oficina entrar. Iba preguntándole cosas al aduanero. Finalmente dijo: «Vengan por aquí» y se fue hacia una pequeña habita 122 ción lateral. «Antes de poder empezar, tenemos que tener papeles y cosas», murmuró para sí mismo mientras tiraba sin sentido de cajones cerrados. «Esperen aquí —dijo—, tengo que encontrar unas llaves.» Salió y pronto volvió con el aduanero. Juntos fueron probando cajones y puer-tas de armarios, murmurando imprecaciones para sí mis-mos al encontrarlos todos cerrados. Ambos hombres sa-lieron y nosotros nos acomodamos para otra larga es-pera. «Las tenemos, ya tenemos las llaves —dijo el hombre de Inmigración con aire de triunfo, ahora no tardare-mos.» Durante unos minutos fue probando llave tras llave volviéndose más y más pesimista. Ninguna entraba. Salió corriendo para solicitar la ayuda del aduanero. juntos avanzaron hasta el ofensivo escritorio. «Tú le-vantas —dijo el de Inmigración— y yo empujaré hacia abajo, si podemos meter esto en medio, lo forzaremos.» El ruido de gemidos y gruñidos casi nos envió a dormir, luego el ruido de astillas y el sonido de un clavo o dos de la cerradura que caía al suelo. Por un momento nadie habló; entonces el hombre de Inmigración dijo con una voz estrangulada: «El escritorio... está vacío». Él y el aduanero siguieron dando vueltas por ahí, haciendo experimentos metiendo y tirando de escritorios y armarios. Mucho más tarde el de Inmigración dijo: «¡Ah, ya lo tengo!». Se oyó el crujir de papeles e impre-caciones murmuradas, entonces una voz tapada dijo: «Ahora tenemos los papeles que hay que llenar, ¿dónde están los sellos?». Más búsquedas, más imprecaciones, más espera. Miss Ku y yo echamos un sueñecillo y nos despertamos al sentir que cogían nuestras cestas. «Ahora vuelvan a Aduanas, por donde entraron», dijo el hombre de Inmigración. Volvimos a la sala. «¿Todo claro?», dijo el oficial de Aduanas, inspeccionando nuestros pape-les que ahora decían, «Inmigrantes aterrizados». Con 123 aire cansado el jefe cogió las maletas y las puso sobre el mostrador y las abrió para la inspección. Metódica. mente el aduanero repasó nuestra lista de maletas y miró nuestros efectos. «Bueno —dijo—, pueden irse.» Fuera del aeropuerto se extendía la nieve espesa, «el invierno más frío desde hacía tiempo», nos dijo un em-pleado de limpieza del aeropuerto. Rápidamente pusieron nuestras maletas dentro de un coche que esperaba. Ma, Buttercup, miss Ku y yo nos instalamos detrás. El jefe se sentó delante con el conductor. Arrancamos por la resbaladiza carretera. El conductor no parecía en abso-luto seguro del camino e iba murmurando para sus adentros: «Giramos aquí, no, todavía no, no debe de ser aquí». El trayecto fue incómodo y muy largo. A nosotros nos parecía lo suficientemente lejos como para haber ido volando. Saltamos por una carretera terriblemente mala y casi volcamos al parar. «Aquí es —dijo el conductor—, ésta es la casa.» Salimos y llevamos las maletas dentro. Miss Ku y yo estábamos demasiado cansadas para hacer una verdadera inspección, así que deambulamos un poco intentando notar las cosas más importantes. El jefe me subió a su cama y caí profundamente dormida. Al llegar la mañana, miss Ku vino y me despertó diciendo: «Venga, vieja perezosa. Tenemos trabajo que hacer, ahora anda detrás mío y te lo iré indicando todo». Yo salté de la cama y me rasqué bien para despertarme. Entonces seguí a miss Ku. «Aquí es donde comemos —dijo— y ésta es la estación de necesidades. Aquí hay una pared contra la que te romperías el cerebro si lo tu-vieras. Bien, recuerda su posición porque no lo repetiré.» Siguió: «Aquí hay una puerta, lleva a un pequeño jar-dín con un garaje al final y la carretera está después». Me llevó por toda la casa y saltó a la repisa de una ventana en la habitación del jefe. «¡Eh, Feef! —ex-clamó—. Hay un porche para tomar el sol y luego un 124 gran césped y detrás de éste el mar. El mar está helado.» «No seas tan tonta, Ku», dijo el jefe, levantándome sobre su hombro. «Ven, Ku», gritó yendo hacia la otra puerta. La abrió llevándome y miss Ku pasó corriendo para lle-gar al jardín la primera. «Esto no es el mar —dijo el jefe—. Es el lago de Saint Clair y cuando el tiempo sea más caluroso podréis salir las dos y jugar sobre la hierba.» Era un tipo de casa extraña, una rejilla en el techo de cada habitación de abajo, hacía que pasara aire ca-liente a la habitación superior. Miss Ku adoraba sen-tarse en un dormitorio arriba sobre la rejilla, y mirar lo que pasaba abajo en la cocina. Le llegaba calor extra de los hornos de la cocina y también disfrutaba de la gran atracción de saber todo lo que pasaba en la cocina, co-nocer los comerciantes que llegaban a la puerta y lo que se decía en la habitación del jefe. Pocos días después de llegar a Canadá fue Navidad. Desde luego era tranquilo, no conocíamos a nadie y du-rante todo lo que para los otros eran las festividades, no vimos a nadie ni hablamos con nadie. El tiempo era muy frío, constantemente nevaba y la superficie del lago era una sólida sábana de hielo sobre la cual corrían unos yates para el hielo. Yo pensé en otros años y otras navidades. Madame Diplomat había sido una fervorosa católica, y «Noél» significaba mucho para ella. La última Navidad. que recuerdo, me habían encerrado en ese os-curo cobertizo y todo el día siguiente también. A causa de las celebraciones se habían olvidado de mí. Esta Na-vidad fue realmente la más feliz de mi vida, ya que podía pensar en los años pasados y saber que ahora me querían realmente y saber que ya nunca más estaría sola u olvidada o hambrienta. Durante mi época con madame Diplomat procuraba esconderme lo más posible. Ahora si no me ven durante unos minutos, alguien dice: 125 «¿Dónde está Feef? ¿Está bien?» y se organiza en se-guida una búsqueda. Ahora he aprendido que me quieren, así que me quedo a la vista, o aviso mi presencia tan pronto como oigo mencionar mi nombre. La comida también es regular. El jefe dice que como una comida du-rante todo el día. No cree en alimentar a los animales sólo una vez al día. Cree que tenemos el suficiente sen-tido común para saber cuando hemos comido bastante, En consecuencia miss Ku y yo siempre tenemos comida a mano, día y noche. La Navidad pasó y sentíamos lo remota que estaba nuestra casa de las tiendas. Ningún autobús pasaba por delante de nuestra puerta y la ciudad estaba a unas quince millas. La única manera de ir a algún sitio era en taxi. Los muchachos de las tiendas venían a nuestra puerta trayendo leche, carne y pan, pero no había posi-bilidad de elección. El jefe decidió comprar un coche. «Primero compraremos uno viejo —dijo—, y cuando nos hayamos acostumbrado a los salvajes conductores canadienses compraremos otro mejor.» Una cosa que impresionó mucho al jefe era la total falta de cortesía en la carretera. Como decía a menudo, los americanas eran los peores conductores del mundo con los canadien-ses siguiéndoles muy de cerca. Como que el jefe ha con-ducido por unos sesenta países debía de saber algo sobre ello. El taxi llegó a la puerta y tocó la bocina. El jefe salió. Miss Ku le gritó: «Compra un buen coche, jefe, no dejes que te estafen». Oí la puerta del taxi cerrarse de golpe y el ruido de un coche al arrancar. «Espero que compre uno bueno —dijo miss Ku—. Adoro ir en coche, simplemente no puedo esperar a ir en él sólo de vez en cuando.» Era absolutamente cierto, miss Ku iría en coche a cualquier lado en cualquier momento, le gustaba la velocidad. A mí no me gusta ir en coche a 126 menos que vayamos a no más de veinte millas por hora. No hay nada divertido en la velocidad cuando se es ciego. Miss Ku prefiere correr por la autopista yendo como mínimo a la velocidad máxima autorizada por la ley. La mañana pasó lentamente, nosotras nos poníamos ner-viosas sin el jefe y Ma. Las orejas de miss Ku se erizaron. «Llegan, Feef», dijo ella. Yo escuché y entonces oí. Desgraciadamente era un taxi lo que volvía. Buttercup bajó de prisa las escaleras y corrió hacia la puerta. Miss Ku saltó a la repisa de la ventana y dejó salir una ex-clamación de disgusto. «Han vuelto en taxi, no han comprado el coche», dijo con irritación. Buttercup abrió la puerta. «¿Bueno? ¿Cómo os fue?», preguntó. Miss Ku gritó: «¡Aprisa! ¡Aprisa! Con-tad, decid algo. ¿Qué pasó?» «Bueno —dijo el jefe—, vimos un coche que parecía ser lo que buscábamos. Es un viejo Monarca. Van a enviarlo aquí para que poda-mos probarlo durante un día, si nos gusta lo pagamos y nos lo quedamos.» Miss Ku se volvió y corrió escaleras arriba moviendo la cola de alegría. «Subiré y miraré desde la ventana del baño», gritó. El jefe y Ma nos contaron a Buttercup y a mí todo lo que había ocurrido. íbamos a tomar una taza de té cuando miss Ku gritó: «Vienen dos coches, ¡yupi!». Yo podía oírla haciendo una pequeña danza de alegría en la habitación de en-cima. El jefe y Ma salieron fuera y a miss Ku le dio fiebre de impaciencia, corría en redondo como una gata a quien acaban de quitar sus gatitos. «¡Caramba, caramba —respiraba—, ¿qué deben de estar haciendo?» Buttercup tampoco podía soportar el suspense. Se puso su abrigo más gordo y salió fuera. Miss Ku emitió un aullido que atravesaba el tímpano. «Desde aquí lo veo, Feef. Es verde y tan grande como un autobús.» La familia entró justo a tiempo de salvar a miss Ku de estallar de excita-ción. El jefe la miró, luego la cogió y dijo: «¿Así que 127 quieres ver el coche, eh? ¿Quieres venir, Feef?» «No, gracias —dije yo—, dejadme aquí, en lugar seguro.» El jefe llevando a miss Ku y Buttercup bien abrigada, salieron al aire frío. Oí el ruido de un motor. Ma me acarició la cabeza: «Ahora podremos ir a sitios, Feef». Media hora más tarde volvieron. Miss Ku hervía de excitación. «Maravilloso. Maravilloso», me gritó. «Fui a Tecumseh.» «Miss Ku —dije yo—. Te dará un ataque si sigues así. ¿Por qué no te sientas aquí y me lo cuen-tas todo? No puedo seguirte cuando tartamudeas de tan excitada.» Por un momento creí que iba a enfadarse, luego cruzó la habitación y se sentó sobre el radiador. Cruzando sus manos primorosamente dijo: «Bueno, fue así, Feef. El viejo me llevó fuera y me puso en el asiento de atrás. Él se metió en el asiento del volante y había sitio de sobras para él, ya sabes cuánto sitio ocupa. Buttercup se sentó en el asiento delantero de pasajeros y el jefe puso el contacto. Oh, tengo que decirte esto, el coche es verde y es automático, lo que quiera que esto signifique, y hay sitio para todos nosotros y dos más. El jefe condujo despacio, se atiene demasiado a la ley, se lo dije, y él dijo que esperara a que hubiera pagado el coche. Van a ir allí esta tarde a pagar el dinero y as1 podremos correr. Así que fuimos a Tecumseh y volvimos, y aquí estamos». Hizo una pausa mientras se peinaba la punta de su cola y dijo: «Deberías verlo, Feef. ¡Oh! Olvidé que eres ciega, bueno deberías poner el trasero en esos asientos. Tre-men-do». Yo me sonreí para mis adentros, miss Ku estaba realmente emocionada con el coche. Yo estaba emocionada al pensar que ahora el jefe podría salir un poco. «Feef —dijo miss Ku—, el coche está caliente. Podrías freír huevos en él si quisieras.» La comida terminó pronto y entonces el jefe y Ma se prepararon para salir. «No tardaremos —dijo Ma—. 128 Vamos sólo a pagar el coche y a comprar algo de comida. Os llevaremos de paseo en cuanto volvamos.» «Yo no quisiera salir, miss Ku —dije—. No me gustan los co-ches.» «Oh, eres una gata vieja y tonta», dijo miss Ku. Se sentó e hizo a fondo su toilette, orejas, detrás de su cuello, todo el cuerpo y hasta la punta de su cola. «Ten-go que darle una buena impresión al coche nuevo —ex-plicó--, si no le gusto quizá no irá bien.» Sorprendente-mente aprisa Ma y el jefe volvieron. Yo estaba encantada de oír el crujido del papel marrón y así saber que habían traído comida fresca. Una de mis fobias, de los días de hambre, era el terror a quedarme sin comida. Mi sentido común me decía que era un terror absurdo pero las fobias no son fáciles de hacerlas desaparecer. Una fobia incluso mayor era, a pesar de que mi sentido común me decía que no tenía por qué preocuparme, que alguien intentara cogerme por la piel de detrás de mi cuello. Esto es algo tan malvado que voy a escribir unas líneas sobre ello. Después de todo si nosotros, los gatos, no les decimos nuestros problemas a la gente, nadie lo sabrá nunca. Cuando iba a tener gatitos por tercera vez, Pierre, el jardinero francés empleado por madame Diplomat, una vez me cogió repentinamente por la piel trasera del cue-llo. El dolor en los músculos de mi cuello fue sin duda muy grande y mis bebés de pronto cayeron fuera de mí y se mataron sobre el camino de piedra. El shock tan repentino me causó daños internos. Llamaron al señor veterinario y tuvo que empaquetar una parte de mí con algo para comprimir la sangre. «Me has perdido cinco gatitos, Pierre —dijo madame Diplomat enfadada—. De-bería descontarlo de tu sueldo.» «Pero, madame —dijo Pierre con la voz entrecortada—, tuve mucho cuidado, la cogí por el cuello, debe de ser una criatura muy en-fermiza, siempre tiene algo.» El señor veterinario estaba 129 rojo de ira. «Están arruinando a esta gata —gritó—Los gatos adultos no deben cogerse nunca por la piel del cuello, sólo los tontos tratarían así a animales caros,» Madame Diplomat estaba furiosa por la pérdida de di. mero que había causado la muerte de mis gatitos, pero estaba algo sorprendida. «Pero señor —dijo—, las nim dres gatas llevan a sus gatitos por el cuello, ¿qué hay de malo en ello?» «Sí, sí, madame —replicó el señor veterinario—, pero las gatas madres llevan así a sus gatitos cuando no tienen más que días. Cuando no tienen más que unos días son tan ligeros que no les causa ningún daño. Los gatos adultos deberían cogerse siempre de modo que el peso lo lleve el pecho y las patas traseras, Si no se puede dañar internamente a un gato.» Yo soy una vieja gata tonta, pero tengo miedo de que me coja alguien que no sea de mi familia. El jefe, no dejará que me coja ningún desconocido, de todos modos, así es que ¿por qué me preocupo? Él me coge mejor que nadie y lo hace del modo correcto. Pone su mano izquierda debajo de mi pecho, entre mis patas delanteras donde se juntan con el cuerpo. Su mano derecha soporta o bien la parte de delante de mis múscu-los o si no deja que apoye las patas traseras sobre su mano derecha. Cuando se aguanta a un gato nervioso o desconocido, deberían tener siempre la mano derecha aguantado la parte de delante de los muslos, entonces el gato no puede escaparse o dar patadas y es la forma menos dolorosa de coger a los gatos. Hay gente que le ha dicho el jefe: « ¡Oh!, yo siempre los cojo por el cuello, como dicen algunos libros sobre gatos». Bueno, no importa lo que digan «algunos libros sobre gatos», nosotros los gatos sabemos lo que preferimos, y ahora ustedes lo saben también. Así que, por favor, si ama a los gatos, si no quiere hacernos daño o injuriarnos, cójanlos como lo hemos descrito antes. ¿Cómo le gustaría 130 a usted que le cogieran? ¿Por su cuello? ¿O su pelo? Nosotros lo odiamos. Ni tampoco nos gusta que nos hablen pusy-pusy. Entendemos cualquier lengua si la persona piensa lo que está diciendo. El habla de bebé nos irrita y nos hace totalmente incooperativos. Tenemos cerebro y sabemos cómo utilizarlo. Una de las cosas que nos sorprende de los humanos es que estén tan seguros de que no somos más que «animales mudos», tan seguros de que no hay otra vida y modo de sentir que la humana, tan seguros de que no puede haber vida en otro mundo, ya que los humanos creen firmemente que son lo más alto de la evolución. Déjenme decir algo. No hablamos inglés, ni francés ni chino, por lo menos no el sonido, pero entendemos estas lenguas. Conversamos a través del pensamiento. También así lo hacían los humanos antes..., sí, antes de que traicionaran al mundo de los animales y perdieran así el poder de conversar por pensamiento. Nosotros no usamos la «razón» (como tal) no tenemos lóbulos frontales. Sabemos por intuición. Las respuestas nos llegan sin que nosotros tengamos que desenmarañar los problemas. Los humanos utilizan un «número». Nosotros los gatos cuando sabemos el número del gato a quien deseamos hablar, podemos enviar nuestros mensajes a cientos de millas de distancia por telepatía. Pocas veces los humanos pueden entender nuestros mensajes telepáticos. Ma, algunas veces, el jefe, siempre. Bueno, como miss Ku me ha recordado, esto está muy lejos de hablar de nuestro primer coche de Canadá. Pero yo sigo diciendo todavía, con todo el respeto a miss Ku, que es bueno dar la opinión de una gata sobre la mejor manera de coger y de tratar a un gato. A la mañana siguiente el cartero trajo cartas, montones de cartas. El jefe miró los sobres y yo oí el papel al ser rasgado. Se oyó crujir al sacar el jefe una carta 131 del sobre, luego un silencio por un momento mientras la leía. «¡Oh! —dijo—, estos canadienses son salvajes Aquí hay una carta del Ministerio de Sanidad diciéndome que si no me presento a partir de ahora pueden depor. tarme.» Ma cogió la carta y la leyó ella misma. «La primera vez que te han escrito, me pregunto por qué escriben de esta manera», dijo ella. «No lo sé —replicó el jefe—. Todo lo que sé es que me arrepiento amarga« mente de haber venido a este espantoso país.» Siguió leyendo las cartas. «Aquí hay una de Aduanas, diciendo que nuestras cosas, las enviadas por mar, han llegado y alguien tiene que ir a arreglarlo. Esto es en Oullette.» «Yo iré», dijo Ma saliendo para prepararse. Ma volvió justo a tiempo para la comida. «No sé por qué estos oficiales canadienses son tan desagrada-bles —dijo al entrar—. Intentaron poner dificultades a causa de las máquinas de escribir. Dicen que si querías una máquina de escribir tenías que haberla comprado en Canadá. Les dije que la compramos antes de ni si-quiera pensar en venir a este país. Ya está todo arre-glado ahora, pero fue muy desagradable.» Se sentó y co-mimos. «¿Quién quiere ir en coche?», preguntó el jefe. «Yo», gritó miss Ku corriendo hacia la puerta. «Yo me quedaré en casa y haré compañía a Fifí», dijo Ma. El jefe, miss Ku y Buttercup salieron fuera y oí cómo se abría la puerta del garaje y el coche al arrancar. «Ahí van, Feef —dijo Ma, haciendo correr su mano arriba y abajo de mi espinazo—. Van a visitar Windsor,» Hicimos cosas por la casa, ayudé a Ma a hacer las camas, yo corría arriba y abajo de las sábanas y quedaban muy bien planchadas. Tuvimos que atender a vendedores que llamaron a la puerta, el panadero y el lechero y alguien que vino a preguntar el nombre del propietario. Los coches corrían fuera, nunca he podido comprender por qué la gente va y viene tanto. 132 Al cabo de una hora aproximadamente, el jefe volvió. Buttercup llevaba en brazos a miss Ku para que sus pies no se enfriaran en la nieve. El jefe cerró el garaje y entró a tomar el té. «No es bonito como Dublín, Feef —dijo miss Ku—. Windsor es una ciudad muy pequeña y todos los hombres parecen fumar puros fuertes y dicen weal 1 guess.' Bajamos por una calle y yo creí que había grandes rascacielos. Cuando llegamos al final vi el río y los grandes edificios estaban en Detroit.» «Un hombre ha traído nuestras maletas de la Aduana», dijo Ma. Poco a poco entramos las maletas. Maletas de ropa, cajas de libros, un magnetófono y la gran máquina de escribir eléctrica. Durante todo el resto de la tarde estuvimos ocupados desempaquetando. Miss Ku y yo, por nuestra parte, lo examinamos todo y escarbamos ropas y pa-peles. El jefe abrió la gran caja que contenía la má-quina de escribir. «Ganamos mucho tiempo —dijo él—adaptando allí el motor al voltaje canadiense. Ahora podemos empezar otro libro sin perder tiempo.» Se agachó, cogió la máquina del suelo y la colocó sobre la mesa. Después de insertar una hoja de papel y enchufar el cable, se sentó a escribir. La máquina saltaba y se movía. El jefe se iba enfadando más y más. Se levantó, fue a la caja de la electricidad y leyó «115 voltios, 60 ciclos. Volvió a la máquina, le dio la vuelta y leyó, «115 voltios, 50 ciclos». «Rab —llamó—, han puesto un motor que no correspondía a esta máquina. No se puede utilizar.» «Llamaremos a la casa donde la fabri-can —dijo Ma—, tienen una delegación en Windsor. Semanas más tarde vimos que a los de la fábrica no les interesaba, ni nos la querían cambiar, ni venderla. Final-mente el jefe cambió la máquina por una portátil corrien-te de una marca distinta y de otra empresa. Buttercup 1. Modo americanizado de decir «supongo». (N. de la T.) 133 utiliza esa máquina. El jefe utiliza la misma vieja Olympia portátil en la que escribió, El tercer ojo, El médico de Lhasa, e Historia de Rampa y ahora me escribe ni libro. Un día Ma y Buttercup fueron a Windsor a comprar musgo para miss Ku y para mí. Tan pronto como volvie-ron, miss Ku dijo sombríamente: «Huelo algo raro, Feef, recuerda lo que te digo. Buttercup está fuera de sí. Huelo algo raro». Asintió con la cabeza sabiamente y se alejó murmurando bajo su aliento. «Sheelagh ha visto un mono», dijo Ma. El jefe suspiró. «¿Supongo que habrá visto monos antes?», dijo él. «Eh, Feef —me susurró miss Ku corriendo hacia mí—. Ésta es la razón por la que huele de ese modo tan extraño, ha estado cerca de un mono. ¡Por todos los gatos! Una nunca sabe lo que hará esta joven.» «¿Cómo? ¿Te gustaría tener un mono en casa?», Ma preguntó al jefe. « ¡Qué dices! —repli. có---. ¿No vivimos ya con vosotras dos?» «No, en serio —dijo Ma—. Sheelagh quiere un mono.» «Buttercup, oh, Buttercup, ¿qué has hecho ahora?», preguntó miss Ku. «Feef —susurró--, al viejo le ha caído esto como una patada. Un mono. ¿Qué querrá luego?» El jefe estaba sentado en una silla, yo me acerqué a él y froté mi cabeza contra su pierna para demostrarle que simpatizaba con él. Me desordenó el pelo y se volvió a Buttercup. «¿A qué viene esto?», le preguntó. «Bueno —dijo ella—, entramos para comprar el musgo y ahí había ese mono sentado tristemente en una jaula. ¡Es monísimo!, le pedí al hombre que me lo dejara ver y parece que tiene parálisis de estar encerrado demasiado tiempo. Pero pronto se recuperará si lo tenemos aquí», añadió con rapidez. «Bueno, no puedo pararte —dijo el jefe—, si quieres un mono ve por él. Hacen mucha porquería, sín embargo.» «Oh, ven a verlo», dijo But- 134 lamente que sentí crujir sus botones, el jefe se levantó. «Venga, vamos, pues —dijo—, o si no cogeremos el trá-fico de la hora punta.» Buttercup corría alrededor, de ex-citación, fue escaleras arriba y volvió a bajar corriendo. Miss Ku se reía para sus adentros mientras salían. «Ten-drías que ver la cara del jefe», dijo ella. Esto es algo que me gustaría ver, el rostro del jefe. Sé que es calvo, barbudo y grande, miss Ku me describe a la gente y lo hace bien, pero no hay nada que pueda compararse con ver. Nosotras, las personas ciegas, ad-quirimos un «sentido» por eso, hacemos como una es-pecie de imagen mental del aspecto físico de una persona. Podemos tocar el rostro de una persona, olerla, y decir mucho por el tacto de las manos de ésta y por la voz. Pero el color de una persona está más allá de nosotros. Divagamos por ahí, con nuestras mentes medio en la casa y el té que se preparaba y la otra media en el jefe y Buttercup preguntándonos lo que traerían al volver. «Yo he vivido días y días en una jaula de monos, miss Ku», dije yo para conversar. «¿Qué? Bueno, deberían haberte dejado allí, supongo», dijo miss Ku. «Monos, ¿quién quiere monos?», siguió en tono agraviado. Nos sentamos y esperamos. Ma tenía el té preparado y se sentó junto a nosotras y probablemente pensó en monos también. «Voy a subir a mirar por la ventana del baño —dijo miss Ku—, ya os enviaré un cable en cuanto vea algo», añadió mientras se volvía y corría ágilmente por las escaleras. Un chico vino a la puerta trayendo el periódico de la tarde. Ma fue y lo recogió del buzón y entró para echar una ojeada a los titulares. Ni un sonido de miss Ku, instalada sobre la ventana del baño. Es-peramos. Capítulo VIII Se abrió la puerta. El jefe y Buttercup entraron. Por el modo de andar, sabía que llevaban algo pesado o volu-minoso. Miss Ku corrió a mi lado. «¡Uf! ¡Qué peste!», exclamó. Yo arrugué mi nariz. Había un olor acre, un olor como de conejo mojado, malas cloacas o un viejo Tom. «Bueno, gatas —dijo el jefe—, venid a decirle hola al mono.» Puso algo sobre el suelo y ante lo raro de mis impresiones, sentí algo recorrer mi espinazo y mi cola empezó a ponerse como una escoba. «¡Cuidado, Feef! —me advirtió miss Ku—. Tenemos un singular compañero aquí. Está dentro de una gran jaula de loro. ¡Oh! ¡Jo! —exclamó ella desmayadamen. te—. Ha echado un escupinazo.» ¿Crees que podemos sacarle esta cadena? —preguntó Buttercup—. Estoy segura de que no pasaría nada sin ella.» «Sí —dijo el jefe—, deja que le saquemos de la jaula primero.» Se acercó a la jaula y oí el ruido como de una pequeña puerta al ser abierta. De repente, de una manera aplomante empezó la tormenta. Un ruido que era entre el sonido de las sirenas de los barcos que había oído en el puerto de Nueva York y el toque de niebla en el faro de Bailey en Dublín. Miss Ku se echó hacia atrás consternada. «¡Jolines! —exclamó—. Ojalá pudiera hacer un ruido tal y que no me pasara nada. Retírate, Feef, otro escupinazo.» Yo me retiré varios pies atrás, sin volverme de espaldas a la criatura, entonces me incliné a miss Ku y pregunté: «¿La están matando?». «¿Matando? Por Dios, no. La criatura está neurótica, empezó todo este jaleo incluso antes de que la tocaran. El jefe le está sacando una gran y ruidosa cadena para que esa cosa esté más cómoda.» 136 «Pon algunos periódicos en el suelo —dijo el jefe—, a ver si utilizamos la prensa para algo.» Oí el crujir de papeles y entonces la criatura empezó a chillar, silbar y aullar otra vez. «Miss Ku —pregunté yo—, ¿cómo le llamaremos a esa cosa?» «Yo voy a llamarle Mono-chi-llón», replicó miss Ku. «¡Por todos! ¡Oh, oh! —aña-dió—. Buttercup se ha salido realmente de sus casillas ahora.» «Mira, Sheelagh —dijo el jefe—, si colgamos la jaula aquí entre las dos habitaciones, podrá ver más, ¿qué crees?» «Bueno, sí —replicó ella—, pero lo quiero fuera de la jaula.» «Me parece a mí que necesita cuida-dos —dijo el jefe—, buscaremos a un vet para que le mire.» «Feef —susurró miss Ku—, larguémonos. Va a venir un vet, tal vez pesque nuestros oídos.» Por si acaso nos retiramos al refugio debajo de la cama del jefe. Ma volvió del teléfono. «El vet vendrá mañana —dijo—, no quería venir, pero, como le dije, era difícil llevarle un mono. Vendrá hacia las once de la mañana.» «O.K., Feef —dijo miss Ku—. Salvadas por el gong, puedes salir.» «Miss Ku —dije yo—, ¿qué aspecto tiene este mono?» «¿Qué aspecto? ¡Oh!, como algo extraterrestre. Una criatura feísima. La última vez que vi algo tan horrible fue cuando Buttercup tuvo un bebé. Esto fue en Inglaterra, sabes. La cosa era un macho y tenía una cara como este mono o el mono tiene una cara como ese pequeño Tom. Arrugado, acartonado, desolado. Hacen extraños sonidos sin sentido y siempre están babeando.» Miss Ku hizo una pausa reflexiva: «Ah, esos eran extra-ños días —dijo—, Buttercup tenía un marido y entonces un día dijo: "Eh, voy a tener un bebé", y dicho y hecho lo tuvo en aquel momento. Ahora tiene un mono. ¡Puf!» «¡Odio, odio! ___ dijo Monochillón—. Odio, odio, odio todo. Vida en tienda mala. No quería ir. Eddie me vendió rápidamente. ¡Odio!» «Miss Ku —dije yo consternada—, ¿tú crees que 137 deberíamos hablar con Monochillón? No podemos per-mitir todo este odio aquí, ésta es una buena casa.» «iliuf1 El tipo está nueces»,' replicó miss Ku, que a veces hablaba de modo canadiense o americano. «¿Nueces? ¿Nueces? —dijo Monochillón—. ¡Cacahuetes! Yo buen americano, no me gustan las otras. Gatas tontas, dejadme en paz.» El jefe vino y me tomó en sus brazos. «Feef —dijo éste—, yo te llevaré junto a la jaula y dile al mono que no sea estúpido. No puede salir ni tocarte, Feef.» «Odio todo, odio todo —gritó Monochillón—. Marchaos de aquí, marchaos de aquí.» Yo sentí un intenso dolor al ver que una criatura fuese tan tonta, estuviera tan equivocada y fuera tan ciega espiritualmente. «Monochillón —dije yo—. escúchame, queremos hacerte feliz, queremos que salgas de esta jaula y vengas a jugar con nosotras, te cuidaremos.» «Estúpida vieja gata —gritó Monochillón, salid de aquí.» El jefe me acarició la barbilla y el pecho. «Es igual, Feef —dijo él—. Quizá le volverá un poco el sentido común, si le dejamos ir un poco.» «O.K., jefe —repliqué yo—. Miss Ku y yo le cuidaremos y te diremos si podemos comunicarnos con él. Creo que ha estado en una tienda demasiado tiempo. Está neurótico. En fin, el tiempo dirá.» «Eh, jefe —llamó miss Ku—, le diré unas pala-bras a Buttercup. Si lo pone en el suelo, fuera de la jaula, tal vez se encontrará mejor.» La jaula estaba suspendida de la arcada entre las dos habitaciones. El jefe intentó sacar a Monochillón mientras Buttercup aguantaba la jaula para que no se moviese. El aire se desgarró, nos hizo pedazos por los gritos de Monochillón que se agarraba a la jaula y gritaba, gritaba y gritaba. «¡Jo! —dijo miss Ku—, desde luego es un 1. Del inglés nuts (nueces), que en el lenguaje corriente tam-bién significa «chalado». (N. de la T.) 138 mono neurótico.» «Odio, odio», chillaba Monochillón. Finalmente se quedó fuera y sentado sobre el suelo. Oí un ruido como de gotear y empecé a moverme hacia adelante para investigar. «¡Cuidado! —dijo miss Ku—. Si adelantas tendrás que saltar el mar Amarillo y si no vigilas —rugió—, te cogerán las olas que se acercan.» «¡Rab!» «¿Sí?», replicó Ma. «¿Por qué no abrigas a las gatas y las llevamos a ver el agua? La pobre miss Ku se está muriendo de ganas.» Miss Ku y yo tenemos chaquetas especiales para el frío, están tejidas en lana gruesa y tienen agujeros para meter los brazos y nos abrigan mucho. Ahora, con éstas puestas y cada una envuelta en una manta todavía más caliente estábamos preparadas para salir fuera; el jefe llevaba a miss Ku, ya que él y miss Ku eran más aventureros. Ma me llevaba a mí. Abrimos la puerta al otro lado del porche para tomar el sol y bajamos a la hierba cubierta de nieve. Por el tiempo que andamos, estimé que el jardín era del tamaño del largo de tres casas. Al final había un ancho muro de piedra detrás del cual había el lago he-lado. «Tened cuidado —nos dijo el jefe a Ma y a mí—, es muy resbaladizo por aquí.» «¡Ohhh! —chilló miss Ku—. El lago es grandioso.» «¡Oh, Feef! —exclamó ella volviéndose hacia mí—. Es tan grande como un mar, tan grande como el mar de Howth. Y está helado. Vea-mos, ¿qué puedo explicarte? ¡Ah, sí! Ante mí está el lago. A mi izquierda hay una isla y en la cima de ésta hay una torre donde hay hombres vigilando que nadie robe el hielo. Deberían comprar refrigeradores, sabes, y hacer negocio. Justo delante a lo lejos puedo ver Estados Unidos y a la derecha el lago se hace más y más grande.» «¿Qué tal te va, Feef? —preguntó el jefe—. ¿No tienes frío?» Le dije que estaba muy bien y encantada del cambio. «Ku —dijo el jefe—, ¿eres una gran y valiente gata?» 139 «¿Yo? Claro que lo soy», replicó miss Ku. «Bueno, agárrate bien —dijo el jefe—, tú y yo iremos sobre el hielo y entonces podrás contárselo a Feef.» Miss Ku dio chillidos de contento. Oí el ruido de pasos que subían sobre madera helada y miss Ku gritó desde lejos: «Eh, Feef, estoy sobre el hielo. Tiene mucho grueso de es-pesor. Podría andar hasta los Estados Unidos, Feef». Estábamos contentas de regresar a casa, sin embargo, donde se estaba caliente y donde Buttercup estaba cui-dando a Monochillón, lo que demostraba una gran fe. Cuando entramos se levantó rápidamente y puso al mono sobre el suelo: «Oh, qué asco, encima de mi vestido limpio». Miss Ku se volvió a mí: «¡Ugh —murmuró—, recuérdame no tener nunca... un mono, Feef!». La tormenta rugió toda la noche. «La peor desde hacía años», dijeron los sabios que traían el pan y la leche. «Habrá más», dijeron. Nosotros también lo sa-bíamos, ya que escuchábamos el tiempo por la radio. Las cañerías en los sótanos estaban heladas, sólidas. «Una pena que las cañerías de Monochillón no se hielen», dijo miss Ku sombríamente. El vet de monos había venido y para nuestra gran alegría se había vuelto a ir. «No hay cura —había dicho—. Pruebe a darle masajes en las piernas, tal vez ayude pero lo dudo, le han dejado dema-siado tiempo.» Con un rápido movimiento negativo de cabeza se fue. Nosotras salimos de debajo de la cama del jefe. Se oían golpes en el tejado de la casa de al lado. En algún lado, una lata iba rodando sobre la carre-tera cubierta de nieve, impulsada por el viento. Mono-chillón estaba sentado en medio del suelo. Nosotras es-tábamos sentadas sobre un sofá. «¡Ugggh!», decía el viento, dando un profundo soplido. «¡Pon, RapN, dijo nuestra doble ventana al entrar en la habitación trayendo la tormenta consigo. Buttercup entró en la habitación, recogió a Monochillón y voló a una habitación distante 140 con él. Miss Ku y yo corrimos debajo de la cama del jefe a esperar acontecimientos. El jefe cogió herramien-tas, clavos y materiales y salió fuera a la tormenta an-sioso por hacer algo antes de que volara algo o se derrum-baran las paredes. Buttercup bajó las escaleras haciendo ruido con sus tacones, vestida con una gabardina y cual-quier cosa que la protegiera del viento y la nieve. «¡Rep-tiles, gusanos! —murmuró miss Ku—. Nosotras, pobres gatas, volaremos a través del cielo hasta América si no se dan prisa.» La casa temblaba ante la furia del tem-poral. El jefe y Buttercup luchaban con sábanas de plás-tico y pedazos de madera. Luchaban y casi volaron cuando el viento se metió debajo de las sábanas de plás-tico. Ma agarraba con toda su fuerza las cortinas para que la nieve no llenara toda la habitación. Arriba Mono-chillón gritaba como loco. Alrededor de la casa el viento hacía lo mismo. Finalmente el jefe y Buttercup entraron, después de haber remendado un poco la ventana rota. «Llama al propietario —dijo el jefe—, dile que lo hemos reparado temporalmente pero que si no lo arreglan bien caerá todo el tejado.» «El jefe tiene muy mal aspecto —dijo miss Ku—, es su corazón, ¿sabes?» El invierno parecía interminable. Miss Ku y yo pen-sábamos que Canadá estaba en algún lugar cerca del Polo Norte. Día tras día era lo mismo, tiempo aburrido, nieve y temperaturas heladas. Miss Ku iba mucho en coche, yendo a comprar y diciéndole al jefe dónde ir. Gritaba a los conductores que iban detrás que no fueran pisándole la cola y reprendiéndoles por sus malas costumbres. Un día el jefe y Buttercup le pidieron que fuera a Detroit con ellos. Se fueron dejándonos a Ma y a mí haciendo las tareas de la casa. Monochillón estaba en su jaula. Cuando volvieron, miss Ku entró con un gran aire de superioridad y su cola hacia arriba. «Puedes sentarte junto a mí, Feef —dijo ella condescendientemen- 141 te—, y te contaré cosas de Detroit. Debes ensanchar tus horizontes, de todos modos.» «Sí, miss Ku», repliqué yo, contenta de que se tomara tanto interés por mí. Me moví hacia donde estaba ella golpeando impaciente el suelo con su cola y me senté. Ella se instaló cómodamente y se iba peinando los bigotes perezosamente mientras hablaba. «Bueno, todo fue como sigue —empezó—: dejamos este agujero y fuimos hacia donde el viejo Hiram hace su whisky. Esto está cerca del lugar donde el jefe fue a hacerse mirar los pulmones. Giramos a la izquierda, pasamos por encima de las vías del tren y nos dirigimos a Wyandotte. Seguimos la marcha hasta que yo creí que habíamos ido lo suficiente lejos como para haber vuelto a Irlanda, entonces el jefe giró a la derecha y otra vez a la izquierda. Un tipo que iba de uniforme nos hizo una señal con la mano y logramos meternos debajo del suelo. No tuve nada de miedo, no creas, pero rodamos por un túnel tenuemente iluminado. El jefe me dijo que íbamos por debajo del río de Detroit. Yo podía creerlo bien, esto es lo que sentía, ésta era la razón por la que sentía escalofríos arriba y abajo del espinazo. Seguimos conduciendo y salimos arriba y giramos donde había una señal que decía «Resbaladizo cuando está mojado» y en-tonces pagamos algo de dinero. Unos cuatro pies más allá, un hombre metió su fea cabeza por la ventanilla y dijo: «¿Dónde vais, buena gente?». El jefe se lo dijo y Buttercup como de costumbre dio la nota y el hombre dijo: «O.K.», y seguimos nuestro camino. «Debió de ser maravilloso, miss Ku —dije yo—. Me gustaría muchísimo poder ver tantas maravillas.» «Uf —dijo miss Ku—, todavía no has visto nada. Te enterarás de todo. Nos dirigimos a una gran calle con edificios tan altos que esperaba ver ángeles sentados encima, encima del edificio, claro, los ángeles tendrían que estar sentados sobre sus traseros. Los coches corrían 142 como si hicieran carreras, como si los conductores se hubieran vuelto locos, pero, claro está, eran americanos. Seguimos conduciendo un poco y entonces vi en el agua dos barcos amarrados con sus abrigos de invierno para que no les entrara la nieve. El jefe dijo que les sacarían las cubiertas de lona y llevarían a muchos americanos a cualquier lado y los volverían. «Para eso pagarán mucho dinero.» Yo asentí, sabiendo algo de estas cosas, ya que había estado en un barco en Marsella, lejos, en las orillas del cálido Mediterráneo. Sonreí pensando que ahora estaba sentada vigilando a un mono loco en el helado Canadá. «No interrumpas, Feef», dijo miss Ku. «Pero si no he dicho una sola palabra, miss Ku», repliqué yo. «No, pero estabas pensando en otras cosas. Quiero tu absoluta atención si quieres que continúe.» «Sí, miss Ku, soy toda atención», repliqué yo. Suspiró y continuó: «Entramos en unas soberbias tiendas. Buttercup tenía la manía de los zapatos. Mientras miraba los zapatos yo me eché de espaldas para poder observar un edificio más que grande. El jefe me dijo que ese edificio en particular se llamaba "Poster escocés", o algo así, pero no me enteré de por qué iban a colgarlo. Bueno, final-mente Buttercup decidió que ya había visto bastantes zapatos, así que pudieron atender a la pobre Ku otra vez. íbamos por una carretera horrible, tan destarta-lada que creí que se me caerían los dientes y el jefe dijo que estábamos en Porter. Primero pensé que era el oporto que se bebe (no yo, claro) y luego pensé que sería un hombre que cargaba cosas. Finalmente vi que era la calle Porter. Giramos y nos dimos contra una tal protuberancia en la carretera que creí que saltarían las ruedas. El jefe le dio dinero a otro tipo de uniforme y pasamos una hilera de pequeñas casitas desde donde con-trolaban el tráfico. Al levantar la mirada vi una estruc-tura como un Meccano gigante y que llevaba una eti- 143 queta "Puente Embajador". Seguimos adelante y ¡oh!, la vista. Al ir a Detroit habíamos ido por debajo del río con los traseros de los barcos encima de nosotros. Ahora al volver a Canadá íbamos tan altos que un ame-ricano diría que estábamos intoxicados. Paramos en el puente para mirar la vista. Detroit se extendía ante nosotros como uno de los modelos que había visto hacer al jefe. Trenes ferries llevaban vagones a través del agua. Un fueraborda se acercó corriendo y los grandes barcos del lago parecían juguetes en una bañera. Sopló el viento y el puente tembló un poco. Yo también. "Vámonos de aquí, jefe", dije yo y él dijo que bueno y seguimos hasta el final del puente. "¿Qué llevan, buena gente?", preguntó un hombre echándome una mirada terrible. "Nada", dijo el jefe. Así es que seguimos conduciendo hasta Windsor y aquí estamos.» «¡Caramba! —suspiré yo—. ¡Qué aventura!» Pero no era nada comparado con la aventura que tendría pocos días después. El jefe tiene muchas manías con los coches. Las cosas tienen que estar bien y si el jefe piensa que un coche no es como debería ser, hace que lo arreglen inmediata. mente. Tres o cuatro días después de que miss Ku fuera de viaje a Detroit, el jefe vino y dijo: «No estoy satis-fecho con la dirección del coche. Parece que va algo dura». Ma dijo: «Llévalo a este garaje que hay en la carretera, será más rápido que ir hasta Windsor». El jefe se fue. Poco después creí oír el sonido de una sirena de Policía, pero deseché la idea. Media hora más tarde paró un coche delante de casa, se oyó el golpe de una puerta y el jefe entró en la casa mientras el coche se iba. «¿Ya está?», preguntó Ma. «No —dijo el jefe—. Volví en taxi. Nuestro coche no estará hasta la tarde, necesita nuevos puntos de dirección pero irá bien cuando los cambien.» «¿Qué ha pasado?», preguntó Ma que 144 conoce bien la expresión del jefe. «Yo iba a veinticinco millas por hora por la carretera —replicó el jefe— cuan-do una sirena de Policía empezó a sonar detrás de mí. Un coche de la Policía pasó rápidamente por mi lado y paró justo delante de mí. Yo paré, claro, y un policía salió de su coche y se acercó bamboleándose hacia mí. Yo me pre-guntaba qué habría hecho mal, yo iba a veinticinco mi-llas o sea más bajo del límite. "¿Es usted Lobsang Rampa?", preguntó el policía. "Sí", repliqué. "He leído uno de sus libros", dijo el hombre. En fin, no quería más que hablar y me dijo que los de la Prensa estaban intentando encontrarnos.» «Es una lástima que no ten-gan nada mejor que hacer —dijo Ma—. No queremos nada con la Prensa, ya han dicho demasiadas mentiras sobre nosotros.» «¿Qué hora es?», preguntó el jefe. «Las tres y me-dia», replicó Ma. «Creo que iré a ver si el coche está arreglado. Si está, volveré a recogerte a ti y a miss Ku y saldremos a probarlo.» Ma dijo: «¿Los llamo por teléfono? Si está pueden traerlo, tú puedes llevar el mecánico al garaje y entonces venir a buscarnos». «Voy a llamar ahora», dijo Ma corriendo al pie de la escalera donde teníamos el teléfono. Miss Ku dijo: «¡Oh!, estu-pendo, voy a salir, Feef, ¿quieres algo?». «No, gracias, miss Ku —repliqué yo—, espero que tengas un buen viaje». Ma volvió corriendo: «El mecánico ya viene para aquí». El jefe no llevaba un abrigo grueso, como el resto de la gente, llevaba sólo algo ligero, lo justo para que no le entrara la nieve. A menudo me hacía sonreír ver al jefe salir con sólo pantalones y chaqueta cuando todo el mundo iba vendado con todo lo que podía ir me-tiéndose. «El coche está en la puerta», gritó Buttercup desde arriba donde estaba entreteniendo a Monochillón. «Gra-cias», dijo el jefe saliendo hacia donde estaba esperando 145 el mecánico sentado en el Monarca verde. «Venga, miss Ku —dijo Ma—, tenemos que arreglarnos, no tardará más que unos pocos minutos.» Miss Ku la siguió dando pequeños saltitos para que Ma la ayudara a ponerse su abrigo, el de lana azul con el ribete rojo y blanco. El coche tenía calefacción, pero el camino hasta el coche no. «Pensaré en ti, aguafiestas —me dijo miss Ku—, mientras ruedo por la autopista, tú estarás escuchando los chillidos de Monochillón.» «Ya ha llegado», dijo Ma. «Adiós, miss Ku —grité—, cuídate.» Las puertas se cerraron, el coche arrancó y yo me senté a esperar. Era terrible estar sola; yo dependía completamente del jefe y de miss Ku, eran mis ojos y a menudo mis oídos. Al hacerse una vieja, particularmente después de una vida dura, el oído se vuelve menos agudo. Miss Ku era joven y había estado siempre bien alimentada. Era vital, salu-dable, alerta y tenía un intelecto brillante. Yo, bueno, yo no era más que una vieja gata que había tenido de-masiados gatitos, demasiadas durezas. «Tardan mucho, Feef», dijo Buttercup bajando las escaleras después de haber calmado a Monochillón. «Des-de luego», repliqué yo antes de recordar que no com-prendía el lenguaje gatuno. Fue hasta la ventana y miró hacia fuera y entonces empezó a preparar comida. Por 'o que recuerdo era algo que tenía que ver con fruta y verdura, ya que Buttercup adoraba la fruta. Personal-mente no puedo soportar la fruta aparte de hierba vulgar. A miss Ku le gustaba una uva de vez en cuando, las blancas, le gustaban peladas y entonces se sentaba y las chupaba. Curiosamente también le gustaban (a miss Ku) las castañas asadas. Yo una vez conocí un gato en Fran-cia que comía ciruelas y dátiles. Buttercup encendió las luces. «Se está haciendo tarde, Feef, me pregunto qué hacen», dijo. Fuera, el tráfico rugía en la carretera al volver la gente de Windsor a casa 146 después de un día en la tienda o fábrica u oficina. Otros coches corrían en dirección opuesta con gente de vida placentera que iban (luego estarían arruinados) en busca de placeres al otro lado del río. Coches, coches, coches por todos lados, pero no el que quería ver yo. Mucho después de que el último pájaro en volar a casa hubiera expulsado la nieve de su rama para pasar la noche y hubiera escondido su cabeza debajo del ala para dormir, se oyó finalmente el golpe de una puerta de coche. Entraron el jefe, Ma y miss Ku. «¿Qué pasó?», preguntó Buttercup. «¿Qué pasó?», repetí yo. Míss Ku vino hacia mí y me dijo con la respiración entrecortada: «Ven debajo de la cama, Feef, tengo que contártelo». Juntas dimos la vuelta y nos dirigimos a la habitación del jefe y debajo de la cama, donde teníamos nuestras confidencias. Miss Ku se instaló bien y cruzó los brazos. Se oían murmullos provenientes de la otra habitación. «Bueno, Feef, fue así —dijo miss Ku—. Entramos en el coche y yo le dije al jefe: "Vamos a exprimir esto, veremos cómo va". Fuimos a la carretera y atravesamos Tecumseh, éste es el lugar del que ya te conté antes donde casi todo el mundo habla francés y luego nos metimos en una de estas superautopistas, donde pones el pie en el pedal del acelerador y te olvidas de todo.» Miss Ku hizo una pausa por un momento para ver si su cuento hacía el necesario efecto. Satisfecha de que la escuchaba, continuó: «Seguimos caracoleando durante un tiempo y entonces dije: "Venga, jefe, aprieta bien el viejo acelera-dor". Lo apretó un poco, pero yo vi que no íbamos a más de sesenta, lo cual es muy legal. Apretamos un poco más tal vez sesenta y cinco y entonces se oyó un cling metálico y una lluvia de chispas (como si fuera la noche de Guy Fawkes) ' se disparó debajo de nosotros y por 1. Fecha en que se tiran petardos en conmemoración de un Intento de volar el Parlamento en 1605. (N. de la T.) 147 todos lados. Yo miré al jefe y giré la mirada rápidamente. El volante estaba suelto en sus manos.» Volvió a hacer una pausa para controlar el suspense y cuando observó que me latía bastante el corazón, resumió. «Allí estábamos, en la larga autopista yendo a se-senta y cinco y algo más. No teníamos volante, los hilos de la dirección habían caído. Por suerte no había mucho tráfico. El jefe de algún modo consiguió dominar el coche y se deslizó hasta parar con una rueda delantera colgando en la cuneta. El aire apestaba a goma quemada ya que había tenido que frenar mucho para que no cayéramos a la cuneta. El jefe salió, giró las ruedas delan-teras manualmente y luego volvió y utilizó la marcha atrás para volver a la carretera. Ma salió y se fue a un lugar donde había un teléfono y llamó al garaje para que vinieran a buscarnos. Entonces nos sentamos todos en el coche mientras esperábamos a que viniera la grúa.» A mí me maravillaba que miss Ku no diera ninguna señal de nervios, estaba calmada y recogida. Yo apenas podía esperar a que continuara. «Pero, miss Ku —le dije—, acababan de arreglar el volante, ésa era la razón por la que el coche estaba en el garaje.» «Sí, sí —replicó miss Ku—, todas las cosas de la dirección que habían cambiado cayeron porque se olvidaron de poner los tor-nillos o algo parecido. Bueno, como iba diciendo, una gran camioneta con una grúa detrás vino desde muy lejos a recogernos. El hombre salió e hizo unos ruidos como, uf, uf, ¿y todavía están vivos? Entre todos movimos el coche para que la camioneta pudiera estar delante. Yo estaba sentada en el asiento delantero y gritaba por encima del ruido diciéndole a todo el mundo lo que tenía que hacer. Oh, Feef, fue realmente algo —exclamó—, todavía no te he contado ni la mitad. Bueno, los tres nos metimos en la parte delantera del Monarca y la grúa levantó las ruedas delanteras. Yo pensé en el aspecto 148 poco digno que debíamos de presentar y entonces la grúa empezó a moverse camino de casa con nosotros mecién-donos y saltando detrás. Hicimos millas y yo diré siem-pre que la rapidez de la grúa rompió nuestra transmisión automática.» Dio un triste resoplido y dijo: «No eres ningún ingeniero, Feef, si lo fueras sabrías que es muy malo arrastrar un coche con transmisión automática. Un arrastre demasiado rápido puede romperlo todo y esto fue lo que ocurrió. Pero, bueno, no voy a darte una conferencia técnica, de todos modos sería demasiado para ti, Feef». «Miss Ku —pregunté—, ¿qué pasó entonces?» «¿Qué pasó entonces? ¡Ah, sí!, pasamos dando tumbos sobre la vía del tren en Tecumseh y pronto estuvimos en el garaje. El jefe estaba enfadado porque había pagado para que le cambiaran las piezas, pero el hombre del garaje no admitía culpa diciendo que era una "fuerza mayor", lo que quiera que esto signifique. Nos condujo a casa en su propio coche sin embargo, yo le dije que no podía cargar con el jefe todo el camino. Y aquí estamos.» Yo oía el entrechocar de platos y pensé que ya era hora de ir pensando en nuestra comida; yo no había comido nada mientras esperaba preocupada. Primero tenía una pregunta: «Miss Ku, ¿no estabas asustada?», pregun-té. «¿Asustada? ¿Asustada? Por todos los gatos, no. Sabía que si alguien podía sacarnos del atolladero, éste era el jefe y yo estaba allí para aconsejarle. Ma estuvo muy calmada, no tuvimos problemas con ella. Yo creí que tal vez le cogería pánico y podría arañar, pero lo tomó todo como si nada. Ahora voy por comida.» Nos levantamos de nuestros asientos de debajo de la cama y nos dirigimos a la cocina donde la cena estaba preparada. «El viejo aguanta hasta el final —dijo miss Ku—. ¿Me pregunto qué le ha dado ahora?» Subi-mos corriendo arriba con nuestra cena para poder entrar 149 y escuchar sin perder demasiada comida ni demasiados conocimientos. «Corre, Feef —me urgió miss Ku—, podemos lavarnos mientras escuchamos.» Nos dirigimos a la salita y nos sentamos para lavarnos después de nues-tra cena y coger todas las noticias. «Estoy cansado de este coche —gruñó el jefe—, deberíamos cambiarlo por otro mejor.» Ma hacía ruido, aclarándose la garganta y todo eso, lo que indicaba duda. «Abajo con Ma —su-surró miss Ku—, está contando el dinero.» «¿Por qué no esperar? —preguntó Ma—. Todavía tenemos que re-cibir esos derechos de autor, llegarán uno de estos días.» «¿Esperar? —preguntó el jefe—. Si cambiamos el coche ahora todavía tenemos algo con qué hacer el cambio. Si esperamos hasta que podamos, el viejo Monarca estará hecho pedazos y no valdrá nada. No, si esperamos hasta que podamos, no lo haremos nunca.» «Monochillón se ha comportado muy mal —dijo Buttercup cambiando el tema—. No sé qué hacer con él.» Miss Ku se lo dijo y fue una suerte que Buttercup no entendiera el lenguaje gatuno. El jefe sí, y aplaudió dándole una traducción educada y altamente censurada a Buttercup. Esa noche al acostarme para dormir pensé en lo peli-grosos que eran los coches. Pagar mucho para que los pusieran a punto y luego las piezas caían y costaban más dinero. Me parecía fantástico que la gente quisiera ir haciendo carreras por el campo en una lata sobre ruedas. Peligroso en extremo, diría yo, y preferiría quedarme en casa y no salir más. Ya había viajado demasiado, pen-sé, y ¿adónde me había llevado? Entonces me desperté de golpe. Me había llevado a Irlanda y si no hubiera ido a ese país, no hubiera podido conocer al jefe, Ma, Buttercup y miss Ku. Ahora completamente despierta, me deslicé a la cocina para tomar una ligera colación para pasar las horas de la noche. Allí encontré a miss Ku que no había podido dormir pensando en los peligrosos 150 momentos del día. Monochillón charlaba irritadamente y como siempre ocurría con Monochillón oí como un gotear de agua. Miss Ku me dio un codazo y murmuró: «Me juego lo que quieras que el río de Detroit es mucho más profundo desde que esa cosa ha venido a vivir con nosotros. Buttercup debe de haber perdido la cabeza para querer a una criatura tal». «Odio, odio», gritó Monochillón al aire nocturno. «Buenas noches, Feef», dijo miss Ku. «Buenas noches, miss Ku», repliqué yo. A la mañana siguiente el jefe fue al garaje para ver qué se podía hacer con el coche. Se pasó fuera casi toda la mañana y cuando volvió conducía el Monarca. El jefe siempre tiene una conferencia familiar cuando hay que decidir algo importante. Esto es una costumbre oriental a la que nosotras, las gatas, nos suscribimos. Miss Ku y yo siempre discutíamos las cosas antes de que ninguna de nosotras hiciera algo importante. En la conferencia familiar el jefe y yo nos sentamos juntos y Ma y miss Ku se sentaron juntas. Buttercup se sentó sola, ya que Mono-chillón no tenía ningún intelecto y simplemente chillaba: «¡Odio, odio. Quiero irme. No quería venir». «Primero —dijo el jefe—, tendremos que irnos de esta casa. Me he enterado por la gente del garaje que al otro lado de la carretera van a tirar todas las basuras de la ciudad, van a llenar el agujero con basuras. Esto traerá millones de moscas en verano. Luego esta carretera es casi intransi-table en verano por la cantidad de excursionistas ameri-canos. Así que nos iremos.» Se detuvo y miró alrededor. «Luego —continuó— han arreglado bien el volante del coche, pero pronto tendremos que volver a gastar dinero con él. Yo propongo ir a Windsor y cambiarlo por otro. La tercera cosa es qué vamos a hacer con Monochillón. Se va poniendo peor y, como dice el vet, necesitará más y más atención. ¿Se lo devolvemos a ese howbre? Lo sabe todo sobre monos.» Durante bastante rato nos que- 151 damos quietos discutiendo cosas, coches, casas y monos Miss Ku tomaba nota de todo, tenía una cabeza muy buena para los negocios y siempre podía arreglar los de la otra gente. «Creo que deberíamos ir a Windsor esta mañana —dijo Ma—. Si lo tienes metido en la cabeza es mejor hacerlo. Quiero mirar una casa también.» «¡Caramba! dijo miss Ku—, acción finalmente; de seguro que hay trabajo para rato esta mañana.» «Bueno, Sheelagh, ¿qué hacemos con Monochillón», le preguntó el jefe a Butter-cup. «Lo cogimos para ver si podíamos curarlo —replicó ella— y como es obvio que no mejora y que encuentra a faltar a los otros animales, creo que debería volver.» «Bien —contestó el jefe—, veremos lo que puede ha-cerse. Vamos a tener una semana muy ajetreada.» Miss Ku interrumpió para decir lo absurdo que era vivir en el campo lejos de Windsor. «Yo quiero ver las tiendas, ver la vida», dijo ella. «¡Encontraremos un lugar en el mismo Windsor esta vez!», dijo el jefe. Ma se levantó. «No encontraremos nada si nos quedamos aquí sentados —dijo ella—, voy a arreglarme.» Salió corriendo y el jefe fue fuera a insultar al Monarca que no nos había servido bien. Antes de que Ma estuviera arreglada y se dirigiera al coche, el jefe volvió. «Ese hombre de la carretera —dijo él— pasaba por ahí y me vio en el garaje. Ha parado para decirme que han estado inves-tigando por ahí, intentando saber dónde vivimos.» La familia ha tenido plagas de la gente de la Prensa, venían de distintas partes del mundo, todos pidiendo una entre-vista exclusiva. También llegaban cartas de todas partes del mundo y a pesar de que ni uno entre mil incluía sello de vuelta, el jefe las contestaba todas. Se está vol-viendo más sensato, sin embargo, y ya no responde a todas las cartas. Miss Ku y yo tuvimos que hablarle muy duramente antes de que hiciera una fría discriminación. Esto es algo muy suyo, se le puede persuadir si ve la 152 sensatez de una cosa. Miss Ku y yo a menudo tenemos que escarbar algún hecho para poder convencerle de que el sentido común es mucho más seguro que la emo-ción. El jefe llamó a Buttercup por las escaleras: «Sheelagh, hay una multitud de idiotas de la Prensa por ahí. Su-giero que no contestes a la puerta y asegúrate de que está cerrada con llave». Él y Ma salieron, dejándonos a miss Ku y a mí protegiendo a Buttercup de la Prensa. Oí arrancar el coche y los ruidos del jefe al hacer marcha atrás y girar. «Bueno, vieja gata —dijo miss Ku jovial-mente—, pronto iré en otro coche mejor. Deberías pro-bar a ir más en coche, Feef, te ensancharía la mente.» «Cuidado, gatas —dijo Buttercup bajando la escalera—, quiero fregar este suelo.» Miss Ku y yo salimos y nos sentamos sobre la cama del jefe. Miss Ku miró hacia fuera de la ventana y me contó la escena. «El hielo en el lago se está rompiendo, Feef —me dijo con ilusión—. Veo grandes pedazos dando vueltas y desapareciendo donde la corriente es fuerte. Esto significa que el tiempo pronto será más cálido. Tal vez incluso podamos ir en bote, te gustaría esto, toda la bebida a tu alrededor, nunca tendrías sed.» Los gatos siameses somos. muy gregarios, tenemos que tener gente querida junto a nosotros. El tiempo iba arrastrándose y casi se paró mientras esperábamos senta-das. Buttercup estaba ocupada en la cocina y no quería-mos estorbarla. Monochillón iba cantando para sí mismo: «Quiero irme, quiero irme. Lo odio todo. Lo odio todo». Pensé lo trágico que era, aquí tenía el mejor de los hogares y no estaba satisfecho. El gran reloj francés dio la hora. Yo bostecé y decidí echar un sueñecillo para pasar el tiempo. Miss Ku ya estaba dormida, su respiración era un suave murmullo en el silencio de la habitación. Capítulo IX «¡Oh, Oh! —exclamó miss Ku emocionada—. Qué poderoso y precioso automóvil.» Su voz fue subiendo de tono hasta convenirse en un chillido: «Y es mi coche nuevo, para aquí». Apretó más y más su nariz contra el cristal de la ventana de la cocina. «¡Por todos los gatos! —suspiró—. Capota dura, es azul, Feef, el color de tus ojos y la parte de encima es blanca. ¡Hombre! No es poco listo el jefe quedándose una cosa así!» «Debo cargarme de paciencia —pensé yo— y esperar a que me cuente más.» Es bastante duro a veces ser ciega y tener que depender tanto de las buenas obras de los demás. Un coche del color de mis ojos había dicho. Yo me sentía muy contenta de esto. Con la parte de encima blanca, además; esto sería muy elegante y se notaría el azul con gran ventaja. Pero ahora podía oír las puertas del coche que se cerraban, el jefe y Ma entrarían pronto. Los pasos se acercaban por el camino. Se oyó el abrir de la puerta persiana y el golpe al cerrarse sola por el resorte de muelle. Luego entraron el jefe y Ma. Buttercup bajó corriendo las escaleras tan expectante como miss Ku y yo. «¿Venís a verlo?», nos preguntó el jefe a miss Ku y a mí. Yo dije: «No, muchas gracias, ya me lo des-cribirá miss Ku cuando vuelva». El jefe y Buttercup, esta última llevando a miss Ku bien abrigada, salieron a ver el coche. Yo podía captar el pensamiento telepático de miss Ku como ella quería. «Suntuoso, Feef, tremendo olor a piel. Alfombrillas en las que realmente puedes clavar tus pezuñas. ¡Por todos los saltamontes! Hay me-tros de cristal y sitio para sentarse en la ventana tra-sera. Vamos a dar una vuelta por aquí la carretera, olé, 154 olé, Feef, hasta luego.» Algunos dirán: «Bueno, señora Bigotesgrises, ¿por qué no podías coger los mensajes telepáticos todo el rato?». La respuesta a esta sensata pregunta es: Si todos los gatos utilizan con toda su fuerza los poderes telepáticos constantemente, el «aire» estaría tan lleno de ruidos que nadie entendería ningún mensaje. Incluso los humanos tienen que regular sus estaciones de radio para no tener interferencias. Los gatos pueden coger la onda del gato que quieran y en-tonces la distancia no importa, pero cualquier otro gato que esté escuchando en esa misma onda también oye el mensaje, así que se pierde la intimidad. Utilizamos len-guaje vocal cuando queremos hablar privadamente y uti-lizamos telepatía para discusiones a distancia y mensajes que hay que dar a la comunidad gatuna. Conociendo la onda de un gato, determinada por la básica frecuencia del aura, uno puede conversar con un gato en cualquier parte y el lenguaje no es una barrera. ¿No es una barrera? Bueno, no mucho. La gente, incluyendo los gatos, tiende a pensar en su propia lengua y a proyectar fotos-imágenes construidas directamente de su cultura y concepción de las cosas. No me excuso por perderme en detalles sobre esto, ya que si mi libro da a los humanos aunque no sea más que un poco de comprensión de los proble-mas y pensamientos de los gatos, ya habrá valido la pena. Un humano y un gato ven la misma cosa pero desde un punto de vista distinto. Un humano ve una mesa y cualquier cosa que haya sobre ésta. Un gato ve solamente lo que hay debajo de esta mesa y la parte baja de la mesa. Vemos hacia arriba, desde el suelo hacia arriba. La parte de debajo de las sillas, la vista debajo de un coche, piernas estirándose hacia arriba como árboles en un bosque. Para nosotros un suelo es una inmensa llanura con objetos inmensos y pies patosos. Cualquier gato, 155 no importa donde esté, ve el mismo tipo de vista, o sea que otros gatos pueden comprender el sentido de un men-saje. Por lo que oigo es completamente distinto con los humanos, ya que proyectan una fotografía de perspec-tiva completamente ajena a nosotros, así es que a veces nos sorprendemos. Los gatos viven con una raza de gigan-tes. Los humanos viven con una raza de enanos. Échate en el suelo con tu cabeza descansando sobre éste y verás como los gatos vemos. Los gatos se suben a los mue-bles y a las paredes para poder ver como ven los huma-nos y así poder entender sus pensamientos. Los pensamientos humanos son incontrolados y ra-dian a todas partes. Sólo personas como mi jefe pueden controlar la radiación y distribución de sus pensamientos para no «mezclarlos» con otros. El jefe nos contó a miss Ku y a mí que los humanos conversaban por tele-patía hace muchos años, pero abusaron del poder y lo perdieron. Éste, dice el jefe, es el sentido de la Torre de Babel. Como nosotros, los humanos antes utilizaban el habla vocal para hablar privadamente con un grupo y telepatía para largas distancias y mensajes a la raza. Ahora, por supuesto, los humanos o la mayoría usan sólo habla vocal. Los humanos no deberían nunca con-siderar inferiores a los gatos. Tenemos inteligencia, ce-rebro y habilidades. No utilizamos la «razón» del modo generalmente aceptado, utilizamos la «intuición». Las cosas «nos llegan», sabemos la respuesta sin necesidad de tener que desenmarañar el problema. Muchos huma-nos no creerán esto, pero, como dice el jefe, «si los huma-nos exploraran las cosas de este mundo antes de intentar las del espacio, les saldría mejor lo último. Y si no fuera por las cosas de la mente no habría cosas mecánicas en absoluto, se necesita una mente para inventar algo mecánico». Algunas de nuestras leyendas cuentan grandes cosas 156 sobre humanos y gatos en los viejos tiempos antes de que los humanos perdieran sus poderes de telepatía y clarividencia. ¿Rió algún humano ante la idea de leyendas de gatos? Entonces, ¿por qué no reír de los gitanos humanos que tienen leyendas de hace siglos? Los gatos no escriben, no lo necesitamos, ya que tenemos una me-moria total de todos los tiempos y podemos utilizar el Archivo Akarico. Muchos gitanos humanos no escriben tampoco pero las historias que saben pasan a través de los siglos. ¿Quién entiende a los gatos? ¿Los entiende usted? ¿Puede usted asegurar que los gatos no tienen inteligencia? Realmente viven ustedes con una raza de gente que no conocen porque nosotros, los gatos, no queremos que se nos conozca. Espero que un día el jefe y yo podamos escribir un libro de leyendas de gatos y será un libro que realmente sorprenderá a los humanos. Pero todo esto está muy lejos de lo que estoy escribiendo ahora. El sol brillaba cálido a través de la ventana de la cocina cuando volvió miss Ku. «Brrr —dijo al entrar—, hace frío fuera, Feef, menos mal que el coche tiene una calefacción muy eficiente.» Se fue a tomar algo ligero de comer después de la emoción del coche nuevo. Yo pensé que también comería algo sabiendo que le gustaría tener compañía. «La comida sabe bien, Feef —dijo ella—, supongo que el salir me ha abierto el apetito. Deberías subir al coche, tal vez entonces comieras incluso más que ahora si es que esto es posible.» Sonreí, ya que nunca he escondido que me gustara comer. Después de años de semi-hambre era agradable y reconfortante poder comer cuando uno quería. Mientras sentadas juntas nos lavá-bamos después de nuestra comida, yo dije: «¿Me cuen-tas cosas del coche, por favor, miss Ku?». Pensó por un momento mientras se lavaba por detrás de sus orejas y peinaba sus bigotes. «Te he hablado del color —dijo 157 ella— y supongo que quieres saber lo que pasó. Bueno, nos metimos en el coche y el jefe nos contó a Buttercup y a mí todo sobre el coche. El jefe y Ma fueron a los de los coches y allí examinaron muchos coches. El gerente conoce bien al jefe y le señaló éste como uno muy bueno. El jefe lo probó, le gustó y lo compró. Hicieron un cambio con el viejo Monarca. El jefe nos llevará a las dos luego, irá especialmente despacio para ti.» Monochillón estaba gritando hasta desgañitarse otra vez. «¡Quiero irme, quiero irme! », aullaba. Buttercup le riñó, pero muy amablemente, por hacer tanto ruido. Monochillón estaba loco, de esto estábamos seguros. Siempre quejas de él. «¿Cuándo vamos a devolverlo?», preguntó Buttercup al jefe. «¡Hurra! —gritó miss Ku, saltando al aire de alegría—. El viejo y miserable mono se va, todo estará más seco entonces. Ojalá se le helaran los grifos.» La noche anterior había sido más fría que de cos-tumbre y el agua se nos había quedado helada, Como decía miss Ku, Monochillón era el más mojado de los monos que jamás existió. «Deberíamos telefonear y decir que vamos a devolverlo —dijo el jefe—; no podemos simplemente dejar a esta criatura a un mundo que no lo sospecha.» Ma fue al pie de la escalera a telefonear. El jefe nunca utilizaba el te-léfono si podía evitarlo, ya que a menudo cogía los pen-samientos de una persona en vez de lo que estaban di-ciendo, ¡dos cosas muy distintas! Después de dos inci-dentes en los que el jefe había recogido el sentido equi-vocado, decidieron que sólo Ma o Buttercup utilizarían el aparato. Ma actuaba como «manager de negocios» porque el jefe decía que le iba. Ma se cuidaba de todas las cuentas, pero sólo porque el jefe así lo quería. «Sí, podemos llevarle —dijo Ma añadiendo sombría- 158 mente—, pero no nos devolverán el dinero.» «Bueno, Sheelagh, ¿qué haremos?», preguntó el jefe. Buttercup estaba tan enojada que tartamudeó un poco mientras golpeaba el suelo con los pies. «Bueno —dijo—, no mejora y es obvio que no le gusta estar aquí. Creo que tiene miedo de las gatas o estaría mejor en una casa sin gatos. Devolvámoslo.» «¿Seguro? ¿Seguro del todo?», la presionó el jefe. «Sí, lo devolveremos por su propio bien.» «De acuerdo, sacaré el coche ahora.» El jefe se levantó dirigiéndose al garaje. «¡Odio, odio! —chilló Monochillón—. Quiero irme, quiero irme.» Tristemente Buttercup lo sacó de la gran jaula y lo envolvió en una manta. El jefe entró y cogió la gran jaula y la metió en el espacioso portaequipajes del coche. Se sentó un rato en el coche con el motor en marcha para que el coche estuviera caliente para Monochillón. Entonces satisfecho de la temperatura, hizo sonar la bocina para que entrara Buttercup. Oí cerrarse la puerta del coche y el ruido del motor cogiendo más y más velocidad y alejándose en la distancia. El coche era precioso y miss Ku lo quería muchísimo. Yo me monté en él unas cuantas veces pero, como ya he dicho antes, no me gustan nada los coches. Un día el jefe nos llevó a Ma, a miss Ku y a mí a un agradable lugar debajo del Puente Embajador. Nos quedamos sen-tados en el coche y el jefe abrió un poquito la ventanilla para que pudiera aspirar el aroma de Detroit al otro lado del río. Miss Ku me recuerda que «aroma» es definitiva-mente la palabra equivocada aquí, pero como mínimo es una palabra educada. Mientras estábamos allí sentados en el calorcillo del coche, miss Ku me describió la escena. «Encima nuestro está el Puente Embajador que atra-viesa el río de Detroit como si fuera un Meccano encima de una bañera. Los carros, es decir, camiones en ameri-cano, Feef, ruedan sobre el puente como una intermí- 159 nable procesión. Hay también muchos coches particula-res. Los turistas paran sus coches en el puente para hacer fotografías. Al otro lado nuestro hay una estación de tren de mercancías, mientras que a la derecha los americanos están construyendo un gran edificio, porque a los ame-ricanos les gusta ir a estos sitios y hablar. Conferencias o convenciones, lo llaman, significa realmente que se escapan de la esposa y llenos de bebidas se lían con mujeres pagadas.» Miss Ku paró un momento y luego dijo: « ¡Oh!, cómo está bajando el hielo. Si pudiéramos coger un poco y guardarlo hasta el verano haríamos una fortuna. Bueno, como iba diciendo, si quieres le diré al jefe que nos lleve a Detroit». «No, miss Ku, no gracias —repliqué nerviosamente—. Me temo que no disfrutaría nada. Como no puedo ver, no valdría la pena que yo fuera. De todos modos estoy segura de que al jefe le encantaría llevarte a ti.» «Eres realmente una cursi llo-rosa, Feef —dijo miss Ku—, estoy cansada de tu poco esfuerzo.» «Llevemos las gatas a casa y vamos a ver si encon-tramos casa», dijo Ma. «De acuerdo —replicó el jefe—. Ya es hora de que nos vayamos, de todos modos no me gustó este lugar desde el principio.» Yo grité: «Adiós, señor Puente Embajador.» Yo había tenido asociaciones previas con embajadores y cónsules así que no quería ser poco respetuosa con este puente. El motor cobró vida y miss Ku le gritó al jefe: «O.K. arranca». El jefe presionó suavemente el pedal y el coche empezó a moverse des-pacio hacia una cuesta cubierta de nieve y luego por la ribera del río. Al pasar la estación de Windsor, un tren silbó impaciente y casi salí de mi piel del susto. Segui-mos a lo largo del río, pasamos la fábrica de bebidas y continuamos. Pasamos un convento y miss Ku remarcó que siempre pensaba en el señor Loftus, allí en Irlanda, cuando pasaba por aquí. El señor Loftus tiene una hija 160 monja que vive en un convento y parece que le va muy bien. Paramos junto a la carretera después del largo tra-yecto y el jefe dijo: «Estamos en casa, Feef, pronto 'tomaremos el té. ¿Tomamos el té primero, Rab?», pre-guntó volviéndose a Ma. «Bueno —dijo ella—, así no tendremos que preocuparnos por la hora.» El jefe ha su-frido tanto que tiene que comer a menudo y poco. A causa de los años «flacos» que pasé antes de llegar a casa, como había predicho el viejo manzano, yo tam-bién había sufrido y tenía que comer a menudo y poco. Entramos en casa, llevándonos el jefe y Ma bien abri-gadas, ya que todavía había nieve en la tierra. En casa Buttercup había preparado el té, así que mé dirigí hacia ella y le dije que estaba contenta de volver. El té se acabó pronto. El jefe se levantó y dijo: «Bueno, vamos, o si no cogeremos la hora punta.» Se despidió de miss Ku y de mí y nos dijo que cuidáramos de Buttercup. Luego salió seguido de Ma. Otra vez oímos el ruido del motor muriendo en la distancia. Sabiendo que estaríamos solas durante una hora o dos, hicimos un poco de ejercicio primero; yo corría detrás de miss Ku por la habitación y luego ella me perseguía a mí. Des-pués hicimos una competición a ver quién podía hacer más agujeros en el periódico en el mínimo de tiempo. Esto pronto falló porque no teníamos más periódicos. «Vamos a ver quién puede andar más tiempo sobre la baranda de la escalera sin caer, Feef —sugirió miss Ku e inmediatamente siguió—. Oh, olvidé que no puedes ver, bueno esto no.» Se sentó y suavemente se rascó la oreja izquierda esperando así obtener un rayo de ins-piración. «Feef», llamó. «Sí, miss Ku», contesté yo. «Feef, cuéntame una historia, una de las viejas leyendas. Habla bajito porque quiero dormirme. Tú puedes dormirte 161 después», añadió magnánima. «Bueno, miss Ku —repli-qué yo—, te contaré la de los gatos que salvaron el Reino.» «Uy, ésta es una buena; empieza.» Se instaló cómodamente y yo me volví para estar de cara a ella y empecé. «En aquellos tiempos, hace tal vez mil o un millón de años, la Isla se extendía verde y preciosa bajo la cálida mirada de un amable y sonriente sol. Las aguas azules daban golpes juguetones a las indolentes rocas y enviaban duchas de blanca espuma al aire en las que danzaba el arco iris. La tierra era fértil y rica, con altos y bellísimos árboles que llegaban a los cielos para ser acariciados allí por bálsamas brisas. De las tierras más altas salían ríos saltando sobre enormes rocas y que ca-yendo en chorros formaban lagunas antes de ensancharse y deslizarse tranquilamente hasta el mar que les daba la bienvenida. A lo lejos se elevaban las montañas y es-condían sus coronas por encima de las nubes, proveyendo quizá fundaciones para las casas de los dioses. A lo largo de las doradas playas ribeteadas por la blanca espuma de las olas, jugaban y nadaban y hacían el amor los nativos. Aquí no había más que paz, alegría, una satisfacción inefable. No se pensaba en el futuro, ni en las penas ni en la maldad, tan sólo felicidad bajo las palmeras que se mecían suavemente. »Una ancha carretera llevaba al interior desde el mar, desapareciendo hacia el fresco oscurecer de un in-menso bosque, para volver a aparecer millas después donde la escena era completamente distinta. Aquí había templos forjados de piedra de colores y metales como plata y oro. Poderosas espiras que llegaban muy alto para pinchar los cielos, cúpulas y vastas extensiones de edifi-cios integrados por el tiempo. Desde lo alto de un alféizar de un templo se oían las notas de un gong de tonos pro-fundos que hacía volar desparramados a cientos de pá- 162 'aros que habían estado durmiendo en los sagrados muros tocados por el sol. »Mientras continuaba el profundo tañido, unos hom-bres vestidos de amarillo se apresuraban en llegar hasta un edificio central. Durante un rato continuaron estas prisas, luego fueron calmándose y volvió a quedarse todo quieto bajo el cielo abierto. En la asamblea prin-cipal del inmenso templo, los monjes arrastraban sus pies moviéndose de un lado a otro, especulando sobre cuál sería la razón para esta repentina llamada. Finalmente se oyó un ruido de una puerta en las lejanías del templo y apareció una pequeña hilera de hombres con túnicas amarillas. El obvio líder, un viejo marchito y seco por los años, andaba despacio a la cabeza, escoltado por dos gatos inmensos, gatos con colas, orejas y rostros negros y cuerpos blancos. Juntos andaron hasta un podio, donde el viejo se quedó un momento de pie mirando hacia el mar de rostros fijos en él. »"Hermanos de todos los grados —dijo finalmente, despacio—. Os he llamado aquí para deciros que esta nuestra Isla está en peligro mortal. Hace ya tiempo que hemos sufrido las amenazas de científicos que habi-tan la tierra al otro lado de la montaña. Separados de nosotros por un profundo desfiladero que casi divide esta isla, no son de fácil acceso. En su territorio la cien-cia ha tomado el lugar de la religión. No tienen dios, ni concepción alguna de los derechos de los demás. Ahora, hermanos de todos los grados —el viejo se detuvo y miró tristemente a su alrededor. Satisfecho de que tenía la absoluta atención de su audiencia, resumió—, nos han amenazado. A menos de que nos arrodillemos a los sin dios y nos convirtamos en sirvientes de esos malvados hombres, nos amenazan en matarnos con extraños y mor-tales gérmenes." Paró, cansado, con el peso de sus años encima. "Nosotros, hermanos, estamos aquí para discutir 163 cómo evitar esta amenaza a nuestra existencia y libertad Sabemos dónde se guardan los cultivos de gérmenes, ya que algunos de nosotros han intentado robarlos en vano para destruirlos. Hemos fallado y quienes fueron en-viados han muerto torturados." »"Padre Sagrado —dijo un joven monje—, esos culti-vos de gérmenes ¿son voluminosos o pesados de llevar? ¿Podría un hombre robarlos y correr con ellos?" Se sentó sintiéndose lleno de temor por haberse atrevido a dirigirse al Sagrado Padre. El viejo miró tristemente ante sí. "¿Volumen? —dijo—. No tiene volumen. Los culti-vos de gérmenes están contenidos en un tubo que puede cogerse entre el pulgar y un dedo y sin embargo una gota se extendería por nuestra tierra aniquilándonos a todos. No hay volumen pero el cultivo de gérmenes está dentro de una torre muy vigilada. —Volvió a hacer una pausa y se secó la frente—. Para demostrar su desprecio por nosotros lo han colocado en una ventana abierta a la vista de todos los que hemos enviado a su tierra. Un delgado árbol estira su frágil rama cruzando la ven-tana, una rama sin embargo, del tamaño de mi muñeca. Para demostrar que no nos temen, enviaron un mensaje diciendo que rogáramos hasta que nos sintiéramos ligeros de cascos y entonces tal vez la rama nos aguantaría." »La reunión continuó hasta la madrugada, mientras los monjes discutían entre sí los modos y maneras de salvar a su pueblo de la destrucción. "¿No podríamos derruir la torre para que se rompiera, así desaparecerían y nos salvaríamos de la destrucción?", dijo un monje. "Sí, claro —dijo otro—, pero para derruirla, tendríamos que llegar hasta allí y si pudiéramos coger el tubo ten-dríamos el poder, ya que dicen que no hay ningún antídoto, ningún modo de parar los malvados gérmenes." »En un santuario interior, estaba el viejo echado sobre su camastro. Junto a él yacían los dos gatos 164 guardándole. "Vuestra Santidad —dijo uno por telepa-tía—, ¿no podría ir yo a esa tierra, subir al árbol y robar el tubo?" El otro gato miró a su compañero. "Iremos juntos —dijo—, tendremos dobles probabilidades de con-seguirlo." El viejo sacerdote se quedó pensativo, refle-xionando en todo lo que se ponía en juego. Finalmente habló telepáticamente. "Tal vez tengáis la solución —dijo—, ya que nadie más que un gato podría encara-marse a ese árbol y aguantarse en la rama. Tal vez ten-gáis la solución." Se quedó meditando sus pensamientos privados durante un rato, y ningún gato telepático puede inmiscuirse en los pensamientos privados de uno. "Sí, tal vez sea la respuesta —volvió a decir el viejo—. Os llevaremos hasta arriba y cruzaremos el desfiladero para que no os canséis y estaremos allí esperando a que vol-váis salvos." Hizo una pausa y luego añadió: "Y no le diremos a nadie más lo que haréis porque incluso en una comunidad como ésta, los hay que hablan demasiado libremente". "Sí —dio unas palmadas de contento con las manos—, les enviaremos un emisario diciéndoles nues-tros términos, esto les distraerá su atención." »Los días que siguieron fueron de trabajo. El alto sacerdote les hizo saber que quería enviar un emisario y se recibió respuesta de que lo permitían. Unos hom-bres que custodiaban al emisario y portaban dos cestas, subieron la montaña, cruzaron los pasos de la garganta y llegaron hasta el territorio enemigo. El emisario se adentró en el territorio y, protegidos por la oscuridad, los gatos salieron de las cestas. Salieron tan silenciosos como la misma noche. Se acercaron cautelosamente al árbol y pararon al pie de éste. Utilizaron al máximo sus poderes telepáticos para determinar la presencia de un enemigo. Sigilosamente ascendió uno, mientras el otro vigilaba haciendo uso de todas sus capacidades telepá-ticas. Con infinita cautela el gato que subía se arrastró 165 por la rama hasta que finalmente pudo agarrar el tubo bajo las mismas narices del sorprendido guardia. Mucho antes de que pudieran salir los hombres de la torre, los dos gatos habían desaparecido en la oscuridad, lleván-dole al viejo sacerdote el tubo que guardaría a su tierra durante los años venideros. Ahora, en esta tierra, los gatos son sagrados para los descendientes del país y sólo el gato sabe la razón.» Un suave ronquido remató mi sentencia final. Le-vanté la vista y escuché para cerciorarme. Sí, era un ronquido, uno fuerte esta vez. Sonreí satisfecha y pensé: «Bueno, soy una vieja y aburrida gata, pero como mí-nimo puedo hacer dormir a miss Ku». De todos modos no durmió mucho. Pronto se enderezó, alta y erguida. «Empieza a lavarte, Feef —ordenó—. Están llegando a casa y no puedo permitir que tengas mal aspecto.» Unos momentos más tarde oímos el motor de un coche seguido del ruido de la puerta del garaje. Luego pasos por el camino y el jefe y Ma entraron. «¿Cómo os fue?», preguntó Buttercup, sacándose el delantal y dejándolo a un lado. «Hemos encontrado un sitio —replicó el jefe—. Nos irá estupendamente. Te llevaré a verlo si quieres, llevaremos a "Fanny Flap" también.» El jefe a menudo llamaba Fanny Flap a miss Ku, Fanny Flap por el modo como revoloteaba alrededor cuando estaba excitada. Yo estaba contenta de que no me pidiera que fuese al nuevo apartamento, pero, claro, el jefe sabía que yo odiaba estas cosas, y prefería esperar hasta que todos nos trasladáramos juntos. ¿Qué sentido tenía ir para una gata ciega? ¿Por qué iba a ir cuando no sabía nada del sitio, ni siquiera sabía los objetos que debía evitar? Prefería esperar a que todo estuviera en su sitio, porque entonces el jefe y miss Ku me llevarían a cada habitación y me señalizarían la localización de las cosas, y el jefe me subiría y bajaría de los objetos para 166 poder memorizar la distancia a que había de saltar. Cuando conocía el lugar, podía saltar para subir y bajar de una silla sin equivocarme o hacerme daño. Me pongo de pie y toco una silla primero para evitar saltar al res-paldo y luego salto donde quiero. Claro está, alguna vez me doy contra algo, pero tengo la suficiente cabeza para no darme contra la misma cosa dos veces. No estuvieron mucho tiempo fuera. En cuanto vol-vieran miss Ku se echó encima mío. «Conecta tus oídos, Feef —ordenó—, ya es hora de que se te expliquen algunas cosas. Es una casa dividida en dos apartamentos. Hemos cogido toda la casa para que el jefe pueda escribir otro libro. Nosotros viviremos en el piso de arriba. Las habitaciones son grandes y dan al río de Detroit. Hay un gran balcón con barrotes que dice el jefe que podre-mos utilizar cuando el tiempo sea más bueno. Y, Feef, hay un ático donde podemos jugar y cubrirnos de polvo. Te gustará.» Así que el jefe iba a escribir otro libro, ¿eh? Yo sabía que la gente le había estado persiguien-do para que hiciera otro libro, sabía que había recibido instrucciones especiales de entidades descarnadas. Ya ha-bían decidido el título. Miss Ku recogió mis pensamien-tos: «Sí —exclamó alegremente—. Tan pronto como nos instalemos la semana próxima, iremos a ver a la señora Durr para coger papel y empezar el libro». «¿La señora Durr? —pregunté yo—. ¿Quién es la señora Durr?» «¿No conoces a la señora Durr? Pero si todo el mundo la conoce; es una señora vendedora de libros que de mo-mento trabaja para una empresa de Windsor, pero pronto tendrá su propio negocio. No conoces a la señora Durr. Bueno, bueno, ¿habráse oído nada semejante?», denegó con la cabeza mientras murmuraba con asco. «Pero, ¿qué aspecto tiene, miss Ku? —pregunté yo—. No puedo ver, ¿sabes?» «Oh, no claro, lo olvidé —dijo miss Ku dulci-ficada en gran manera—. Siéntate, vieja gata, y te lo 167 diré.» Nos encaramamos a la repisa de la ventana y nos sentamos mirándonos la una a la otra. Miss Ku dijo: «Bueno, te has perdido algo. La señora Durr —Ruth para los amigos— es elegante. Rechonchita por el buen lado, bonitas facciones y Ma dice de pelo castaño-rojizo, lo que quiera que esto sea. Lleva crinolina casi todo el tiempo, supongo que no en la cama, y el jefe dice que parece una figurilla de porcelana de Dresde. Buena piel también, ¿sabes? Como la porcelana, ¿entiendes, Feef?». «Desde luego, miss Ku, muy gráfico, gracias», contesté yo. «Vende libros y cosas y a pesar de que realmente es holandesa, vende libros en inglés. Venderá los libros del jefe. Nos gusta. Esperamos verla más, ahora que vamos a vivir en la ciudad de Windsor.» Nos quedamos sentadas pensando en las virtudes de la señora Durr y entonces se me ocurrió preguntar: «¿Tiene alguna familia de gatos? Miss Ku se ensom-breció. «Ah, siento que me hayas preguntado eso, es un caso muy triste, muy triste.» Hizo una pausa y estoy segura de que la oí hacer pucheros unas cuantas veces. Pronto ganó el control de sus emociones y continuó: «Sí, tiene a Stubby que es un Tom que no puede y también una reina que tampoco puede. Fue una espan-tosa equivocación; el pobre Stubby está todo mezclado en su departamento vital; pero tiene un corazón de oro. La persona más amable que podrías encontrar. Tímido, muy reservado como cabe esperar de alguien en su con-dición. El pobre sería una buena madre para algún gatito sin casa. Tendré que hablarle al jefe de esto». «¿Hay un señor Durr?», pregunté yo y añadió: «Claro que debe de haberlo porque si no ella no sería la señora Durr». «Sí, hay un señor Durr, hace la leche de Windsor, sin él todo el mundo tendría sed. También es holandés, eso hace a la hija doble holandesa, creo. Sí, Feef, te gustará la señora Durr, vale la pena hacerle 168 ronroneos. Pero no tenemos tiempo ahora de discutir tales cosas, tenemos que arreglar lo de la casa. La semana que viene tenemos que trasladarnos y le dije al jefe que yo me cuidaría de que no tuvieras miedo.» «No tendré miedo, miss Ku —repliqué—, me he trasladado bastan-tes veces.» «Bueno —dijo miss Ku ignorando mi frase—, la semana que viene se llevarán en una camioneta el equipaje y las cosas y Ma estará allí para recibirlas. Poco después, el jefe nos llevará a ti, a Buttercup y a mí y cuando estemos instaladas, el jefe y Ma volverán para asegurarse de que todo está bien aquí, limpio y todo eso y devolverán la llave al propietario. Ahora la nieve empezaba a derretirse y el hielo en el lago se empezaba a romper y flotaba por encima del río. Algunas tormentas repentinas nos recordaban que todavía no era verano, pero podíamos suponer que lo peor había pasado. Vivir en Canadá era increíblemente caro, todo valía el doble o más de lo que hubiera costado en Francia o Irlanda. El jefe intentó conseguir trabajo escribiendo o en el mundo de la televisión. Constató, e través de una amarga experiencia, que las empresas cana-dienses no quieren residentes a menos de que sean (como dice el jefe) peones de carga. Viendo que no podía me-terse en algo de escribir o de televisión, lo intentó todo y se encontró con que tampoco le querían. A nadie de nosotros nos gustaba Canadá, había una notable falta de cultura, una gran falta de interés por las cosas bonitas de la vida. Me consolé a mí misma pensando que pronto llegaría el verano y nos sentiríamos todos mejor. El jefe, Buttercup y miss Ku fueron a dar una vuelta en coche un día, y creo que fueron a una tienda para buscar musgo. Ma y yo hicimos las camas y unas cuantas cosas de la casa. Había que sacar el polvo de la escalera y tirar los periódicos viejos. Para cuando terminamos esto, ya habían vuelto. «¿Qué crees, Feef?», preguntó 169 miss Ku, acercándoseme y susurrándome al oído. «¿Qué? Miss Ku, ¿qué ha pasado?» «Oh, ¡por... por! Nunca lo adivinarás. Esto te matará. Ha encontrado a un hom-bre que se llama Heddy que adora a los monos. ¡Monos!» Miss Ku rió cínicamente: «No, Feef, no vamos a tener un mono, tendremos dos de esos horrores. Supongo que tendremos que nadar con dos trastos de esos trabajando a toda pastilla en el departamento de inundaciones.» Se quedó en silencio por un momento, luego dijo: «Pero quizá los pondrán en el porche, no podríamos tener dos monos salvajes corriendo por ahí. Monochillón no podía andar, estos dos funcionan bien, garantizados, si no esta-mos satisfechos devolverán el dinero». Exhaló un suspiro espantoso y dijo: «Buttercup irá a ver a ese tal Heddy pronto, ella adora a los monos». «¡Qué raro! —re-marqué yo—. Los monos tienen tan mala reputación. Recuerdo uno en Francia, era el animalito querido de un hombre de mar retirado y se escapó un día y casi destrozó una frutería. Yo no lo vi, no creas. Una señora llamada Butterball me lo dijo, se cuidaba de un hospital veterinario. Cuando estuve allí de paciente, me contó la historia del último ocupante de la jaula, ese mono que se cortó tirándose contra el cristal de un escaparate.» Estábamos todos ocupados empaquetando; había que meter tantas cosas en las maletas, miss Ku y yo trabaja-mos mucho pisando las cosas para ocupar menos espacio en los baúles. A veces teníamos que escarbar las cosas de una maleta llena para asegurarnos de que no se había olvidado nada. Tuvimos que arrugar papel tisú porque todo el mundo sabe que el papel tisú arrugado es más suave que el nuevo y duro. Trabajamos mucho, desde luego, y estoy muy orgullosa de ello. Nos encantaba so-bre todo dejar las sábanas limpias a punto para su uso. A nadie le gustan las sábanas que llegan de la colada, tiesas y poco amistosas. Miss Ku y yo teníamos un sis- 170 tema especial de correr arriba y abajo de las sábanas hasta que se quedaban suaves y ya no tenían las durezas de los pliegues de las sábanas recién planchadas. «¡Sheelagh! —llamaba Ma desde la cocina—. Aquí hay el carpintero para ver lo de la jaula de los monos.» «Ya voy», gritó Buttercup taconeando por las escaleras. Miss Ku dio un gruñido desdeñoso. «¡Una jaula de mo-nos! Esto costará un ojo de la cara. Vaya, no sé dónde iremos a parar. Deberíamos ir a escuchar, nunca se sabe lo bastante.» «Sí, sí —decía el carpintero—. Quiere la jaula con secciones, ¿no? Las haré de prisa. Mi mujer quiere ver los monos, ¿la traigo? ¿Sí? Ya voy.» Miss Ku reía: «Tan pronto como dijo ya voy, se fue, Feef. ¡Oh, qué enormidad va a ser esta jaula! El jefe, Ma, Buttercup y nosotras podríamos entrar a la vez». «¿Habrá sitio en la casa nueva, miss Ku?», pregunté yo. «Sí, sí, de sobra, tendremos un porche muy grande arriba rodeado com-pletamente de red. Yo creí que lo tendríamos como habitación de jugar, en lugar de ser así, será la sala de los monos, ¡qué le vamos a hacer! Así cuecen las cas-tañas. Los últimos días fueron pasando despacio. El jefe y Buttercup fueron a ver al señor carpintero holandés y volvieron con las noticias de que la jaula estaba terminada y la estaban colocando en la casa nueva. Con cada viaje que hacía el jefe a Windsor se llevaba más y más cosas. Miss Ku fue a ver si todo estaba en orden y volvió di-ciendo: «Bueno, Feef, mañana dormiremos en la ciudad de Windsor, desde donde puedes mirar y ver la vista de Detroit. Hay una buena vista, hay gente que viene hasta aquí en sus impresionantes coches. En fin, traen dólares al país. Bueno, para el comercio y todo eso». El jefe me cogió y jugamos juntos un poco. Me gus-taba mucho jugar con él; tenía un palo delgado con algo que sonaba en la punta y al arrastrarlo por el suelo yo 171 podía cazarlo por el sonido. Claro está, me lo dejaba cazar muy a menudo para darme confianza. Yo sabía que me estaba dejando coger el palo, pero hacía ver que no lo sabía. Esa noche me despeinó el pelo y me acarició el pecho. «Pronto, a la cama, Feef, que mañana tendremos un día muy ocupado.» «Buenas noches», dijeron Ma y Buttercup. «Buenas noches», replicamos nosotros, luego el clic del interruptor al apagar el jefe la luz por última vez en la casa. ¿Mañana? Mañana sería otro día y nos llevaría a otra casa. Esa noche me eché y dormí. Capítulo X «¡Tralará, la, la!», cantaba miss Ku. «Otra vez en movimiento, damos la vuelta al enorme mundo, como un gato Tom en una barcaza. Vamos en coche a la ciudad de Windsor, mueve que te mueve.» «Oh, cállate un poco, Ku —dijo el jefe—. Uno no es capaz ni de imaginarte intentando cantar. Resígnate, de musical como yo, nada.» Yo me sonreí para mis adentros. Era por la mañana y miss Ku despedía al pasado crepúsculo con una canción. Al hablarle el jefe, se alejó murmurando: «No aprecias el arte, desde luego que no». Yo estiré los brazos perezosamente, pronto desayuna-ríamos. Ma ya estaba atareada en la cocina. El entre-chocar de platos me llegó al oído, luego, «¡Ku! ¡Feef! Venid a desayunar». «Voy, Ma», repliqué yo mientras buscaba con el tacto el lado de la cama y saltaba al suelo. Siempre era una aventura, salir de la cama y saltar el suelo por la mañana. Los sentidos y percepciones de uno no son tan agudos cuando se está apenas despierto y siempre temía saltar en los zapatos del jefe o algo pa-recido. No era más que un débil temor, sin embargo, ya que tenían especial cuidado para que no me hiciera daño. «Feef ya viene», le gritó el jefe a Ma. «Ven a tomar el desayuno, Feef —dijo Ma—. Deambulas medio dormida esta mañana como una vieja abuela.» Yo son-reí y me senté a desayunar. «No, un poco más a la derecha, así», dijo miss Ku. «¿Qué más se ha de coger ahora?», preguntó el jefe. «Voy a buscar el correo.» Ma sugirió las cosas que eran más frágiles, y el jefe y But-tercup las llevaron al coche. Teníamos un apartado de correos en Windsor, porque si la gente sabía nuestra dirección, se presentaban inesperadamente y esto compli- 173 caba las cosas, ya que el jefe no quería ver a nadie que simplemente llamara y pidiese entrar. Miss Ku me dijo que cuando la familia vivía en Irlanda, antes de apa-recer yo en escena, llegó una mujer de Alemania y ordenó que se la admitiese inmediatamente, ya que «quería sen-tarse a los pies del lama». Al decirle que no podía en-trar, acampó al píe de la puerta hasta que el señor Lof tus le ordenó que se fuera con un aire muy marcial y fiero en su uniforme. El traslado era algo que no nos concernía a miss Ku y a mí. Pronto los hombres de las mudanzas cargaron nuestras cosas y se fueron. Miss Ku iba por la casa despidiéndose de todas las habitaciones. Ésta era una des-pedida de la que estábamos contentas, ya que nunca ha-bíamos sentido simpatía por la casa. Finalmente, nos llevaron a miss Ku y a mí bien envueltas al coche cal-deado ya. El jefe cerró las puertas de la casa y nos pusi-mos en marcha. La carretera era mala, muy mala, como tantas carreteras canadienses; miss Ku me dijo que había un letrero que ponía, «Carretera rota, conduzca a su propio riesgo». Seguimos conduciendo y llegamos a un cruce. Miss Ku gritó: «De aquí traían nuestra comida, Feef, un lugar que se llama Para y Compra. Ahora esta-mos en la carretera principal de Windsor». Esta carre-tera era más uniforme. Arrugué la nariz al sentir un repentino olor familiar, un olor que me recordaba al señor vet irlandés y su hospital para gatos. Miss Ku rió: «No seas tonta, Feef, esto es un hospital humano donde llevan a las personas que están ya prácticamente acaba-das». Seguimos adelante y dijo: «Y aquí es donde hacen coches, estamos pasando la fábrica Ford. Te lo diré todo, Feef, te daré detalles de todo». «Miss Ku —dije yo—. ¡Qué olor tan raro! En cierto modo me recuerda las viñas francesas; sin embargo, es un olor distinto.» «Desde luego que lo es —dijo miss 174 Ku—. Esto es una fábrica de bebidas. El grano que po-dría alimentar a gente hambrienta lo prensan para hacer un tipo de bebidas que mejor sería que la gente no las bebiera. Ahora pasamos sobre un puente ferroviario. Todos los trenes que van y vienen desde cualquier lugar a Windsor pasan por debajo de este puente.» Seguimos conduciendo un poco y entonces se oyó un golpe tan ruidoso que salté directa al aire. «No seas boba, Feef —dijo miss Ku—. No es más que el ruido de un tren.» El jefe giró el coche y paró. «Estamos en casa, Feef», dijo Ma. Nos llevaron en brazos a miss Ku y a mí a través del camino cubierto de nieve y la puerta principal hasta llegar escaleras arriba. Sentíamos un olor a barniz fresco y jabón. Yo husmeé el suelo y decidí que lo habían encerado muy bien hacía poco. «No te preocupes de esto —dijo miss Ku—. Ya mirarás el suelo luego. Voy a llevarte por todas las habi-taciones y describirte el lugar. Está atenta porque tene-mos algunos muebles nuevos.» «¡Sheelagh! —gritó el jefe—. Vamos a devolver las llaves al propietario, no tardaremos.» El jefe y Ma salieron, les oí bajar las esca-leras, entrar en el coche e irse. «Bueno, ahora ven con-migo», dijo miss Ku. Fuimos por todo el apartamento, mientras miss Ku iba señalándome los obstáculos y las posiciones de las sillas. Luego salimos a la parte trasera del porche. «Abre, por favor», gritó miss Ku. «¿Quieres salir, Ku? —pre-guntó Buttercup—. Bueno, abriré la puerta.» Cruzó la cocina y abrió la puerta. Una ráfaga de aíre frío entró dentro y nosotras salimos fuera. «Aquí —dijo miss Ku-está el porche superior. Tapado por tres lados y pronto será el Salón de los Monos. Lo calentarán. ¡Brrr! Vámo-nos, hace demasiado frío aquí.» Nos dirigimos a la cocina y Buttercup cerró la puerta del porche con un suspiro 175 de alivio y otro suspiro por los gatos tontos que dearn. bulan, según ella, sin rumbo. «Aquí está la habitación que compartirás con el jefe. Da a la vía del tren, al río de Detroit y a la ciudad de Detroit. En verano, según me han dicho, barcos de todo el mundo pasan por delante de esta ventana. Veremos. Veremos.» Miss Ku estaba en su elemento describiendo la vista. «Un poco a nuestra izquierda, está el lugar donde unos hombres cavaron un hoyo debajo del río e hicieron una carretera que va a los Estados Unidos; más a la izquierda está el Puente Embajador. El jefe dice que la palabra Detroit es una corrupción del francés de «derecha», supongo que tú lo sabrás, Feef.» De re-pente miss Ku viró en redondo tan aprisa que su cola me rozó la cara. «¡Caramba! —exclamó ella— un tipo horrible me está mirando, además lleva una cartera que parece oficial.» Esa noche dormimos interrumpidamente, muy estor-bados por el ruido y golpes de los trenes al pasar delante de nuestras ventanas. Por la mañana Ma bajó los pel-daños para recoger la leche. Volvió con la leche y una carta que le pasó al jefe. «Qué es esto?», preguntó él. «No lo sé —dijo Ma—, estaba en el buzón.» Se oyó el ruido de un sobre al ser rasgado y abierto y luego silen-cio mientras el jefe leía. «¡Por Dios! —exclamó éste—. ¿Es que no hay límite a las tonterías de los oficiales canadienses? Escucha esto. Es una carta del Departamento de Producción Nacional. Empieza: Muy señor mío: Información recibida por esta oficina indica que está usted pagando alquiler a un extranjero no residente en Canadá y que no ha pagado los impuestos requeridos. Como no ha pagado dí- 176 chos impuestos desde el 1 de mayo de 1959, se le pide que en el próximo alquiler envíe el sufi-ciente dinero para cubrir la cantidad que debe-ría haber sido pagada. Si no cumple pagando dicho impuesto re-querido por el Acta de Impuestos, será penali-zado de acuerdo con... «¿Ves? —dijo el jefe—. Llegamos aquí ayer y ya recibimos amenazas. Ojalá pudiéramos despertarnos como una pesadilla y encontrarnos otra vez en la vieja y que-rida Irlanda. ¿Por qué estos inmaduros canadienses nos amenazan e importunan de ese modo? Creo que voy a llevar todo este asunto a oficiales de Ottawa.» Miss Ku me dijo con un movimiento de cabeza: «¿Ves, Feef?, como te dije, ese hombre horrible de ayer era un espía de impuestos. Le vi.» Escuchamos mientras el jefe seguía hablando de ello. «No comprendo este país, me amenazan con deportarme en la primera carta que me envían. En vez de pedirme que vaya a la Oficina de Salud Nacional, me amenazm si no voy. Ahora el mis-mísimo día de mudarnos, nos amenazan con todo tipo de penalidades. La gente de este país no tiene la sufi-ciente cabeza para comprender que los días del Salvaje Oeste se acabaron.» «El jefe se está poniendo salvaje —susurró miss Ku—, deberíamos escondernos debajo de la cama.» Los días iban pasando tranquilamente. Gradualmente nos acostumbramos a los ruidos de los trenes. El jefe armó un jaleo terrible acerca de las cartas amenazantes, y recibió excusas de los empleados de Impuestos Locales y también del gobierno de Ottawa. Apareció una nota en los periódicos hablando de los oficiales canadienses que trataban de intimidar a los recién llegados. El tiempo fue volviéndose más cálido y miss Ku y yo podíamos sen- 177 tamos fuera en-el balcón y jugar en el jardín de abajo. Una mañana, el jefe volvió de la Oficina de Correos de Walkerville con bastantes cartas, como siempre, pero ese día, en particular, trajo una carta muy bonita de la señora O'Grady. «La encuentro a faltar —dijo Ma—, Ojalá pudiera venir a vernos.» El jefe se quedó quieto durante un rato: «Era una buena amiga, ¿por qué no le dices que venga?». Ma y Buttercup allí sentadas se quedaron en silencio y sorprendidas. «Al final, el jefe ha perdido la cabeza —susurró miss Ku—. Esto es lo que le ha hecho el Canadá.» «Rab —dijo el jefe—, ¿por qué no le escribes a la señora O'Grady invitándola a venir? Dile que si viene el mes próximo estará aquí al mismo tiempo que la reina de Inglaterra. Fíjate en esto, la reina de Inglaterra y la señora O'Grady de Irlanda aquí al mismo tiempo. Dile que la reina cruzará el río aquí, delante de nosotros. Díselo, por todos los santos, que tengamos respuesta pronto.» Miss Ku con humor algo inconsciente dijo: «Bueno, Feef, ahora que finalmente nos hemos librado de los monos, tendremos a la señora O'Grady». Todos queríamos mucho a la señora O'Grady y la teníamos como una amiga de verdad. Yo reí y dije a miss Ku que parecía tener el mismo concepto de Ve O'G que de los monos. Miss Ku, con su humor de costumbre, lo giró contra mí diciendo: «Tonterías, Feef, todo el mundo aparte de ti sabe que después de las tormentas viene el sol brillante. La señora O'Grady es el sol después de la tormenta de monos.» Los monos habían sido «una tormenta», estaba completamente de acuerdo. Poco después de instalarnos en la casa junto al río, el señor carpintero holandés llegó con una camioneta y una jaula. «Quiero traer a mi mujer para que vea a los monos, ¿puedo?», dijo él. Buttercup, la reina de los monos, dijo sí, que podía traer a su mujer para ver a los monos cuando se hubieran insta- 178 lado. El señor carpintero holandés y el hijo del señor carpintero holandés llevaron todas las piezas y trabajaron con todas sus fuerzas, bueno no demasiadas fuerzas para juntar todas esas piezas. Luego se frotaron las manos, se quedaron de pie a un lado y esperaron los dólares. Con esto arreglado se fueron después de haberse asegurado de que la señora del carpintero holandés sería invitada al Salón de los Monos. Creo que al día siguiente llega-ron dos monos en una gran cesta, claro está. Buttercup, excitada por verlos, con poca cautela, abrió la tapa una fracción demasiado. «Ohh —chilló miss Ku—. Tírate debajo la cama, Feef, monos salvajes andan sueltos.» Nos zambullimos debajo de la cama para no estar en medio del paso, ní impedir la caza de los monos. El jefe, Ma y Buttercup corrían por todas las habitaciones, cerrando puertas y ventanas. Durante un rato fue la locura. Pa-recía que hubiera ordas de monos haciendo carreras por ahí. Miss Ku dijo: «Me quedaré cerca de la pared, Feef, y así estaré a salvo para agarrarte y tirarte hacia atrás si un mono viene por ti». Finalmente cogieron a un mono y lo metieron en la jaula y luego, después de mucha lucha, el segundo. La familia se sentó y se secaron el sudor de sus frentes. Pronto se levantó Buttercup y se transformó en una mujer del cuerpo sanitario corriendo por la casa y sa-cando las huellas de monos distribuidas en gran profusión por todas partes. Como dijo miss Ku sabiamente: «¡Ca-ramba! Menos mal que esos seres no vuelan, Feef!». El jefe y Ma fueron recorriéndolo todo también, poniendo las cosas en orden y ayudando a dejar el lugar en su estado pre-mono. El experimento monos no fue un éxito. El ruido, el olor, la conmoción general que causaban esas criaturas era demasiado. Un llanto frenético fue dirigido al hom-bre llamado Heddy. «Sí —acordó— estos salvajes monos 179 de los bosques sudamericanos no eran realmente apro-piados para casas privadas sino para zoológicos.» Se llevaría a los monos y dejaría quedarnos con uno domes-ticado, uno que había crecido en cautividad y por lo tanto apropiado para las casas. Una pálida y agitada fa-milia dijo: «¡No! —al unísono—, simplemente, llévese a éstos. Llévese también la jaula, es de una buena me-dida». Así pues, dos monos y una jaula muy grande espe-cialmente construida para ellos se fueron por el mismo camino por donde vinieron. Ahora miss Ku y yo pa-seábamos por la casa con más confianza, no constante-mente pendientes de los monos que podían haberse esca-pado. Cuando hubo desaparecido el olor y después de que hubieron limpiado a conciencia varias veces el por-che, pasábamos mucho tiempo allí. Era un lugar agra-dable, donde brillaba el sol sobre nosotros por las ma-ñanas y desde donde podíamos oler las flores que cre-cían en los jardines cercanos. Nos reíamos mucho de los monos pero sólo en retrospectiva, sólo en retrospec-tiva. Nuestra alegría por la marcha de los monos pronto se hizo mayor con una carta de la señora O'Grady. Sí, vendría, escribió. Su marido estaba muy contento de que tuviera una oportunidad semejante de viajar. «¿A qué se dedicaba él?», le susurré a miss Ku. «Era un hombre muy importante —me susurró ella—. Era la voz de un barco y solía hablar para que todo el mundo le oyese. Entonces le llamaban "chispas".» Miss Ku pensó por un momento y luego añadió: «Creo que tenía algo que ver con la radio, sí, debía ser así; ahora parece ser que hace toda la electricidad para Dublín». «¿Tienen familia, miss Ku?», pregunté yo. «Sí, claro —replicó ella—. Tienen una gatita niña, llamada Doris, también vendrá, y el señor perro Samuel que vigila la casa. Es casi tan viejo como tú, Feef.» 180 Las semanas fueron pasando. Una mañana el jefe nos llamó a miss Ku y a mí y nos dijo: «Bueno, gatas, la se-mana próxima habrá mucho trabajo y ruido. La reina de Inglaterra viene a Windsor, habrán bandas de música y fuegos artificiales; la señora O'Grady y Doris llegarán hoy. Tú, Ku, tienes que cuidar de Feef. Yo te hago res-ponsable de que Feef esté fuera de peligro». «O.K., jefe, O.K. —dijo miss Ku—. ¿No la cuido siempre como si fuera mi propia tatarabuela?» Había muchos prepara-tivos; Ma y Buttercup utilizaban cera extra para la casa, el jefe y nosotras utilizábamos energía extra intentando no estar en medio para impedir que nos barrieran. «Vamos al ático —dijo miss Ku finalmente—. Estas mujeres con su limpieza hacen que el lugar sea peligroso para vivir.» El tiempo era caluroso, terriblemente caluroso. Miss Ku y yo encontrábamos difícil incluso respirar. Del mis-mo modo que nuestro primer invierno en Canadá fue excepcionalmente frío, también ésta, la estación del calor era excepcionalmente calurosa. Como dijo miss Ku: «¡Caramba, Feef!, no se puede comer nada crudo ahora, todo se cuece con esta temperatura». Ma había ido a Montreal el día antes para poder volar de vuelta con la señora O'Grady. Hacia la una del día de llegada, el jefe sacó el gran coche y se fue al aeropuerto de Windsor. Buttercup deambulaba por ahí e iba mirando por la ventana todo el rato. Miss Ku dijo que había mucho que ver. Dentro de pocos días habría desfiles, bandas y aero-planos volando por encima. No en honor de la señora O'Grady, aclaró miss Ku, sino de la reina inglesa que estaba en el distrito. Habría espectáculos de fuegos artifi-ciales, lo que sabía que significaban grandes explosiones. Pero ahora estábamos esperando a nuestra buena amiga la señora O'Grady. Miss Ku y yo estábamos tomando una comida ligera 181 para fortalecernos. Buttercup miraba por la ventana. De repente dijo: «¡Ah!, aquí están» (lo dijo en inglés, ya que no hablaba gato) y entonces corrió escaleras abajo para abrir la puerta. «Tú no te metas en medio del paso, Feef —dijo miss Ku—. La joven hija gatita tal vez sea algo patosa con los pies.» «Todos los humanos lo son», dijo con un pensamiento retardado. «Tú quédate cerca de mí y yo haré que no te pase nada.» Había una gran conmoción en la escalera, charlas y risas y el ruido de maletas al ser depositadas con estruen-do en el suelo. «¡Caramba! —dijo miss Ku— la pobre Ve O'G tan acalorada como un pedazo de bacon recién frito. Espero que sobreviva.» Finalmente llegaron arriba de la escalera y la señora O'Grady se dejó caer sobre la silla más cercana. Cuando se hubo recuperado un poco Ma dijo: «Sal al balcón, tal vez se esté más fresco» Todos nos dirigimos allí y nos sentamos. Durante un rato se habló de Irlanda, un tema muy querido por el jefe y Ma. Luego empezaron a hablar de la reina inglesa, un tema amado por Buttercup, pero que dejaba frío al jefe. Miss Ku dijo: «Si quieres hablar de reinas, nosotras somos las mejores reinas que jamás conocerás». La se-ñora O'Grady parecía más y más acalorada. Finalmente se retiró al piso de abajo donde se refrescó con la mejor agua de Windsor y a su debido tiempo volvió algo más fresca. Ma se había preocupado de que la señora O'Grady e hija se instalaran en un buen hotel, el Metropole, y des-pués de mirar durante un buen rato las luces de Detroit, el jefe y Ma las llevaron al hotel. Miss Ku fue para ense-ñarle el camino al jefe y decirle por dónde conducir. Su-pongo que sería una media hora más tarde cuando el jefe, Ma y miss Ku volvieron y todos nos fuimos a la cama para descansar y estar preparados para el día si-guiente. Por la mañana Ma dijo: «Las recogeremos después 182 de desayunar cuando vayamos por el correo. Creo que deberíamos llevarlas a dar una vuelta en coche por Wind-sor para que vean el lugar». Tomamos el desayuno y en-tonces miss Ku y yo ayudamos al jefe a vestirse. Está muy enfermo, sabéis, y ha soportado lo bastante como para acabar con cualquiera. Ahora tiene que descansar mucho y cuidarse. Miss Ku y yo hemos dedicado nues-tras vidas a cuidarle. Pronto él y Ma bajaron por la esca-lera trasera y cruzaron el jardín hasta el garaje. Nuestra propietaria vivía en Detroit, pero en Windsor sus asuntos estaban bien vigilados por su prima, una señora muy agradable que siempre nos hablaba muy educadamente a miss Ku y a mí. A todos nos gustaba mucho. Nuestro coche era demasiado grande para entrar en el garaje de nuestra casa, así que la prima de nuestra propietaria nos dejaba tener el coche en su garaje que era muy grande desde luego. Sí, era una mujer muy agradable y hablaba mucho con nosotras. Recuerdo que un día nos contó que en vida de su padre todos los que llegaban aquí traba-jaban con escopetas al lado debido a la auténtica ame-naza de ataques indios. Su padre, nos dijo, llevaba al ganado vacuno a beber en el río donde habían ahora las vías de tren. Tenía otra casa a unas millas de Windsor que era una verdadera cabina de leños, construida con leña de nogal. Miss Ku fue a verla una vez y se quedó muy impresionada por las extrañas criaturas que vivían debajo de los peldaños. «¡Saltamontes gloriosos! —dijo miss Ku—, tardan mucho.» Pensamos que era una pér-dida de tiempo sentarnos y esperar, así es que subimos al ático y nos hicimos la manicura con la ayuda de las vigas y tomamos un refrescante baño de polvo. Desde la repisa más alta de la casa, miss Ku miró hacia abajo a la calle unos cuarenta y cinco pies debajo. «Han lle-gado», gritó y saltó ágilmente al suelo del ático. Corriendo por las escaleras llegamos justo a tiempo de decirles 183 hola al entrar. El jefe me cogió sobre su hombro y me subió arriba. Miss Ku corría delante llamando a Butter-cup para que viniera y dijera «buenos días, visitantes». «Fuimos a ver los buques de guerra británicos —dijo el jefe—, están amarrados en el parque Dieppe. Tam-bién dimos una vuelta por la ciudad. Ahora la señora O'Grady quiere sentarse y recuperarse del calor.» Cogi-mos sillas y las llevamos al balcón. La señora O'Grady estaba desde luego muy interesada en la vista del río, con barcos procedentes de todas partes del mundo pa-sando por delante de sus ojos. El jefe habló de una ruta marítima diciendo que era por esa razón que había tan-tos barcos. No lo entendí en absoluto y miss Ku fue muy vaga, pero parece que los humanos habían cavado un hoyo para que el agua de los grandes lagos pasara más de prisa al mar. Como que algunas ciudades americanas cogían demasiada agua colocaron compuertas y unos cana-dienses tenían las llaves. Tenían que abrir las compuer-tas y dejar salir algo de agua para que pudiera pasar un barco, entonces cerraban la compuerta de atrás y abrían otra vez la de delante. Todo era muy misterioso para miss Ku y para mí, pero el jefe lo sabía todo sobre esto y se lo contó a la señora O'Grady que parecía entender de lo que se trataba. Pasaron unos cuantos días en los que la familia lle-vaba a la señora O'Grady a contemplar las vistas. A mí me parecía que era una pérdida de tiempo, ya que como decía miss Ku éstas pasaban por delante de nuestra ven-tana. « ¡Eh, Feef! —exclamaba—. Mira a esa mujer, ¿verdad que es una buena vista?» Había mucha activi-dad delante de nuestra casa, habían hombres colocando adornos y papeleras. Pequeños botes con encargados del trabajo pasaban rugiendo por el agua gritando para de-mostrar su importancia. Las muchedumbres venían y se sentaban sobre las vías de tren, mirando al otro lado del 184 agua y cantidades de coches parados entorpecían la cir-culación por las carreteras. La familia se sentaba en el balcón. El jefe hizo muchas fotografías y ese día tenía una cosa con tres patas con una máquina encima. Sobre la máquina había lo que miss Ku llamó un telefoto, sufi-cientemente potente como para fotografiar un gato en De-troit. La señora O'Grady se movía impaciente en su silla. «¡Mirad! —exclamó muy excitada—. Toda la orilla estadounidense americana está alineada con chaquetas ro-jas de la guardia montada.» Miss Ku se aguantó la risa mientras el jefe replicaba: «No, señora O'Grady no son la guardia montada, es un tren cargado de tractores rojos que han sido exportados de Canadá». Como dijo miss Ku, parecían tropas con chaquetas rojas, así que cualquiera podía ser disculpado por tan inocente equivocación. Se acercaban más barcos por el río. El ruido de la muchedumbre se ahogó temporalmente, luego un gran bla, bla, bla, y grandes gritos de júbilo. «Allí está —dijo Ma— sola de pie sobre la cubierta trasera.» «Y allí está el príncipe —dijo Buttercup—, más al centro del barco.» «Tomé una bonita foto de ese helicóptero —dijo el jefe—. Un hombre estaba asomado a la ventanilla y foto-grafiaba a los barcos debajo. Será una buena foto.» Los barcos fueron alejándose río arriba y al desaparecer el último bajel de la vista, se volvieron a poner en marcha los coches. La muchedumbre se dispersó, y como dijo miss Ku todo lo que quedó para recordarlo fue media tonelada de basura. Otra vez volvieron los ferríes de trenes a cruzar y cruzar el río y los trenes tronaban y ululaban a lo largo de las vías delante de nuestras ven-tanas. Mientras había todavía luz, arrastraron algunas bar-cazas hacia el centro del río y las dejaron sobre el agua allí donde Canadá se volvía Estados Unidos y Estados Unidos se volvía Canadá. Parece que si los fuegos arti- 185 fidales salian desde esta posición, ambos países y no uno solo serían responsables por los daños que pudieran causarse. Otra vez se juntó el gentío trayendo con ellos comida y bebida, sobre todo lo último. Todos los trenes pararon y alguien debió decir a los barcos que no podían ír más lejos. Finalmente llegó la hora de los fuegos arti-ficiales. No ocurrió nada. Pasó más tiempo y todavía no pasaba nada. Un hombre gritó que una de las piezas de los juegos artificiales había caído al agua. Finalmente se oyeron unos cuantos petardos ni suficientemente altos para asustar a un gatito recién nacido y miss Ku dijo que habían unas luces extrañas en el cielo. Y entonces se acabó todo. El jefe y Ma dijeron que ya era hora de llevar a la señora O'Grady al hotel. Ma dijo: «Toma-remos un taxi, nunca podremos sacar el coche del garaje con una multitud semejante». Llamó a la compañía de taxis y le dijeron que todos los taxis estaban parados en embotellamientos de tráfico. «Había un millón de per-sonas o más delante del río —le dijeron— y el tráfico es como un bloque sólido.» El jefe sacó el coche y él, Ma y la señora O'Grady desaparecieron entre la multi-tud. Más de un hora después volvieron Ma y el jefe y dijeron que habían tardado una hora para hacer dos millas. Al día siguiente el jefe y Ma llevaron a la señora O'Grady a ver Detroit, condujeron mucho y luego vol-vieron a miss Ku y a mí. La señora O'Grady dijo que quería hacer algunas compras allí, así que ella, Ma y Buttercup se fueron juntas, dejándonos a miss Ku y a mí cuidando del jefe. Ésa fue una semana muy llena, muy ocupada como si fuesen dos o tres semanas de cosas para ver comprimidas en una. Muy pronto los de los aviones tuvieron que fletar un avión de vuelta a Irlanda, a Shannon, desde donde habíamos salido nosotros. El jefe y Ma llevaron a la señora O'Grady e hija 186 aeropuerto de Windsor. Como oímos que le decía Ma a Buttercup más tarde, esperaron hasta que el avión des-pegó. Los O'Grady comenzaban un viaje de vuelta a Irlanda que nosotros hubiéramos deseado poder hacer. El jefe había probado duramente encontrar trabajo en Windsor o en Canadá. No le importaba ir a cualquier sitio en el campo. Lo único que le ofrecieron una vez fue trabajar como jornalero y esto es demasiado tonto para describirlo. Canadá, estamos todos de acuerdo, es un país de lo menos civilizado y todos vivimos para ver el día en que podamos dejarlo. De todos modos este libro no es un tratado de los defectos del Canadá; esto, de todas formas, llenaría una biblioteca entera. Miss Ku y yo podíamos salir a menudo al jardín ahora, nunca solas, claro, ya que habían muchos perros en el distrito. Los gatos siameses no tememos a los perros, pero los humanos sí tienen miedo de lo que nosotros podamos hacerles a los perros. Es bien sabido, que se nos ha visto saltar sobre la espalda de un perro que nos ataca, clavar las pezuñas y montar como un humano monta un caballo. Aparentemente estaba permi-tido que los humanos se ataran púas de hierro en los talones y arrancasen los costados de un caballo con ellas, pero si nosotros clavábamos las pezuñas a un perro en defensa propia, se nos llamaba salvajes. Esa tarde se estaba muy bien. Estábamos juntas de-bajo de la silla del jefe —es muy grande; para sus doscien-tas veinticinco libras necesita una gran silla— cuando todo un grupo de coches pasó por nuestro lado haciendo sonar sus estridentes bocinas. Nunca me había preocupado antes por esto, pues pensaba que simplemente eran canadien-ses, con lo que no hacía falta que las cosas que hicieran tuvieran sentido alguno. Se me ocurrió decir: «Miss Ku, me pregunto por qué hacen todo este ruido». Miss Ku era muy erudita y al no ser ciega me llevaba una gran 187 ventaja. «Te lo diré, Feef —replicó—. Aquí cuando un Tom y una reina humanos se casan, ponen cintas en sus coches y conducen en procesión haciendo sonar las boci-nas todo el rato. Supongo que significa: "Vigilad, un gru-po de locos se acerca".» Se sentó más cómodamente y añadió: «Y cuando un humano muere y se lo llevan para echarlo en un agujero en la tierra, todos los coches del funeral dejan sus luces encendidas y llevan banderas azules y blancas que ponen "funeral" volando al lado de los coches. Tienen derecho a pasar en el tráfico y no tienen que parar en los semáforos». «Esto es muy intere-sante, miss Ku, muy interesante», dije yo. Miss Ku mordió una brizna de hierba unos instantes y luego dijo: «Podría contarte muchas cosas sobre Canadá. Aquí, por ejemplo, cuando un humano muere se lo llevan a una casa de funerales, lo arreglan, embalsamar lo llaman, le pintan la cara y lo muestran en sus ataúdes o cajas como las llaman aquí. Entonces unas personas les ofrecen los últimos respetos: A veces ponen el cuerpo medio sentado en la caja. El jefe dice que estas casas de funerales son los mayores negocios que se han hecho nunca. También cuando la gente va a casarse sus amigos los duchan». Miss Ku paró y rió a carcajadas. «Cuando oí esto por primera vez, Feef —rió—, pensé que los amigos les daban un baño, sabes, una ducha. Pero no, significa que los duchan con regalos. Sobre todo con cosas que no quieren o cosas que todo el mundo les da. ¿Que hace una novia con media docena de coladores de café» Suspiró. «Es un país de locos realmente», dijo. «Lo mismo con los niños. No les hacen nada a los queridos niñitos, no les riñen, tienen guardias especiales que les ayudan a cruzar la calle. Los tratan como si no tuvieran cerebro propio, lo cual está bien, pero el problema llega cuando dejen el colegio, estarán solos. Nadie les cuidará entonces. En estas partes, Feef, existe la insana costura- 188 bre de cuidar demasiado al gatito humano. Nunca hacen nada malo. Malo para ellos, Feef, malo para el país. Deberían poner disciplina o años más tarde caerán en el crimen por haber sido tratados demasiado suavemente cuando eran jóvenes. Los niños de aquí son rastreros y gamberros, ¡bah!» Yo asentí con simpatía. Miss Ku tenía razón. Mima demasiado a un gatito y construye los ci-mientos para un adulto insatisfecho. El jefe se levantó. «Si vosotras, gatas, queréis quedaros aquí más rato —dijo-- yo iré arriba a buscar la máquina de fotografiar. Quiero fotografiar estas rosas.» El jefe era un gran amante de la fotografía y tenía una maravillosa colección de fotos de color. Dio la vuelta y subió en busca de su buena máquina japonesa Topcon. «Psss», susurró al gato del otro lado de la calle, «Psss, tengo algo que deciros, lady Ku'ei si vienes un momento a la cerca». Miss Ku se levantó y fue paseándose tranquilamente hasta el cercado metálico al lado del jardín. Ella y el gato del otro lado de la calle hablaron en susurros durante un rato, luego miss Ku volvió y se sentó junto a mí otra vez. «Sólo quería darme lecciones en el último argot americano —dijo ella—. Nada importante.» El jefe salió con su cámara para fotografiar las flores. Miss Ku y yo nos retiramos debajo de unos arbustos, ya que odiábamos que se nos fotografiara. También odiábamos que nos mirasen turistas curiosos. Miss Ku tenía un mortificante recuerdo de una estúpida mujer canadiense metiendo sus narices por la ventanilla del coche señalando a miss Ku y diciendo: «¿Qué es, un mono?» Pobre miss Ku, enrojecía toda ella cada vez que lo pensaba. Esa noche, al ser sábado, había demasiada gente fuera. Había una especie de fiesta en una casa de bebidas un poco más arriba de la calle. Los coches iban rugiendo por ahí y se oían muchos gritos y discusiones mientras los hombres regateaban con mujeres que esperaban en 189 la calle. Nosotros nos fuimos a la cáma, Buttercup se quedó en una habitación lateral de la casa donde tenía fotos de monos y gatitos humanos y la estatua de un bulldog llamado Chester. Ma y miss Ku tenían una habi-tación que daba a la parte delantera de la casa y el jefe y yo dormíamos en otra habitación que daba delante también, de cara a Detroit y al río. Pronto oí el clic del interruptor al cerrar el jefe la luz y el crujir de la cama al meterse en ella. Yo me quedé sentada un rato sobre la ancha repisa de la ventana, recogiendo los sonidos de la noche y pensando. ¿Pensando? ¿Qué estaba pensando? Bueno, estaba comparando el duro pasado con el agra-dable presente y pensando que, como me había dicho el viejo manzano, ahora tenía un hogar, era amada y vivía en paz y felicidad. Ahora, porque sabía que podía hacer lo que quisiera o ir a cualquier parte de la casa, ponía un cuidado particular en no hacer nada que hubiera podido ofender a la incluso lejana madame Diplomat en Francia. Recuerdo el lema del jefe: «Haz lo que te gus-taría que te hiciesen a ti». Una cálida ráfaga de felicidad me embargaba. El jefe respiraba suavemente y crucé la habitación yendo hasta su cama para asegurarme de que estaba bien. Me enrosqué sobre su cama y caí dormida. De repente me desperté por completo. La noche estaba silenciosa excepto por un ruido lejano como de raspar. ¿Una rata? Escuché durante un rato. El raspar continuaba. Luego se oyó el ruido sordo como de madera al astillarse. Salté silenciosamente de la cama cruzando la habitación en busca de miss Ku. Ésta entró en aquel momento en la habitación: «Tengo noticias para ti, mejor será que te lo creas. Me enteré de ello hoy por el gato del otro lado de la calle. Hay un ladrón abajo, ¿vamos a cortarle el cuello?» Yo pensé durante un rato, los gatos siameses hacen cosas por el estilo en defensa de su propiedad, pero luego pensé que se nos suponía 190 civilizados así que dije: «No, creo que deberíamos avisar al jefe, miss Ku». «Oh, de acuerdo, sí —exclamó ella—, pronto le romperá las siete costillas a ese ladrón.» Yo salté a la cama y suavemente le di al jefe unas palmaditas en el hombro. Alargó la mano y me acarició la barbilla. «¿Qué pasa, Feef?», preguntó. Miss Ku se encaramó de un salto y se sentó sobre su pecho: «Eh, jefe, hay un ladrón abajo. Dale una buena tunda». El jefe escuchó por un momento y luego silenciosamente buscó sus zapatillas y su bata. Tras coger una potente linterna que había ahí cerca, se arrastró sigilosamente por la escalera con miss Ku y yo siguiéndole. Buttercup salió de su habitación. «¿Qué pasa?», preguntó. «Shh, ladro-nes», dijo el jefe mientras continuaba bajando. Debajo nuestro el raspar había parado. Miss Ku gritó: «Ahí está». Oí unos pasos pesados y el golpe del portillo del jardín. Ahora Ma y Buttercup se habían unido ya con el jefe. Todos registramos el piso bajo. Una fuerte brisa entraba por una ventana abierta. «¡Por todos los demo-nios! —exclamó miss Ku—. El tipo ha roto el marco de la ventana.» El jefe se vistió y salió para clavar el marco de la ventana rota. No llamamos a la Policía. Una vez antes un grupo de niños robaron el portillo trasero. Ma llamó a la Policía y cuando finalmente llegó un policía dijo: «Mm, tienen ustedes suerte de que no se llevaran el tejado sobre sus cabezas». Nosotros los gatos siameses tenemos un gran sentido de la responsabilidad. En el Tibet guardamos los templos y también cuidamos a los que amamos aunque nos cueste la vida. He aquí otra de nuestras leyendas. Hace cientos y cientos de años vivía un viejo que era el guardián de las selvas de una vieja lamasería en el Lejano Oriente. Vivía en lo más profundo de un bosque, compartiendo su cueva con una pequeña reina siamesa que había sufrido muchas penalidades en este mundo. 191 Juntos, el viejo guardia, que era venerado como un santo, y la pequeña gata siamesa paseaban por los caminos del bosque, ella a una respetuosa distancia detrás de él. Jun-tos iban en busca de animales enfermos o hambrientos, llevándoles consuelo a los afligidos y ayuda a los que tenían miembros rotos. Una noche el viejo guardián, que de hecho era un monje, se retiró a su cama hecha con hojas, agotado por un excepcional día de trabajo. La pe-queña gatita se enroscó cerca suyo. Pronto estuvieron dormidos, sin temer ningún peligro, ya que eran los amigos de todos los animales. Incluso el salvaje jabalí y el tigre respetaban y amaban al guardián y a la gata. Durante las horas más oscuras de la noche, una ser-piente venenosa con malévola intención reptó dentro de la cueva. Celosa y con una maldad insana que sólo una serpiente venenosa podía mostrar, se deslizó sobre la cama de hojas del durmiente monje y estaba a punto de darle con las venenosas fauces. Saltando sobre sus pies, la gata se lanzó al cuello de la serpiente distrayendo su atención del ahora despierto monje, La batalla fue larga y feroz con la serpiente culebreando y retorcién-dose a lo largo y ancho de la cueva. Finalmente, casi desplomándose de agotamiento, la gata mordió en la espina dorsal de la serpiente que pronto quedó inmovi-lizada por la muerte. Suavemente el monje separó a la gatita de los monstruosos pliegues de la serpiente muer-ta. La acunó en sus brazos y dijo: «Gatita, hace ya tiem-po que tú y los de tu especie nos habéis cuidado a nos-otros y a nuestros templos. Siempre tendréis un lugar en los hogares, los fuegos y los corazones del hombre. A partir de ahora nuestros destinos estarán unidos». Yo pensé en todo esto mientras nos dirigíamos todos en tropel otra vez a nuestras habitaciones para dormir. El jefe estiró su brazo y me tiró de las orejas cariñosa-mente, luego se dio la vuelta y se quedó dormido. Capítulo XI «¡Feef!» Miss Ku subía la escalera en un gran estado de excitación. «¡Feef! —exclamó al llegar arriba y entrar en la habitación. El viejo ha perdido el juicio», murmuró para sí misma mientras entraba corriendo en la cocina en busca de algo de comer. ¿El jefe había perdido el juicio? No podía entender lo que quería decir; sabía que había llevado a miss Ku en coche a Riverside. Ahora, después de haber estado fuera más de una hora, miss Ku decía que él había perdido la cabeza. Salté a la repisa de la ventana y reflexioné sobre ello. En el río un buque hizo sonar la sirena, cuya señal, nos había dicho el jefe, quería decir: «Giro hacia el puerto». Se oyó el suave patear de pies y miss Ku saltó ligera junto a mí. «Tiene una roca en la cabeza del tamaño de la colina de Howth», dijo ella mientras se lavaba cuida-dosamente. «Pero, miss Ku —expuse yo—. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha perdido el jefe la cabeza?» «Oh —re-plicó ella—. Íbamos conduciendo tan pacíficamente y de repente al viejo se le metió una abeja en el sombrero. Paró el coche y miró el motor. "No me gusta el ruido que hace —dijo él—. Sé que va a ocurrir algo." Ma es-taba allí sentada como un pato relleno sin decir nada. Volvió a subir al coche y al arrancar dijo: "Llevaremos a Ku a casa y luego iremos al garaje a ver qué otros coches tienen". Así que aquí estoy, después de haberme echado aquí como si fuera un montón de basura mientras ellos van placenteramente por aquí y por allá en mi coche.» Se sentó malhumorada en el borde de la repisa murmurando para sus adentros. «¡Oh!», miss Ku saltó y bailó sobre la repisa de la ventana en un ataque de excitación. «¡Caramba! —gritó, 193 con la voz haciéndosele más y más aguda—, es realmente fantástico, muy elegante, un tremendo automóvil. Blanco y rosa.» Yo seguí sentada y quieta, esperando a que se calmara y me dijera lo que estaba ocurriendo. En aquel momento oí la puerta de un coche al cerrarse y unos segundos más tarde, el jefe y Ma subían por la escalera, «¿coche nuevo, eh?», preguntó Buttercup. «Bueno —pensé yo—, ahora sabré la historia.» «Sí, otro coche, un Mercurio —dijo el jefe—. No ha tenido más que un propietario y muy pocas millas. Un buen coche. Creo que con el otro tendrán problemas de levas. Éste está a prueba por el día, ¿queréis dar una vuelta?» Miss Ku saltó sobre sus pies y corrió hacia la puerta para que por lo menos a ella no la olvidaran. «¿Vienes a dar una vuelta en el nuevo coche, Feef?», preguntó el jefe mientras me acariciaba la barbilla. «No, gracias —repliqué yo—. Me guedaré aquí con Ma y vigilaré la casa.» Me dijo que era una vieja vaga y luego bajó la escalera. Miss Ku y Buttercup estaban sentadas en el coche. Les oí arrancar y luego Ma y yo preparamos el té para cuando volvieran. Ring, ring, ring, dijo el teléfono. Ma corrió a cogerlo, ya que a los teléfonos no les gusta que los hagan esperar. «Oh, hola, señora Durr», dijo Ma. Escuchó un momento. Yo podía oír los encubridos sonidos del teléfono, pero no lo bastante fuertes para poder comprenderlos. «Ha salido, está probando un coche nuevo. Se lo diré cuando vuelva», dijo Ma. Ella y la señora Durr hablaron durante un rato y luego Ma volvió a su trabajo. Prontc oímos al jefe, a Buttercup y a miss Ku que venían poi la escalera de atrás después de guardar el coche. «La señora Durr ha telefoneado —dijo Ma— sólo era uní llamada amistosa, pero ha tenido algún problema, al guien la ha dejado colgada con el local que iba a alqui, lar.» A todos nos gustaba la señora Durr. Después de 194 haber trabajado duro para otra empresa iba a poner su propia librería que iba a llamarse «Tierra del libro» en la Plaza Dorwin, en Windsor. «Está furiosa —dijo Ma—, no tiene donde guardar los libros y cosas hasta que pueda trasladarse a la tienda nueva en Dorwin». El jefe siguió tomando su té sin decir nada hasta que hubo ter-minado, entonces: «¿Por cuánto tiempo quería el sitio?», preguntó. «Un mes, no más», dijo Ma. «Dile que venga a vernos. Puede guardar todas las cosas en el apartamento de abajo por un mes. Pagamos el alquiler, la propietaria no puede decirnos nada mientras no vendamos allí.» Ma se dirigió al teléfono y marcó el número... «Ahí está Ruth», gritó miss Ku. «Ku —dijo el jefe—, tú no eres canadiense para llamar a todo el mundo por su nombre de pila, es la señora Durr.» «¡Uf! —dijo miss Ku—, es Ruth para mí y el pequeño caballero señor gato es Chuli, no señorito Durr.» La señora Durr subió las escaleras de delante y todos dijimos hola y luego todos bajamos por las escaleras tra-seras para ver el apartamento de abajo. El jefe me puso sobre su hombro porque creyó que habrían demasiados pies para yo poder evitarlos, ya que no los veía. «Bueno, aquí estamos, señora Durr —dijo el jefe—. Puede guar-dar sus cosas aquí y trabajar todo el día si quiere. No puede vender aquí, ni puede pagarnos ningún alquiler. Entonces ni la propietaria ni el Municipio de Windsor City pueden objetar. No hay tiendas por aquí, como ya sabe.» La señora Durr parecía muy contenta. Jugó con-migo y yo di mi mejor ronroneo de segundas, siempre guardamos los mejores para la familia. Yo sabía que el señor Chuli Durr podría explicarle esto a ella cuando fuera algo más viejo. En aquel momento era todavía un gatito pequeño, desde luego, con su rostro y su cola to-davía blancos. Ahora en este momento en que escribo, creo entender que se ha convertido, desde luego, en un 195 magnífico ejemplar de Tom. Recientemente, miss Ku recibió una foto de él y lo describió con gran gusto y detalladamente. A la mañana siguiente trajeron cantidades y cantida-des de libros al apartamento de abajo. Durante la mayor parte de la mañana parecía haber hombres cargando gran-des cajas y gruñendo fuertemente mientras luchaban para meter esas cajas por las puertas. Poco después de la comida oí que venían más hombres «Los hombres del teléfono —dijo miss Ku—, tiene que tener un teléfono, ¿no? Cualquier tonto sabría esto.» Se oyeron ruidos como de martillazos y poco después sonó la campanilla del teléfono al probarlo. «Voy a bajar para ver si todo va bien», dijo miss Ku. «Espera un minuto, Ku —dijo el jefe—. Deja que terminen esos hombres y entonces bajaremos todos a ver a la señora Durr.» Me pareció a mí que lo mejor que podía hacer era tomar algo de comer, ya que no sabía cuánto tardaríamos. Me dirigí hacia la cocina y tuve la suerte de descubrir a Ma que acababa de poner una porción de comida fresca. Le di un empujoncito con mi cabeza y me froté contra sus pier-nas a modo de gracias. Qué lástima pensé, que todavía no hable gato como el jefe. Al poco rato el jefe abrió la puerta de la cocina que daba a la escalera trasera. Miss Ku corrió de cabeza hacia abajo y yo ahora podía arreglármelas con la escalera, conociendo todos los peldaños y sabiendo que no habría obstáculos. El jefe era muy firme con esto. Era fanática-mente quisquilloso en lo referente a que mis «rutas» estuvieran siempre libres de obstáculos y que los muebles estuvieran siempre en el mismo sitio. Supongo que como que el jefe había estado ciego durante un año, entendía mis problemas mejor que nadie. Bajamos corriendo la escalera y patinamos al parar en seco ante la puerta de la señora Durr. La abrió y nos 196 dejó entrar encantada. Yo esperé al jefe en la puerta, ya que no conocía los obstáculos. Me cogió y me llevó den-tro, colocándome sobre una gran caja para que pudiera husmear todas las noticias. Algunas eran mensajes mal educados dejados por perros, otros olores indicaban que el fondo de la caja había estado sobre un suelo húmedo. En un libro leí un mensaje de Sr.-Srta. Stubby Durr. Él-ella estaba encantado de tener al. señorito Chuli Durr a quien cuidar. Miss Ku dio un suspiro ante esos felices recuerdos. «El viejo Stubby era un compañero muy agradable —dijo—. Es triste tener que decir que algo se mezcló cuando le dieron el sexo, el pobre Stubby tenía [os dos. Daba vergüenza. Yo fui una tarde a casa de [os Durr y apenas si podía mantener la mirada fuera de..., no, quiero decir que no sabía dónde mirar.» «Sí, sí, miss Ku —dije yo—, pero tengo entendido que él-ella tiene un carácter muy dulce y el señorito Chuli Durr estará bien atendido.» Miss Ku salía mucho en el coche Mercurio, y veía todas las cosas interesantes alrededor o iba a Leamington y lugares así. Yo estaba encantada cuando volvía y me [o contaba todo, me explicaba todas las cosas que yo no podía ver. Una tarde cuando volvió estaba radiante de placer. Dándome empujoncitos dijo: «Ven debajo de la :ama, Feef, te lo contaré todo». Me levanté y la seguí bajo la cama. Juntas nos sentamos muy cerca una de la ntra. Míss Ku empezó a lavarse y mientras se lavaba lablaba. «Bueno, Feef, empezamos la excursión yendo Yor la autopista. Pasamos muchas paradas de frutas y verduras donde la gente vendía los productos que ha-Día hecho crecer. Buttercup gritaba ¡ohhh! y ¡ahhh! cada vez que pasábamos una. Pero el jefe no paró. Seguimos Parchando un poco y luego más. Fuimos en dirección 11 lago y entonces pasamos una fábrica donde hacían :incuenta y siete variedades distintas de comida. Piensa 197 en esto, Feef, piensa en cómo te gustaría perderte ahí.» Lo pensé y cuanto más lo pensaba más segura estaba de que nada podía ser mejor que mi presente hogar. Cin-cuenta y siete variedades de comidas, tal vez, pero aquí tenía una variedad de amor, el mejor. El mero pensa-miento me hacía ronronear. «Entonces fuimos a echar un vistazo al lago —dijo miss Ku—, y vimos que el agua estaba tan mojada como la de Windsor, así que dimos la vuelta y volvimos a casa. En las paradas de fruta, Buttercup hizo: "¡Ah! ¡Oh!", así que el jefe paró y ella bajó y compró algunas de esas apestosas cosas que hacen paf cuando las muerdes. Estuvo radiante todo el camino de vuelta y de vez en cuando tocaba las apestosas frutas y pensaba en cómo iba a atacarlas. Entonces giramos hacia Walkerville y recogimos el correo y aquí estamos.» «Vosotras gatas deberíais abrocharos las orejas —dijo el jefe—, mañana trasladarán las cosas de la señora Durr, ahora ya tiene terminado su local en la Plaza Dorwin.» «¡Oh!, chilló miss Ku—, ¿me llevarás a verlo?» «Claro —dijo el jefe—. Y a Feef también si quiere.» Fuimos abajo y llamamos a la puerta. La señora Durr la abrió y muy educadamente nos invitó a pasar. Miramos por todas las habitaciones, husmeamos todas las cajas de li-bros empaquetadas, listas ya para ser transportadas a la nueva tienda. «¿Por qué las habían desempaquetado, miss Ku?», pregunté yo. «Porque, vieja gata tonta —dijo miss Ku—, tenía que mirarlos para asegurarse de que estaban allí y hacer un catálogo. Cualquier gato sensato sabría esto. De todos modos yo vi como lo hacía.» Me acerqué a la señora Durr y me froté contra ella para demostrarle que sentía que tuviera que trabajar tanto. Entonces el jefe y Ma bajaron y todos salimos fuera al jardín a oler las rosas. Unos días más tarde el jefe y Ma estaban discutiendo gravemente. «Los precios en este país son tan fantástica- 198 mente altos que tendré que encontrar un trabajo», dijo el jefe. «No estás lo suficiente bien de salud», dijo Ma. «No, pero así y todo tenemos que vivir. Iré a la Oficina de Empleo a ver qué dicen. Después de todo puedo escribir, he estado en la radio y hay muchas cosas que sé hacer.» Salió en busca del coche. Ma le llamó: «Ku quiere ir a Walkerville con nosotros a buscar el correo». Poco después el jefe condujo el coche delante de la casa v Ma salió llevando a miss Ku. Subió al coche y se fueron. Hacia la hora de comer volvieron con un aspecto sombrío. «Ven debajo de la cama, Feef —susurró miss Ku—, te contaré lo que ocurrió.» Me levanté y me dirigí a nuestro rincón de confidencias bajo la cama. Cuando estuvimos bien instaladas, miss Ku dijo: «Después de recoger el correo, fuimos a la Oficina de Empleo. El jefe bajó del coche y entró. Ma y yo nos quedamos sentadas en el coche. Al cabo de mucho rato el jefe salió con un aspecto como de estar realmente harto de todo. Entró en el coche, lo puso en marcha y arrancó sin decir ni una palabra. Fuimos a ese sitio debajo del Puente Em-bajador, ¿sabes, Feef?, donde te llevamos. Paró el coche y dijo: "Ojalá pudiéramos irnos de este país". "¿Qué pasó?", preguntó Ma. "Entré —dijo el jefe— y una ofici-nista detrás del mostrador se rió tontamente, haciendo ruidos como de cabra, mientras manoseaba una imagi-naria barba. Yo me dirigí a otro empleado y le dije que quería trabajo. El hombre rió y dijo que no encontraría otra cosa más que trabajo manual como cualquier otro... P. D." "¿P.D.?", preguntó Ma. 'Qué es esto" "Persona desplazada —replicó el jefe—. Estos canadienses creen que son un regalo al mundo del cielo, creen que cual-quier extranjero es un ex presidiario o algo parecido. Bueno, el hombre me dijo que ni siquiera encontraría trabajo de jornalero si no me afeitaba la barba. Otro 199 empleado vino y dijo: "No queremos beatniks aquí, damos nuestros trabajos a los canadienses".» Miss Ku paró y suspiró con simpatía. «El jefe lleva barba porque no puede afeitarse, sus huesos de la man-díbula se los rompieron los japoneses a patadas cuando estaba prisionero. Ojalá pudiéramos salir de Canadá o por lo menos fuera de Ontario», añadió miss Ku. Yo sentía más lástima de lo que podía describir. Yo sabía lo que era sentirse perseguido sin ninguna razón válida. Me levanté, me acerqué al jefe y le dije cuánto lo sentía. Miss Ku me llamó: «No le digas nada a Buttercup, no queremos desilusionarla sobre Canadá. Oh, olvidé que no entiende gato». Durante el resto del día, el jefe se quedó muy quieto y tenía poco que decir a nadie. Cuando esa noche nos fuimos a la cama, yo me senté junto a su cabeza y ronroneé hasta que cayó dormido. Después de desayunar a la mañana siguiente, el jefe llamó a miss Ku y dijo: «Eh, Ku, vamos a la Plaza Dorwin a ver la tienda nueva de la señora Durr. ¿Vienes?». «Jolines!, sí, señor jefe», dijo miss Ku excitada. «¿Y tú, Feef?», me preguntó el jefe. «Yo no, jefe, gracias —re-pliqué yo—, ayudaré a Buttercup a cuidar de la casa.» Mientras el jefe, Ma y miss Ku visitaban la tienda de la señora Durr, Buttercup se tomó un baño extra y yo me senté sobre la cama del jefe y pensé y pensé. «¡Eh! —chilló miss Ku mientras corría escaleras arri-ba—. Eh, Feef, tiene un local muy bueno, no puedo que-darme, tengo que comer algo antes.» Cruzó corriendo la habitación, desordenando las alfombras y entró en la cocina. Yo salté perezosamente de la cama y escogí cui-dadosamente mi camino, cuidadosamente porque no que-ría tropezar con una de las alfombras mal puestas. «Oh, desde luego tiene un bonito local —dijo miss Ku entre mordiscos—, tiene tarjetas para todas las ocasiones, car- 200 tas de felicitación para cuando entras en la cárcel, cartas de condolencia para cuando eres lo suficiente bobo de entrar en Canadá, y cartas de pésame para cuando te casas. En cuanto a libros tiene de todo. Tiene cantidades le libros del jefe, El tercer ojo y El médico de Lhasa. Deberías ir, Feef, es justo yendo a Dougal, al otro lado de las vías del tren y todas las tiendas a la derecha son Plaza Dorwin. El jefe te llevará en cualquier momento. También tiene libros franceses, Feef.» Me sonreí a mí misma y el jefe reía a carcajadas detrás mío. «¿Cómo va a leer mi Feef si es ciega?», le preguntó a miss Ku. Oh! —exclamó contraída—. Olvidé que la pobrecilla no puede ver.» El jefe se puso enfermo. Muy enfermo. Creímos que iba a morir, pero de algún modo se las arregló para agarrarse a la vida. Una noche mientras le cuidaba, los Dtros hacía rato que habían ido a la cama, un hombre lel otro lado de la muerte vino y se puso a nuestro lado. Yo estaba acostumbrada a estas visitas, todos los gatos o están, pero éste era, desde luego, un visitante muy importante. Los ciegos, como ya les he dicho antes, no un ciegos cuando se trata del astral. La forma astral del ¡efe dejó su cuerpo de este mundo y sonrió al visitante. El jefe, en el astral, llevaba las túnicas y vestimentas de in alto abad de la orden lamástica. Yo ronroneé hasta :asi reventar cuando el visitante se inclinó y me hizo :osquillas en la barbilla y dijo: «¡Qué preciosa amiga ienes aquí, Lobsang!». El jefe pasó sus astrales dedos ;obre mi piel, enviando extáticos escalofríos de placer a o largo de mi cuerpo y replicó: «Sí, es una de las personas más leales de la Tierra». Discutieron cosas y yo cerré nis percepciones al pensamiento telepático, ya que uno lo debería jamás robar los pensamientos de nadie, sólo :scuchar cuando te lo piden. Pero a pesar de todo oí: 1Como te mostramos en el cristal queremos que escribas 201 un libro que se titule Historia de Rampa». El jefe parecía triste y el visitante resumió: «¿Qué más da si la gente de la tierra no cree? Quizá no tienen la capacidad. Tal vez tus libros, al estimularles el pensamiento, les ayudarán a tener esta capacidad. Incluso su propia Biblia cristiana dice que a menos de que se vuelvan como niños, creyendo...». El cuerpo astral del jefe, en las radiantes y dora-das túnicas de la Alta Orden, suspiró y dijo: «Como quieras; después de haber llegado tan lejos y sufrido tan to, sería una pena dejarlo ahora». Miss Ku entró. Vi su forma astral salir de golpe de su cuerpo con el susto de ver a las brillantes figuras./ «¡Oh! —exclamó ella—. Me siento como un gusano entrometiéndome así. ¿Habrá bastante con una reverencia?» El jefe y el visitante se volvieron hacia ella y rieron. «Bienvenida eres siempre, lady Ku'ei», dijo el visitante. «Y también lo es mi vieja gata, Feef», dijo el jefe, rodeándome con sus brazos. El jefe me quería más a mí, probablemente porque él y yo habíamos sufrido tanto con los duros golpes de la vida. Nosotros teníamos los lazos más fuertes posibles que nos unían. Me gustaba que fuera así. Por la mañana, Ma y Buttercup entraron en la habitación para ver cómo estaba el jefe. « ¡Bueno! —exclamó él—. Voy a escribir un nuevo libro.» Esta frase produjo gruñidos.. Ma y Buttercup fueron a ver a la señora Durr para comprar papel y otras cosas. El jefe se quedó en cama y yo me senté junto a él y lo cuidé. No estaba lo bastante bien para escribir, pero el libro simplemente tenía que escribirse. Lo empezó ese mismo día y se sentó en la cama tecleando con la máquina de escribir. «Doce palabras en cada linea, veinticinco líneas en cada página, esto son trescientas palabras en cada página, y haremos unas seis mil palabras por capítulo, más o menos», dijo el jefe. «Sí, supongo que estará bien así», dijo miss Ku. 202 «Y no olvides que un párrafo no debiera tener más de cíen palabras —añadió—, o cansarás a los clientes.» Se volvió con una risita y dijo: «Deberías escribir un libro, Feef. Para alejar al lobo de la puerta. Buttercup no pue-de, todos los lobos vendrían en manada a la puerta, si comenzara su lúcido cuento». Yo sonreí. Miss Ku estaba de muy buen humor, y esto me hacía feliz. El jefe alargó la mano y me acarició la oreja. «Sí, escribe un libro, Feef, yo te lo pasaré a máquina», dijo él. «Debes continuar con la Historia de Rampa, jefe —repliqué yo—. De momento sólo has es-crito el título.» Él rió e hizo rodar a miss Ku, que estaba intentando meterse sobre sus rodillas en el lugar de la máquina, de cabeza. «Venga, Feef —llamó mientras se ponía en pie—, ven a jugar conmigo, deja que el viejo juegue y teclee con la máquina.» Ma estaba hablando con alguien, no sé quién. «Está muy enfermo —dijo ella—, su vida ha sido demasiado dura. No sé cómo puede seguir viviendo.» Miss Ku me dio unos golpecitos, sombría. «Espero que no la palme, Feef —dijo en un susurro—, va muy bien tenerlo por aquí. Recuerdo lo amable que fue cuando murió mi her-mana. Todavía no había crecido del todo y enfermó y murió en brazos del jefe. Era la mismísima imagen tuya, Feef, el tipo de mujer gorda de bar. El jefe ado-raba a mi hermana Sue. Oh, claro —dijo ella—, tú tienes tus anzuelos clavados en el corazón del jefe, desde luego. Yo también, admira mi cerebro.» Yo salté a la cama y me acerqué al jefe. Paró de teclear para abrazarme, siem-pre tiene tiempo para nosotras. «No te mueras, jefe —dije yo—, romperías los corazones de todos nosotros.» Froté mí cabeza contra su brazo mientras recogía su mensaje telepático. Sintiéndome mejor me dirigí a sus pies y me enrosqué allí. Cartas, cartas, cartas. ¿Es que no había trabajo en 203 Canadá? ¿No querían más que jornaleros o peones? El jefe envió solicitudes de trabajo, una después de otra, pero parecía, como dijo él, que los canadienses sólo daban trabajo a los canadienses o a aquellos que tenían alguna influencia política o de algún sindicato. Alguien dijo que habían muchos trabajos en la más cultivada y civi-lizada Columbia Británica, así es que el jefe decidió ir allá y ver exactamente cuáles eran las condiciones. Con-servó sus fuerzas con mucho cuidado y se decidió que Buttercup iría también para cuidarle. Y así llegó el día y se fueron a ver si las condiciones en Vancouver eran mejores. No hay ninguna alegría cuando el ser amado está fuera, cuando los minutos tardan en convertirse en tristes horas. Cuando esperar es un siglo y uno está preocu-pado. La casa estaba muerta, marchita, incluso Ma se movía silenciosamente como si fuera un velatorio. La luz se había ido de mi alma, sentí los oscuros tentáculos del miedo apoderándose de mí, diciéndome que no volvería, que estaba enfermo, todo lo que era terrorífico y preocu-pante. Por la noche me acurrucaba junto a su fría y triste cama para asegurarme de que no era una pesadilla. Los ciegos viven ensimismados y los temores, a los ciegos, les corroen y hielan el alma. Miss Ku jugaba con forzada alegría. Ma nos cuidaba, pero sus pensamientos estaban en otro lugar. Había un frío alrededor que me penetraba inexorablemente. Yo me sentaba sobre el telegrama que había enviado y tra-taba de tranquilizarme a través de éste. Ésta es una época que tengo que pasar aprisa incluso escribiendo. Será su-ficiente decir que cuando se abrió la puerta y volvió el jefe, me sentí dilatar de amor. Mi vieja forma estaba a punto de reventar de alegría, y ronroneé tan alto y tanto que casi me cogió dolor de garganta. Yo divagaba por ahí, dándole cabezadas al jefe, frotándome contra 204 todo el mundo y contra todo. «No seas tan asna, Feef —me riñó miss Ku—, se diría que eres una jovencita salida del nido, en vez de una vieja tata tata tatarabuela gata. Me sorprende tu ligereza.» Ella estaba sentada bien puesta con sus brazos cruzados delante suyo. El jefe le estaba explicando a Ma todo el viaje, a nosotras también, si hubiéramos escuchado en vez de ronronear sin parar. Buttercup no estaba bien, el viaje y la comida distinta la habían trastornado, estaba echada sobre su cama. «Salimos del aeropuerto de Toronto y llegamos a Vancouver al cabo de cuatro horas y media. No está mal, si se considera la distancia de unos miles de millas. Vo-lábamos a más de siete millas de altura, más altos que las Rocosas.» «¿Qué son las Rocosas, miss Ku?», pregunté yo en un susurro. «Pedazos de piedras grandes con nie-ve encima», replicó ella. «Encontramos Vancouver muy amistoso, un bonito lugar, desde luego —continuó el jefe—. Pero hay mucho desempleo allí. Es tan distinto de Ontario como el cielo del infierno. Si alguna vez tenemos la oportunidad es allí donde viviremos.» Miss Ku entró corriendo. «Creo que Buttercup está muriéndose —exhaló—, ¿llamo a los de la funeraria?» El jefe y Ma fueron a su habitación, pero la pobre But-tercup sólo tenía nervios debido al cambio de comida y clima. El jefe le dijo contento a miss Ku que no había necesidad de los de la funeraria. «¡Mira! —le dijo el jefe a Ma—. Vi esto en Van-couver y no pude resistir comprarlo. Es igual que la se-ñora Durr. Lo compré para ella.» «Feef —dijo miss Ku excitada—, es una figurilla de porcelana de una mujer, es exactamente igual que la señora Durr. El mismo color de pelo y también como ella lleva crinolina. «jo! ex-clamó miss Ku —seguro que esto la tumbará en la vieja calle Kent.» Tuve que reírme, el argot de miss Ku era realmente internacional, incluso sabía el peor en francés. 205 Esa noche, echada en la cama al lado del jefe, sentí mí corazón a punto de estallar de felicidad. El chocar de los trenes desviándose ya no parecía amenazante. Ahora cada vagón que chocaba con el siguiente, moviéndolos hacia delante, parecía decir: «Ha vuelto, ja, ja, ja. Ha vuelto, ja, ja». Yo me estiré y suavemente puse la mano del jefe entre la mía y entonces me dormí. Durante las siguientes semanas el jefe estuvo muy ocupado con la Historia de Rampa. Del mundo astral venían visitas especiales y por la noche le hablaban mucho. Como dice el jefe en sus libros, no hay muerte; «La Muerte», es solamente el proceso de renacer a otro tipo de existencia. Es muy complicado para un gato todo esto. Pero es tan simple, tan natural. ¿Cómo va uno a explicar el proceso de respirar o andar? ¿Cómo va uno a explicar el proceso de ver? Es tan difícil explicar todo esto como lo es explicar que no hay muerte. Es tan fácil explicar lo que es la vida como explicar lo que la muerte no es. El jefe y los gatos pueden ver siempre el mundo astral y hablar con la gente del astral. Había llegado el momento de pensar en otro lugar donde vivir, ya que Windsor no ofrecía nada. No había posibilidad de empleo y el escenario de Windsor era aburrido y poco interesante. Unos pocos árboles trataban de embellecer el lugar, que era sobre todo industrial en pequeña escala. La atmósfera era húmeda debido a los grandes depósitos de sal debajo de toda la ciudad. Como dijo sabiamente miss Ku, «Oh, qué húmedo agujero de queso es Windsor». Miramos mapas y leímos libros y finalmente decidimos mudarnos a un lugar en la Penín-sula del Niágara. Ma puso anuncios en los periódicos esperando obtener una casa conveniente. Llegaron res-puestas, y la mayoría de gente con casas para alquilar, parecían creer que sus casas estaban construidas con la-drillos de oro, juzgando por el dinero que pedían. 206 Le dijimos a la simpática prima de nuestra propieta-ria en Windsor que nos íbamos, y se puso agradablemente triste. Ahora llegó el momento de la gran limpieza. El hobby de Buttercup es jugar con una rugiente aspi-radora, y ahora tenía una gloriosa excusa para tener el chisme gritando todo el día. Al jefe le habían enviado a la cama. Había tenido tres ataques de trombosis corona-ria en el pasado, tuberculosis y otras cosas. Escribir His-toria de Rampa le había agotado. La señora Durr vino v le dijo a Ma: «Yo la llevaré a usted y a las gatas en coche cuando quiera. Tal vez Sheelagh pueda llevar al doctor Rampa». Siempre se podía confiar en la señora Durr para cosas como ésta. Yo sabía que tendría el completo asentimiento de Chuli. íbamos a alquilar una vivienda amueblada, de modo que podíamos vender nuestros muebles, que eran casi nuevos. Nadie quería pagar por ellos dinero en billetes. Los canadienses prefieren ir a personas que dejan dinero a los que llaman «Compañías Financieras», ya que así, creen ellos, todo el proceso parece más bonito. Habién-dose asegurado del dinero de estos usureros, el canadiense suele comprar cosas absurdas pagando un poco cada semana. Miss Ku me dijo una vez que había visto un anuncio que decía «cualquier coche por diez dólares de depósito». Finalmente el jefe y Ma supieron de un agra-dable joven que iba a casarse, así que decidieron darle la mayor parte de los muebles como regalo de bodas. Ma había preguntado antes y le dijeron que enviar los mue-bles hubiera sido prohibitivo. Cogeríamos tan sólo unas cuantas cosas especialmente queridas e hicimos arreglos con una casa de mudanzas. Miss Ku y yo estábamos con-tentas de que nuestro caballito meciente viniera. Tenía-mos un viejo caballete que utilizábamos como lima de las uñas y como plataforma para saltar también. Teníamos también un arreglo con el jefe, según el cual, no araña- 207 riamos los muebles mientras tuviéramos nuestra lima. Las visitas a veces miran sorprendidas cuando ven el caballete entre los muebles, pero el jefe dice: «Es igual lo que piense la gente, mis gatas son primero». Abajo en el jardín, miss Ku llamó en voz alta: «Eh, gato del otro lado de la calle, ven aquí». Pronto el gato salió de su puerta trasera, miró a ambos lados por el tráfico y cruzó la calle. Se quedó de pie con su nariz pegada contra el cercado de alambre esperando a que miss Ku hablara. «Nos vamos, gato —dijo ella—. Nos vamos hacia donde el agua corre aprisa. Tendremos una casa con árboles; tú no tienes árboles, gato.» «Debe de ser maravilloso moverse tanto como tú, lady Ku'ei», dijo el gato del otro lado de la calle. «Me voy dentro ahora, pero te mandaré un telepatograma cuando lleguemos a nuestra nueva casa.» A la mañana siguiente los hombres de las mudanzas vinieron por los muebles que iban a llevarse. Bajaron las cosas por la escalera y las cargaron dentro de un camión que según miss Ku era tan grande como una casa. Pronto las grandes puertas se cerraron de golpe, un potente motor se puso en marcha y nuestras cosas empe-zaron su viaje. Ahora teníamos que sentarnos en el suelo como un grupo de gallinas cluecas; no podía darme contra nada ahora, no había nada en medio. «Eh, Feef, no hemos dicho adiós al ático», dijo miss Ku. Salté sobre mis pies y corrí junto con ella escaleras arriba. Juntas corrimos por el piso y nos encaramamos a las vigas que soportaban el tejado de la casa. Esas vigas eran de nogal, de árboles que crecían en los alrededores cuando los indios vivían allí. Eran fantásticas para las uñas; miss Ku y yo empezamos con gran voluntad a afilar los bordes de nuestras pezuñas a la perfección. Luego nos metimos por un agujero cerca de la recta chimenea donde los humanos no podían meterse. «Adiós, arañas —dijo miss 208 Ku—, ahora podréis tejer unas cuantas telas y no nos cazaréis.» Rodamos por última vez en el polvo debajo de los maderos del suelo, algunos no los habían colocado bien cuando vinieron los electricistas, y luego corrimos bajando la escalera otra vez casi sin aliento. Un coche paró fuera. Miss Ku saltó a la repisa de la ventana y gritó: «Vaya, Ruth, tarde otra vez, como de costumbre. ¿Qué ocurre contigo, pies de plomo?». La señora Durr subió la escalera y todos le dimos los buenos días. Entonces, excepto el jefe, todo el mundo cogía cosas pequeñas y las bajaba y metía en el coche. El jefe es-taba muy mal y le hicieron una especie de cama en la parte trasera de nuestro coche. Buttercup iba a conducir, ya que el jefe estaba enfermo, y pensaba hacer el viaje en dos etapas. Ma, la señora Durr y miss Ku y yo íbamos a hacer las doscientas cincuenta millas en un día. Pronto estuvo todo listo para nuestra marcha. «Adiós, jefe —dije yo—, te veremos mañana.» «Adiós, Feef —re-plicó él—, no empieces a preocuparte, todo irá bíen.» «O.K. —dijo miss Ku—. En marcha.» La señora Durr hizo algo con sus pies y el coche empezó a moverse hacia delante. Fuimos sobre el puente del tren, pasamos por Correos de Walkerville, hasta arriba de todo, y dejamos el aeropuerto de Windsor a la izquierda. Yo conocía este distrito, pero pronto estuvimos en carreteras nuevas y dependía de la información de miss Ku. «Allí está Santo Tomás», gritó miss Ku. Oh, pensé, ¿habíamos chocado? ¿Cómo era que nos encontrábamos en Santo Tomás? «To-maremos algo de comer, Feef, tan pronto como salgamos de este cruce», dijo miss Ku. Entonces caí en la cuenta y me sonrojé al pensar en mi estupidez. Santo Tomás era una pequeña ciudad. En Canadá una pequeña aldea es un pueblo, y un pueblo algo mayor es una ciudad. En fin supongo que los franceses también tienen algunas pecu-liaridades, si tan sólo las supiera. 209 Viajamos durante horas y finalmente miss Ku dijo: «Las señales me dicen que estamos casi allí. Sí, ahí está el hotel Fort Erie. Hay agua delante de nosotros, Feef, el otro lado del lago». «¿Hemos llegado, miss Ku?», pre-gunté yo. «¡Cielos! Todavía no —replicó ella—. Tene-mos algunas millas más que hacer.» Volví a aposentarme bien. El coche giró a la izquierda y luego a la derecha. El motor aminoró la marcha y paró. Pequeños ruidos me-tálicos salían del tubo de escape. Por un momento nadie habló, luego miss Ku dijo: «Bueno, ya estamos, Feef. Coge tus cosas». Ma y la señora Durr salieron del coche y nos llevaron a miss Ku y a mí a la casa. Otra vez estábamos en una casa de paso. Ahora estaba ansiosa por que llegara el jefe, pero esto no sería hasta la mañana siguiente. Capítulo XII «Debemos darnos prisa, Feef —dijo miss Ku—, el jefe y Buttercup llegan mañana y tenemos que conocer cada centímetro de aquí antes de que lleguen. Sígueme.» Se volvió y encabezó el camino entrando en una habita-ción. «Ésta es la sala de estar —dijo ella—. Salta aquí, es la altura de tres gatos y entonces estás delante de una ventana.» Fue guiándome, indicándome todos los puntos de interés. Luego entramos en la habitación que iba a ser del jefe y mía. «Desde aquí se ve el agua entre los árboles, Feef», dijo miss Ku. En aquel preciso instante se oyó un espantoso estruendo, un sonido como un rugido, un rechinar y martillear lleno de silbidos. Sal-tamos al aíre asustadas y al caer me despisté y en lugar de caer sobre la cama caí en el suelo. «¡Gloria sea y cincuenta Toms! —exclamó miss Ku-¿Qué ha sido esto?», afortunadamente Ma hablaba con la señora Durr: «Oh, habrá sido la bomba supongo, toda el agua del lago la sacan con una bomba.» Nos sentamos tranquilizadas, no había por qué preocuparse, ya había memorizado el ruido. Aquí hay una cosa como una rejilla —dijo miss Ku—, debe de ser para dejar salir el agua si la casa se inunda o así.» De repente se oyó como un rugido apagado debajo nuestro un aire caliente nos dio contra nosotras como el aliento de un gigante. Dimos la vuelta y volamos a salvo debajo de la cama esperando los acontecimientos. «Oh —dijo miss Ku asqueada—, no es nada, no es más que el aire de la calefacción. Creí primero que el gato más grande de la creación venía tras nuestro.» «Feef —miss Ku me dio un empujoncito, yo había estado durmiendo un poco—, Feef, hay un pequeño bosque fuera. Supongo que el 211 viejo nos dejará jugar allí cuando vuelva a enderezarse sobre sus patas traseras.» Me puso triste pensar que el jefe estaba todavía en la carretera y que no llegaría hasta mañana. Para distraer mi mente de estos pensamientos, me levanté y divagué por ahí, sintiendo el camino con el tacto con mucho cuidado. De algún lugar vino un taptap al agitarse una rama en el viento dando contra el tejado. El lugar no era ninguna maravilla, ya que estaba bastante descuidado, pero estaría bien por el momento. No era un lugar al que nos gustaría llamar hogar, no hubiéramos vivido allí permanentemente aunque nos lo hubieran regalado. Esa noche fuimos temprano a la cama. La señora Durr tenía que conducir de vuelta a Windsor por la mañana. Miss Ku y yo habíamos tenido la esperanza de que se quedara unos días, pero al pensar en ello nos dimos cuenta de que sus libros se sentirían solitarios sin ella y el señorito Chuli Durr se estaba convirtiendo en un joven y bonito gato siamés y necesitaría atención. Por la noche la bomba de agua gimió y rechinó y el sistema de calefacción silbó y sopló. Fuera, los árboles crujían y hacían caer sus hojas durante la noche con el viento procedente del lago. Miss Ku se arrastró cerca de mí y susurró en una entrecortada voz: «Eh, es un lugar algo siniestro, Feef, con todos esos árboles, y acabo de ver una araña enorme mirándome». La noche parecía tardar mucho en pasar, cuando empezaba a creer que no ter-minaría nunca, oí el lejano piar ele los pájaros en los árboles mientras hacían sus planes del día para buscar comida. En algún lugar una ardilla rascaba ruidosamente debajo de la ventana. Sentí que había llegado el día. Ma se movió y sin ganas se levantó para encararse con el nuevo día, un día en el que había que hacer muchas cosas para limpiar la casa. Miss Ku y yo deam-bulamos por ahí, tratando de pensar en algún lugar que 212 todavía no hubiéramos investigado. Sabíamos que ha-bía un gran sótano debajo de la casa, pero Ma nos había dicho que no podíamos ir hasta que viniera el jefe porque había bombas de agua y cosas que daban vueltas y zum-baban y se movían. Nos dirigimos perezosamente a una habitación de delante y nos subimos a la repisa de una ventana. «Bueno, en fin, ¿has visto? —exclamó miss Ku—. Hay una ardilla ladrona, no, cientos de ellas, co-miéndose nuestros árboles.» Dio unos golpecitos con los pies enojada y para distraerla le dije: «¿Cómo es la vista ahí fuera, miss Ku?» «Oh, un lugar bastante abandonado —remarcó—. Los árboles necesitan una poda, el terreno necesita que lo limpien, la casa necesita ser pintada, lo de costumbre en estos agujeros que se alquilan. Si lees los anuncios creerías que vas a un palacio. Lo ves y te preguntas cómo el montón de piedras aguantará otro invierno.» El resto de la mañana fue muy duro, muebles que había que cambiar de sitio, y la limpieza, y sólo miss Ku y yo para decirles a Ma y a la señora Durr cómo hacerlo. Estábamos bastante agotadas cuando miss Ku miró por la ventana y dijo: «El jefe y Buttercup acaban de llegar». «Tengo el tiempo justo de decir adiós —dijo la señora Durr—. Debería marcharme ya o tendré problemas.» Durante el resto del día nos quedamos dentro y tra-bajamos. Al día siguiente el tiempo era cálido y soleado. El jefe dijo: «Venga, gatas, vayamos al jardín». Me cogió y me puso sobre sus hombros. Miss Ku ya estaba bailando excitada ante la puerta. Salimos y el jefe me dejó en el suelo al pie de un árbol. «¡Ohhh! —chilló miss Ku—, los árboles son enormes.» «Yo solía encara-marme a árboles como éstos, miss Ku —repliqué yo—Teníamos árboles como éstos en Francia.» «Grrr —rugió la amarga voz de un gato de dos casas más allá—. Vos-otras, gatas extranjeras... no sois buenas para nada. Esa 213 ciega y vieja gata no ha subido a un árbol en su vida, sólo los gatos canadienses pueden subir y de qué ma-nera.» Se volvió y gritó lleno de mofa al que se cuidaba de los gatos de una institución local: «Esos extranjeros creen que nosotros somos unos palurdos, ellos sí que no pueden encaramarse». «¿Ah sí, gato canadiense? —respondí yo—. Pues verás cómo esta vieja y ciega gata puede subir.» Estiré mis brazos y los puse alrededor del tronco del árbol y empecé a subir como solía hacerlo en los viejos y malos tiempos. Subí unos veinticinco o treinta pies y luego me eché a lo largo de una rama. Ma salió corriendo preocupada, Buttercup también, haciendo «Tsh, tsh, tsh». Corrieron detrás de la casa donde se guardaba una escalera. El jefe se quedó junto al árbol para poder cogerme si caía. Ma y Buttercup vinieron corriendo con la escalera, el jefe la agarró y la colocó contra el tronco. Poco a poco subió, me cogió suavemente y me puso sobre su hombro. «Vieja, tonta gata —dijo dulcemente—. ¿Quién oyó hablar jamás de gatos viejos y ciegos que suben a los árboles?» Yo estaba tan arrepentida, podía oír su corazón palpitando y entonces pensé en su trombosis coronaria. De todos modos le había dado una lección a ese estúpido gato canadiense que había querido insultarme. Miss Ku echada para atrás reía, reía y reía. «Oh, Feef —exclamó cuando pudo controlar su alegría—, fue lo más divertido que he visto durante años, tiraste las piñas de medía docena de ardillas, que cayeron rodando como cosas locas. El gato de dos casas más allá salió como el rayo con el perro de una casa más allá tras él. Eres muy lista, Feef.» Estaba tan divertida que se había echado sobre su espalda dando más y más vueltas. «De-berías dejar que te hicieran un test de tu cerebro —dijo el jefe—, aunque no tienes cerebro con el que hacer las pruebas.» Así y todo me hizo sentir bien saber que 214 una vieja ciega gata siamesa francesa pudiera hacer reír a miss Ku. El jefe y Ma solían llevarnos a miss Ku y a mí al bosque y nos dejaban jugar entre los árboles. Como sabía que los gatos dan sorpresas, el jefe guardaba una esca-lera cerca. El terreno estaba lleno de serpientes y a miss Ku le fascinaban. Yo tenía siempre mucho cuidado, ya que tenía miedo de tropezar con una. Había un caballero erizo que vivía en un agujero cerca de un viejo árbol. Yo le hablé muchas veces. Miss Ku me dijo que solía sentarse ante su puerta y nos miraba mientras ha-damos nuestro ejercicio. Claro está, guardábamos las distancias, ya que nadie nos había presentado, pero le admirábamos mucho y nos contaba muchas cosas sobre el lugar y los habitantes locales, así como también sobre los árboles y el territorio. «Tengan cuidado con el racoon —nos dijo—, es algo violento si está enfadado y es capaz de sacarle las entrañas a cualquier perro. Bueno, tengo que trabajar y hacer la limpieza.» Desapareció y miss Ku dijo: «Eh, en nombre de... ¿qué es un racoon?». «Me temo que no pueda decírtelo, miss Ku», repliqué yo. Se quedó un rato sentada y entonces rascándose una oreja reflexivamente dijo: «Ma colecciona unas fotos de animales de los paquetes de té. Les echaré un vistazo cuando volvamos. ¿Racoon? Mmm». Entramos y Buttercup estaba sacando el polvo. Siempre intentábamos salir del paso cuando tenía el humor de sacar el polvo, ya que siempre había el peligro de que nos barriera. Todo era suciedad ante ella cuando tenía un trapo de polvo o la aspiradora en la mano. Miss Ku revolvió algo por ahí y oí cosas cayendo al suelo. «¿Qué estás haciendo, Ku?», preguntó Buttercup algo enfadada. «Ven a la habitación, Feef —dijo miss Ku—. No hagas ningún caso de Buttercup, tiene mal humor porque la aspiradora ha dicho paf y no va.» 215 El jefe había alquilado una especie de bote y una tarde cuando el sol ardía y estaba en el cielo, dijo: «Va, llevemos a las gatas al lago». «A mí no, jefe —repliqué yo nerviosamente—, déjame fuera.» «Oh, venga, Feef, no seas tan cursi», dijo el jefe. Ma llevaba a miss Ku y el jefe me llevaba a mí. Bajamos por el sendero hasta el lago y el jefe preparó el bote y aguantó fuertemente una cuerda para que no escapara. Ma y miss Ku subieron al chisme y luego el jefe me subió a mí. Sentí un mecimiento y una salpicadura o dos y luego sentí que nos movíamos. «No voy a poner el mo-tor —dijo el jefe—, el ruido tal vez sería demasiado para ellas.» Nos deslizamos tranquilamente y miss Ku se sentó delante cantando: «Un gato que teme al mar soy yo». Desgraciadamente tuvo que parar para decir: «Oh, voy a vomitar». El jefe tiró de un pedazo de cordel y el gruñido del motor nos dio tal susto que un poco más y tuvimos gatitos. El bote iba aprisa y miss Ku estaba tan interesada que se olvidó de vomitar. Me gritó: «Estamos a veinte pies de Estados Unidos, Feef, esto es Grand Island. ¡Qué grande es esto de ir en bote!». Afortunadamente, el sol se escondió detrás de una nube y el jefe decidió llevarnos a casa. Yo estaba muy con-tenta, ya que no me gustaba la idea de toda esa agua alrededor. Simplemente no le veía ningún sentido flotar en algo que podía hundirse, me parecía a mí que ya tenía-mos suficientes problemas sin buscar más. Fuimos a casa y tomamos el té. Los atardeceres empezaban a hacerse más cortos así que nos fuimos todos a la cama temprano. Miss Ku y yo estábamos sentadas en la repisa de la ventana de la habitación del jefe. Fuera había todos los ruidos de la noche. Debajo de los maderos del suelo había un ratón de campo diciendo que debía buscar más comida y entrarla para el invierno. Repentinamente, miss Ku se agachó y gruñó profundamente con voz ronca: 216 «¡Vaya! —exclamó—. Hay un enorme gato con un jersey de fútbol a rayas». Una voz telepática muy agradable rompió el silencio: «¿Son ustedes las damas gatas ex-tranjeras de las que he oído hablar?» «Desde luego, lo somos —replicó miss Ku—. ¿Quién eres tú?» Se oyó la voz otra vez y había como una pizca de risa escondida en ella: «Soy Raku, el oso, vivo aquí y mantengo la noche libre de perros entrometidos». «Encantadas de conocerle —replicó miss Ku—, sobre todo ya que hay gruesos cristales entre nosotros.» «Oh, estarían completamente a salvo conmigo —contestó Raku, el oso salvaje—. Yo siempre respeto los intereses de los que alquilan. Bueno, ahora tengo que irme a mis negocios.» «Miss Ku —dije yo—, parece un caballero muy agradable, ¿qué aspecto tiene?» Se quedó pensando un momento y luego empezó a lavarse mientras replicaba: «Bueno, parece un enorme Tom, el más grande que hayas visto jamás. Mucho más grande que muchos perros. Ra-yas en la cola como si fueran restos de pintura mojada de una jaula. ¡Y sus pezuñas...! —Hizo una pausa para dar énfasis y luego añadió—: tiene pezuñas como la cosa que utiliza Buttercup para recoger las hojas del jar-dín. Oh, un caballero muy agradable mientras uno esté en su buen lado, y el lado bueno es con un muro de la-drillos por medio». La voz se dejó oír otra vez: «Eh, antes de que lo olvide, pueden pasear por el bosque como si fuera suyo, serán muy bienvenidas». «Desde luego nos hace un gran honor —repliqué yo—. Le diré a Ma que le invite alguna vez a tomar el té.» «Bueno —exclamó miss Ku—, supongo que debo meterme en el saco, un dfa muy ocupado mañana, el jefe me lleva a Ridgeway, tengo algunas compras que hacer.» Se fue a dormir con Ma. El tiempo se iba enfriando rápidamente, las hojas caían con un continuo crujir seco, y las ardillas, que ha- 217 bían estado sin hacer nada durante todo el falso calorcillo del otoño, estaban escarbando frenéticamente en los mon-tones de hojas en busca de piñas. Buttercup recogía con el rastrillo las hojas, hablaba su lenguaje y olía a hojas. Y seguían cayendo las hojas en gran profusión. El humo de las hojas al quemarse, subía al cielo desde todas las casas del distrito y desde todos los lados del parque. El aire se hizo más frío, ahora sólo el jefe salía sin abrigo. Buttercup se abrigó, como dijo miss Ku, como si estu-viera en algún lugar concreto del Polo Norte. Una ma-ñana al despertar encontramos algo de nieve que volaba sobre el lago, se amontonaba delante de la casa y hacía las carreteras intransitables. Con sus tremendos rugidos y entrechocar salieron las máquinas sacanieves, con sus cuchillas escardadoras cortando y raspando la nieve a lo largo de la superficie de la carretera. Después de la nieve llegaron las heladas. El lago se helé, un arroyo por ahí cerca se convirtió en una sólida masa de hielo. Locos pescadores vinieron con herramientas especiales para cor-tar agujeros en el hielo de varios centímetros de grueso para poder sentarse y tiritando tratar de pescar algo. Mañana tras mañana la carretera se llenaba de nieve y el tráfico tenía que parar. Grandes tormentas aullaban furiosamente por la casa. Una noche la bomba del agua paró. El jefe salió de la cama a las dos de la madrugada y bajó al lago llevando una gran barra de hierro y un pesado martillo. Ma se levantó y puso el agua a hervir para hacer té. Yo podía oír martillazos y el sonido de hielo al romperse. «Miss Ku —pregunté yo—. ¿Qué pasa?» «Si el jefe no puede romper el hielo alrededor de la bomba de agua, no tendremos agua para el invierno. Sabes, Feef, hace tanto frío que el lago se ha helado. El viejo ahora ha ido a sacar el hielo y entonces pondre-mos un tapón encima.» Yo me estremecí, esto de Canadá 218 parecía ser un frío y cruel país, sin ninguna amenidad civilizada como tenía Europa. Con la llegada del frío, Ma ponía comida cada noche para las criaturas salvajes, ya que si no morirían de hambre. El señor Raku estaba muy agradecido y venía a nuestra ventana cada noche. El señor topo canadiense vino también, pero el episodio más divertido lo debemos al ratón Rouse. Un día, Buttercup estaba haciendo la colada en los bajos cuando un ratón muy agradable y bien hablado llegó y se sentó a sus pies. (Miss Ku dice que era un conejo de Noruega pero para mí era un ratón.) Este ratón le cogió un gran cariño a Buttercup y ella también parecía tenérselo. Después del episodio de los monos nada nos sorprendía de Buttercup. «Debemos re-cordar nuestros modales, Feef, y no comernos al tipo», dijo miss Ku. Buttercup y el ratón pasaban muchos mo-mentos agradables en los bajos. Miss Ku y yo le asegu-ramos que no le haríamos daño, así que no se preocupaba por nosotras y sólo daba vueltas alrededor de Buttercup. Era emocionante. El invierno dejó paso a la primavera y estuvimos contentos de dejar este sitio y trasladarnos a otro más cerca de las tiendas. Todavía no había trabajo para el jefe. Desesperado escribió al primer ministro de Canadá, al ministro de Inmigración y al ministro de Trabajo. A ninguno parecía importarle en lo más mínimo. Estos ministros parecían ser todavía peor que los de otros países. Supongo que esto es porque Canadá es tan poco civilizado, tan poco amable. Ahora vivimos con la espe-ranza de ahorrar dinero suficiente para salir de Canadá. Yo estaba sentada en la ventana de nuestro nuevo apartamento y hablaba amistosamente con un gato encar-gado de un motel. Le explicaba nuestras aventuras. «Uh, Feef —dijo miss Ku—. Deberías escribir un libro.» Lo pensé en la quietud de la noche; cuando estábamos los 219 dos despiertos lo discutí con el jefe. «Jefe —dije—. ¿Crees que yo podría escribir un libro?» «Claro que podrías, Feef —replicó él—. Eres una vieja gata abuela muy inteligente.» «Pero no puedo escribir a máquina», protesté yo. «Entonces me lo dictarás y lo escribiré yo, Feef», dijo él. Por la mañana nos sentamos juntos. Abrió la máquina de escribir, la gris Olimpia con la que ya había escrito El tercer ojo, El médico de Lhasa e Historia de Rampa. Abrió la máquina de escribir y dijo: «Venga, Feef, empieza a dictar». Así pues, con su apoyo y con miss Ku para ayudarme, por fin he terminado este libro. ¿Les ha gustado? Epílogo Y así fue como durante dos años más vivimos bajo el helado clima del Canadá, y la disposición más helada aún de las autoridades canadienses. A causa de esto decidimos por fin emigrar hacia países más cálidos. Ele-gimos Uruguay, puesto que allí me habían ofrecido una oportunidad de continuar con mi trabajo. Ku'ei y Fifí se hallaban excitadísimas, la primera en mucho mayor grado, puesto que durante días se lo pasó tratando de ¡ronronear en castellano! Y por fin llegó el día de la partida. Nuestro equipaje, enviado previamente, ya debería estar a bordo del barco. Subimos al tren en Buffalo, en el Estado de Nueva York atravesando en la rugiente máquina la oscuridad de la noche. Toda esa noche el tren nos meció con su vaivén en el camino hacia la ciudad de Nueva York. La única pena que nos abrumaba al dejar el Canadá era la de separarnos de algunos fieles amigos. Los gatos pensaban que el tren era divertido, pero mis pensamientos estaban muy lejos de allí; me preguntaba qué me proporcionaría la nueva vida que iba a emprender. ¡El Canadá había resultado una desilusión tal! Por fin llegamos a Nueva York y allí descansamos durante el resto del día en un conocido hotel. Al atardecer nos dirigimos al puerto donde embarca-mos en un modernísimo buque. Fifí y Ku'ei rondaron juntas por los camarotes, olfateando nuevos olores y volviendo a sentir nuevamente el gusto de la vida a bordo. Se sucedieron las tormentas que llevaron la destruc-ción y la muerte a muchos. Navegamos con una de las peores tormentas que se produjeron en los últimos años. 221 Durante la segunda noche de navegación arreció la furia de la tormenta y no lejos de nosotros se hundió un barco con su pesada carga. La señora Fifí Bigotesgrises, ciega, vieja y débil sufrió un ataque al corazón que la alejó para siempre de esta vida. Pero llevó con ella nuestro impere-cedero amor. Apesadumbrados, continuamos nuestra travesía del Atlántico, con nuestros corazones destrozados. Allí llega-mos a nuestro destino: la República Oriental del Uruguay. Incluso antes de tocar tierra nos encontramos con extra-ños —ahora firmes amigos—, dispuestos a ayudarnos. Como Fifí lo hubiera querido, les di las gracias por todos nosotros a dos amigos en particular: el señor Alfredo Pérez Lagrave y a su muy atractiva y amable esposa, Sabina, que tanto hicieran por evitarnos trabajos e inco-modidades. Fifí la hubiera adorado en la misma forma que lo ha hecho Ku'ei. No pienso en Fifí como un animal, ni como un con-junto de huesos envueltos en una gastada piel. Tenía una definida personalidad y un espíritu bello y amable, pleno de encanto y de calor humano. Viví con ella las veinti-cuatro horas del día, la conocía. Me era tan fácil conver-sar con ella (por telepatía) como con cualquier otra persona. Era en verdad una prueba viviente de que los animales poseen un alma y que cumplen hasta el fin con su tarea, a pesar de su complexión anatómica, diferente de la de los seres humanos. Fifí, te echo mucho de menos; ¡fuiste una maravi-llosa compañera! T. LOBSANG RAMPA